Estaba en la despedida de una compañera de trabajo en Santiago cuando vino el terremoto. A través de celulares, algunos se conectaron a la radio… nadie quiso decirme que el epicentro había sido en la región del Biobío: mi familia vive allá.
No había duda de que era un gran terremoto y la mayor intensidad no había sido en la capital. Caminé a mi departamento. Llamé a casa y nada. En televisión vi que en Concepcion, la tierra había desatado toda su furia. Tenía que partir. Con ayuda de la FACH llegué a Concepción. Ciudad muerta. A dedo llegué hasta el sector del mall: cientos de personas saqueaban un supermercado… No llevaban agua ni leche, sí plasmas, cerámicos, cables… Inexplicable. Seguí a dedo hasta donde se podía en Talcahuano y caminé por las que fueron las avenidas principales: Colón y Blanco Encalada. Había containers y barcos en medio de lo que antes fueron calles, más saqueadores destruían lo poco que quedaba en pie y no más de dos militares disparaba al aire ¿Dónde estaban las autoridades, si ya habían pasado dos días? Con el barro hasta las rodillas llegué a la Base Naval, donde vive mi familia. La casa estaba en pie, me vieron, los vi. Lloramos por largo rato. Más tarde me vino de nuevo el llanto: no había luz, agua ni teléfono, lloré ante la destrucción, los saqueadores y la desidia de las autoridades, incluso un diputado dijo que no había sido un tsunami. La ignorancia de quienes deben protegernos superó los límites de lo imaginable. Hasta anoche estuve allá y el caos seguía siendo total. No hay ayuda. Falta orden. No es verdad que somos un país sísmico preparado, se reaccionó tarde y mal, lamentablemente es cierto que Chile limita con Rancagua y Viña del Mar.
