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Las (ridículas) sanciones

Publicado el 2 Febrero 2012 Blog 3 comentarios

Esta semana conocimos la multa que el TDLC impuso a las cadenas de farmacias SalcoBrand y Cruz Verde por el caso de colusión en los precios de cientos de productos: alrededor de US$19 millones a cada una. Lo más alto que permitía la ley, según se ha sabido. Y sin embargo…

Wp-Farmacias-1Lo que puede parecer una cifra exorbitante –que lo es, para (casi) cualquier mortal– no debería preocupar demasiado a estas dos empresas, que de todos modos ya anunciaron que van a apelar el fallo. Porque si bien es bastante más alta que lo que pagó Farmacias Ahumada –la tercera cadena involucrada en el caso, y que a cambio de cooperar con la investigación logró una multa de US$1 millón–, ni se acerca a las utilidades logradas por las compañías a través de la (sucia pero común) estrategia de coordinar el alza en los precios.

Un poco más: acabamos de saber que luego de la colusión –que ocurrió a finales de 2007 y comienzos de 2008– alrededor de los 100 productos “coludidos” han subido un 35%. Por supuesto, y como siempre, las farmacias tienen una explicación. Alzas de los laboratorios, mayores costos operacionales, fin de la “guerra de precios” y un largo etcétera de excusas. El hecho es que las farmacias siguen ganando, y nosotros seguimos perdiendo.

Es que este tipo de prácticas resulta ser un buen negocio para las empresas, cualquiera sea el rubro. Si por alguna extraña razón los descubren, cosa que rara vez se da, la multa máxima no se acerca siquiera a los beneficios que lograron a costa nuestra. Con una (reducida) parte de lo que se ganó ilegítimamente, se paga la sanción. De penas para los ejecutivos que urdieron el engaño, ni hablar. ¿Cárcel? Eso es para delincuentes. Y ellos son empresarios, claro.

Un problema más: probablemente la multa la pagaremos todos nosotros, a través del alza en los mismos (y otros) productos con que ya nos perjudicaron antes. Si algo queda claro es que en este país rara vez pierden las empresas. ¿Los usuarios/ clientes/ciudadanos? Bien, gracias. Vaciando nuestros bolsillos para llenar los de un grupo que ya los tiene llenos, pero que siempre quiere más. Usted los conoce, son los (mismos) de siempre.

Hoy abusé de los paréntesis. Prometo no volver a hacerlo (en el corto plazo).

El afán de diferenciarse

Publicado el 19 Enero 2012 Blog 9 comentarios

Durante los últimos días, uno de los grandes temas de debate ha sido el de las declaraciones de Inés Pérez, vecina del condominio de Chicureo que prohíbe en su reglamento que nanas, obreros, jardineros o cualquier trabajador transite a pie.

Wp-nanas-600Los insultos fueron violentos. La difusión de sus datos personales, innecesaria y creo que hasta ilegal. La violencia apareció rápido. La de las declaraciones de la vecina, pero más la de muchos usuarios de las redes sociales que las emprendieron contra ella, pero también –cosa extraña– contra la gente que vive en Chicureo. Así, en general. Discriminación a quienes viven en el mismo sector en que se discrimina.
Más allá del desenlace del “caso Inés Pérez”, con la filtración de las declaraciones completas de la afectada, me quedó una sensación extraña. Es raro ver a la gente tratando de tomar la justicia en sus manos –en sus dedos, a través de sus teclados– más todavía sin tener toda la información necesaria.

Lo mismo ocurrió con el tuitero que hace algún tiempo saltó a la –triste– fama por hacer una página en la que subía fotos de mujeres gordas, las insultaba, se reía de ellas y las amenazaba. Hoy mismo alguien que no estaba de acuerdo con lo que hacía, como muchos de nosotros, lo reconoció en el metro. Y lo golpeó. El victimario, devenido víctima, subió el video a la web para que todos se enteraran.
La discriminación ha existido siempre. Sin ser un estudioso del tema, creo que es parte de la naturaleza humana, en mayor o menor grado. Aunque me alegra que se discuta el tema, porque es la única forma de luchar en su contra, no entiendo que se rasguen vestiduras por algo que se ve día a día, hace demasiado tiempo.
Una historia real: señora ABC1 que vive, claro, en el barrio alto. Contrata a una nana, pero su nombre –el de la nana– no le parece suficientemente (permítanme inventar un término) “nanesco”. Es demasiado parecido al de su hija. ¿Solución? Tratarla por un nombre que a ella le parece adecuado. Un nombre más acorde a su “condición”. Lo mismo hizo con su chofer.
De esto hace varios años. Tal vez todavía mantenga su costumbre de llamar a “la servidumbre” por nombres que, aunque no sean los suyos, le permitan diferenciarse de ellos. Parecerse sería demasiado riesgoso, demasiado incómodo. Los haría demasiado similares a ella. Justamente lo que buscaba evitar.

Esa nana, ese chofer, caminaban por la calle libremente. Desconozco si podían bañarse en la piscina. Pero eran discriminados en su propio nombre, en su identidad. Por un afán de diferenciarse de ellos, quien les daba trabajo les quitaba, en una suerte de intercambio perverso, dignidad. Eso es de una violencia difícil de asimilar, y sin embargo no se veía a simple vista.
La ley antidiscriminación es una necesidad, pero no va a solucionar el problema. La discriminación, los aires de superioridad, no se eliminan por decreto. Mientras haya gente que cree que por tener un nombre o un apellido determinado, o por vivir en uno u otro barrio, o por tener un nivel de ingresos determinado es mejor que otros, esto va a seguir pasando, con o sin ley.

Hace casi un año escribí por ahí un post sobre lo buenos que somos en Chile para utilizar eufemismos en vez de decir las cosas por su nombre. Lo hice a propósito de la ya olvidada detención de un “hombre de color” frente a La Moneda, pero el tema está hoy tan vigente como en esa fecha.

Wp-Maquillar-600Nos sigue costando –y probablemente eso no cambiará– decir las cosas como son. Sin medias tintas, sin vueltas y construcciones lingüísticas para hacerle el quite a lo políticamente incorrecto. En tiempos en que la corrección política parece ser el bien supremo, no es fácil usar términos mal vistos. Podríamos ser tildados de intolerantes, de discriminadores.

Hoy, la discusión se centra en el cambio implementado por el Ministerio de Educación en los textos de estudio. No va más “dictadura”, que cede paso a un casi inofensivo “régimen militar”. Casi, digo, porque el cambio no es para nada inocuo. Ya habrá aparecido alguien con eso de que “el lenguaje construye realidades”, teoría que comparto. Pero en este caso es peor, porque se intenta, creo, hacer el proceso inverso: no se intenta crear una realidad –que a esta altura, creo que tenemos clara– sino destruirla. Suavizarla, si se quiere, relativizando a través del lenguaje su dureza.
Nos cuesta decir las cosas por su nombre, pero a veces es necesario hacerlo. Aunque las realidades que nombremos sean incómodas. Casi diría que especialmente si lo son, porque de esta manera las ponemos en evidencia y dificultamos que se olviden. El “nunca más”, tan manoseado, sólo es posible si tenemos claro lo que nunca más queremos vivir.

La dificultad para hablar de pobreza, remplazándola por gente en situación de pobreza; los indigentes, que ahora son personas en situación de calle; los presos convertidos por obra y gracia del lenguaje en personas privadas de libertad, son detalles al lado de un pronunciamiento o un régimen militar. Un golpe de Estado y una dictadura.

En un mundo cada vez más cuidadoso de no herir susceptibilidades, decir las cosas por su nombre no vende. Es mal visto. El problema es que ya no es tan fácil esconder la realidad, camuflarla, maquillarla. Las cosas son –o fueron, en este caso– como son. No caben relativizaciones ni salidas neutras. El lenguaje no es neutro. Ni siquiera los eufemismos, que buscan esa neutralidad, lo logran, porque reflejan la intención ya descrita de camuflar las cosas, de sacarle el poto a la jeringa.

Esta vez, me parece, la falla es más de fondo: es más políticamente incorrecto tratar de suavizar algo que en ningún caso fue suave que nombrarlo con la dureza que corresponde. El punto es que quienes decidieron el cambio –desconozco quiénes son exactamente– fueron incapaces de verlo. Creyeron que un “detalle” así pasaría desapercibido. Además de menospreciar la cada vez más potente “opinión pública” (confieso que detesto ese término, pero no encuentro uno mejor), refleja una desconexión enorme con esa masa crítica que cree que la posibilidad de avanzar y mirar al futuro depende en gran medida de asumir los conflictos, los errores y las atrocidades del pasado.
El lenguaje no es neutro. La historia tampoco lo es. No podemos tratar de tirar la basura debajo de la alfombra, porque es tanta que los montículos resultantes harán que tropecemos una y otra vez. Y ese no es el camino.

Es sólo el primer paso

Publicado el 22 Diciembre 2011 Blog 6 comentarios

Inscripción automática, voto voluntario. Términos que se vienen escuchando hace años –¿décadas?– en nuestro país y que al fin, esta semana, se comienzan a concretar a través de una ley que ya fue aprobada por el Senado, aunque todavía tiene que ser visada por el Tribunal Constitucional.

Wp-Votovoluntario-600Más allá de todas las consideraciones políticas y técnicas que este cambio implica –circunscripciones de los nuevos votantes, quiénes son vocales de mesa y un largo etcétera de “cachos”–, el tema de la voluntariedad me parece complicado. No es que no esté de acuerdo, sino que creo que las acciones voluntarias no funcionan demasiado bien en Chile, donde estamos más acostumbrados a funcionar por imposiciones que por libertades. ¿Resabios dictatoriales? Ni idea, no conocí el Chile anterior a eso, así que no podría afirmarlo ni negarlo.
¿Pagaría usted impuestos si esto fuera voluntario? ¿Sacaría la revisión técnica, pagaría cuentas, trabajaría? Si pagar por el uso del Transantiago quedara a criterio de cada uno, ¿la evasión sería mayor o menor que la que existe hoy? Asumámoslo: si no nos obligan, hay cosas que no haríamos, en especial si no nos beneficia personalmente. ¿Beneficia a la sociedad? Sí, claro. Que la sociedad se haga cargo. En estos casos, rara vez nos sentimos parte de ella.

Creo que, lamentablemente, el cambio en la ley será menos importante de lo que muchos esperan. Mal que mal, el trámite de inscribirse tampoco era tan engorroso. Podría haber sido más expedito, claro, pero no era una gran traba. No explica, a mi juicio, la falta de participación, que pasa más bien por la falta de credibilidad de los políticos, por el descontento con un sistema –el binominal– que excluye a muchos, por un sistema que avala el reemplazo a dedo de los parlamentarios elegidos… Una lista larga de problemas que la inscripción automática y voto voluntario no solucionan.
Probablemente el padrón electoral sufra variaciones. Votará gente que nunca lo ha hecho. Algunos que votaban por la sola posibilidad de ser multados si no lo hacían, se quedarán en sus casas. En el lado positivo, los candidatos sufrirán un poco más, porque por primera vez no tendrán datos comprobados de sus posibles votantes. Tendrán que esforzarse –esto sí es novedad– para convencer a esa nueva masa electoral, a la cual no conocen en absoluto. Deberán reencantar al electorado. O encantarlo, porque como diría Pamela Jiles, “en estricto rigor” nunca estuvo muy encantado.

Se vienen cambios, eso es claro. Y es bueno. ¿Suficientes? Ni cerca. Todavía queda el binominal. Todavía falta que los chilenos que viven en el extranjero puedan ejercer su derecho a voto. Falta un método decente para reemplazar a los funcionarios elegidos por votación popular, entre ellos los parlamentarios. No pido un método ideal, pero por lo menos algo aceptable, que evite que un presidente de partido pueda, en la práctica, designarse a sí mismo Senador. Falta mucho.
No quiero desmerecer el paso –importante– que significa esta ley. Felicitaciones a quienes dieron sus votos, de lado y lado, para que fuera posible. Pero no se queden ahí. Queda camino por delante, hay que recorrerlo. Por el momento, queda esperar que el TC apruebe la nueva ley antes del 31 de enero, para que pueda aplicarse en las elecciones municipales del próximo año. Ahí veremos, en concreto, cómo viene la mano. O la raya que hace la mano, que para estos efectos es lo que cuenta.

Pasiones cruzadas

Publicado el 9 Diciembre 2011 Blog Sin comentarios

Hinchas desbocados por la histórica campaña de su equipo de fútbol, hablando todo el día –todos los días– de lo bien que están jugando.
Religiosos devotos, fanáticos de las doctrinas de una u otra Iglesia o de las bondades y milagros de tal o cual santo.

Wp-Pasiones-600Un personaje que no soporta –“odia” me parece una palabra fuerte, aunque él mismo la use– a las mujeres con sobrepeso, y que se dedica a fotografiarlas, publicar las imágenes e insultarlas.Mucha gente que reacciona defendiendo el respeto por el otro, el valor de la diversidad, la dignidad de esas mujeres insultadas, que de paso le dan la tribuna que buscaba y que lo hace aparecer en diarios, radios, noticiarios y hasta como invitado principal de un programa de TV.

Activistas de la defensa del medioambiente, agrupados en ONGs o de manera independiente, que nos llenan de estudios, mediciones, columnas de opinión, fotos –datos, en fin– sobre los desastres ecológicos en marcha, nos recuerdan los fallos históricos y nos ponen en alerta de los que están por venir.

Talibanes de la ortografía y la gramática, que sufren y alegan y corrigen y vuelven a sufrir con un lenguaje cada vez más limitado, cada día más destruido. Un lenguaje que involuciona, dicen –decimos– estos personajes, pegados muchas veces más en la forma que en el fondo del asunto.
Cada uno tiene su pasión. También habrá apáticos, claro, pero creo que son los menos. Por pequeña, insignificante o cotidiana que sea la pasión, existe. A veces incluso sin saberlo.

Hasta hace no demasiado tiempo, el espacio para compartir estos gustos era el de los círculos de amigos que los compartían: el Club de filatelia (me disculparán, pero zzzzz), el grupo de amigos pescadores, los runners (¿por qué no se llaman a sí mismos “trotadores”?), y así. Hoy esto ha cambiado.
Internet –y específicamente las redes sociales– han generado un tremendo cambio. Primero fueron los foros, equivalentes virtuales al “Club de”, con gente que transmitía en la misma frecuencia, pero las redes sociales han llegado a mezclarlo todo. El comentario mal escrito sobre la importancia del deporte puede cruzarse con el usuario sedentario y obseso de la ortografía, y ahí los quiero ver.
Creo que las pasiones –obsesiones, las llaman algunos– son buenas. Nos movilizan, nos despiertan, nos mantienen vivos. El problema, creo, es conjugar las propias con las ajenas, cuando muchas veces chocan o derechamente son opuestas. El fanático religioso con el ateo militante, por ejemplo, un enfrentamiento común en las redes sociales.

¿Qué hacer? Ni idea. Están los que predican eso de “vive y deja vivir”; los que quieren regularlo todo; los del “tus derechos se acaban cuando afectan a los míos”; los que defienden la libertad absoluta para decir y hacer lo que se quiera. Y los que miramos –con risa muchas veces, con algo de enojo o hastío tantas otras– cómo las pasiones que chocan van enrareciendo el ambiente y generando un clima poco propicio para la conversación o interacción civilizada.

No más música, no más arte

Publicado el 24 Noviembre 2011 Blog 4 comentarios

Parte de la discusión tuitera de hoy se ha centrado en la decisión de eliminar las asignaturas de arte y música como materias obligatorias del currículum escolar. Estoy muy de acuerdo en las críticas: la educación va más allá de números y letras, de materias duras, de datos concretos. Las Artes, así con mayúscula, deberían ser parte de la educación de todos.

Wp-Nomusica-600Tuve dispares experiencias con estas asignaturas. Mientras Artes Plásticas y Técnico Manual –entiendo que hoy se llama “Tecnología”– eran ramos que me permitían subir el promedio general, y de paso hacerme algunos pesos realizando trabajos de compañeros menos diestros manualmente, la música nunca se me dio. No es que odie la música, de hecho disfruto mucho escuchándola, pero la capacidad de generarla simplemente no la poseo.
Recuerdo, específicamente, a un profesor de música, con el que me enfrasqué en una lucha en la que, luego me daría cuenta, no podía ganar. Mi desafío fue simple: no tocaría flauta, por mucho que él lo quisiera. No importaba que el instrumento –plástico, amarillo, típica flauta dulce escolar– estuviera en mi mochila. Mis labios no la tocarían. Y así fue, incluso cuando casi repito el curso gracias a mi promedio rojo en esa asignatura. Al año siguiente, cosa que recuerdo casi emocionado, se elegía entre Arte o Música. Nunca más tuve que vérmelas con partituras o corcheas. Con blancas, negras y, eventualmente, redondas he tenido que volver a tratar, pero eso es tema para otro día.

El punto es que pese a esa mala experiencia, tener un currículum diverso es fundamental. Sin ser experto en educación –ni en nada, en realidad– creo que es la única forma de educar bien es haciéndolo de manera integral. ¿Cómo podría saber un futuro brillante músico que ese es su futuro, si en el colegio nunca vio siquiera una pauta musical?
Ese es uno de los argumentos que más he leído hoy: ¿qué hubiera pasado si un Lennon o un Roberto Bravo no hubieran conocido la música en su niñez? A lo mejor nos hubiéramos visto privados de grandes obras e intérpretes. Así de simple. Y de complicado. Sólo como ejercicio, planteo el argumento contrario: ¿qué hubiera pasado si no hubieran conocido la música personajes como René de la Vega o Ricardo Arjona? Sin duda el mundo sería un mejor lugar.

Como en todo, lo que falta es equilibrio. Alguien reclamaba en Twitter que Ricardo Lagos hizo en su período presidencial lo mismo con la asignatura de Filosofía. No sé si el comentario buscaba o no el empate, pero la señal es mala: demuestra que hay un camino en el que las asignaturas “blandas” van perdiendo espacio y cediendo a más horas de matemática, lenguaje y ciencias naturales, las que mide el SIMCE y que históricamente se han considerado “importantes”. Y que, por cierto, los alumnos tampoco están aprendiendo como debieran.

Conversaciones embarazosas

Publicado el 10 Noviembre 2011 Blog 4 comentarios

Hombres y mujeres son diferentes, qué duda cabe. Pese a la cacareada igualdad, a las constantes luchas por hacer equivalentes ciertos aspectos de ambos géneros, a la recién aprobada ley antidiscriminación, hay diferencias que no se pueden obviar.

Wp-BlogembarazoPero más allá del cliché de Venus y Marte, hay un tercer género –Plutón, o algo por el estilo–, del que no se habla tanto. Y no me refiero a minorías sexuales, homosexuales, transexuales ni transgéneros. No señor. Me refiero a las embarazadas, que mientras mantienen esa condición, de verdad son un género aparte.

Esto me traerá consecuencias, lo sé. Represalias. Amenazas, tan de moda últimamente. Mal que mal, una de las características de este género de las embarazadas es su alto poder de represalia, haciendo uso de su fuero. Pero en fin. Soy un apóstol de lo que no aporta, un enviado de la Ignorancia –así con mayúscula–, embajador de lo irrelevante en este mundo. Y como tal, debo cumplir con mi tarea. Cueste lo que cueste. Así que aquí vamos.

Las embarazadas conversan de cosas que sólo para ellas tienen interés. Incluso temas que sólo ellas entienden. Por eso tienden a juntarse entre ellas. Desarrollan un sentido que les permite reconocerse incluso aunque no estén mirando. Olor, vibraciones, qué sé yo. Pero donde haya una embarazada –así la concepción se haya producido durante la siesta de la que se acaba de levantar– será reconocida por sus pares. Y se iniciará la conversación.

Ni hablar de las amigas embarazadas que se juntan a almorzar, o que salen a comprar. Eso es cosa seria. Para que quienes no forman parte de este género –mujeres no embarazadas y hombres– puedan prepararse para cuando se encuentren entre mujeres en dicha condición. Los temas que escuchará –o que leerá en su red social favorita, donde también se detectan fácilmente– son los siguientes:

Los kilos. Una fijación de las mujeres, cierto, en especial ahora que se acerca el verano. Pero la obsesión de las embarazadas es sorprendente. La comparación de los gramos que ha subido cada una abre los fuegos en cualquier conversación. Que si es normal subir tanto, que tan poco, que está bien así, que si vieras lo que cuesta después bajarlos.

Ardió Twitter una vez más. Como otras veces, por un descriterio absoluto de autoridades de nuestro país. ¿El tema? El iPad2 que la Comisión de Régimen Interno, Administración y Reglamento de la Honorable Cámara de Diputados (qué nombre pomposo para un grupito de señores asignándose rentas, prebendas y regalos) decidió asignar a cada miembro de la Cámara Baja.

Wp-Ipad2-granEstamos hablando de 120 dispositivos. A precio de mercado –y asumiendo que no hay comisiones (no de las propias de la Cámara, sino de las otras) u otros aspectos que pudieran encarecer el beneficio– eso significa un gasto de entre $39.600.000 y $66.000.000, dependiendo de la versión escogida. Casi nada, sobre todo cuando la más básica de las versiones supera ampliamente un sueldo mínimo (que, por cierto, los Honorables están lejos de percibir).

¿Grave? No tanto. Grave sería que firmaran certificados para que gente que no corresponde reciba beneficios a costa de todos los chilenos. Grave sería que usaran los pasajes que les son asignados para uso personal a algunos familiares. Grave sería, también, que usaran asignaciones destinadas a la contratación de asesores para “contratar” parientes, inflando sus propios ingresos.

Grave sería, obvio, que ellos mismos fijaran su sueldo (“dieta”, le llaman, a ver si pasa colado). Que les pagaran su sueldo íntegro aunque se aparecieran por el trabajo tarde, mal y nunca, sería gravísimo. Que un diputado presente votara por uno que no se encuentra en la sala sería un escándalo, lo mismo que algún parlamentario marcara tarjeta para luego retirarse, apareciendo presente cuando no lo está.

No es que lo del iPad2 sea poco relevante. Pero creo que más que el beneficio en sí mismo –si revisamos las asignaciones y beneficios ya existentes, veremos que un iPad2 es un pelo de la cola– lo preocupante es la falta de conexión con la ciudadanía. Con el pueblo, la gente de a pie. Señor diputado, si me lee, y para que entienda de manera clara, el votante. El ciudadano que, premunido de un lápiz, le permite sentarse donde está.

En medio de demandas por mayor acceso a la educación, por mayor igualdad de oportunidades, por una mejor distribución de la riqueza, es simplemente incomprensible regalarse a sí mismos un aparato de este tipo. Sobre todo considerando que casi todas –por no decir todas– las demandas han sido rechazadas porque “no hay recursos”. No voy a entrar a hacer equivalencias, pero la plata destinada a iPads2 –que sale de nuestros bolsillos– puede financiar cosas bastante más relevantes.

Señores diputados: paren el escándalo. Si no quieren seguir bajando en las encuestas de aprobación ciudadana –créanme que por bajos que estén, pueden seguir cayendo– no hagan estas tonteras. Y no caigan en explicaciones del tipo “no es un regalo, sino un comodato” o “es para ahorrar papel”. Los que andamos de a pie –y que votamos, ojo– no somos tan burros como nos ven desde sus sillones.

La vida es circo

Publicado el 5 Octubre 2011 Blog, Pauta Libre 4 comentarios

circo de el que no aporta

“La vida es sueño”, dice Pedro Calderón de la Barca. “La vida es circo”, digo yo. Al menos la mía. Porque haciendo un recuento, a diario me cruzo con algún espécimen circense. Al menos uno, porque por desgracia, en general son varios en cada jornada.

Este mismo recuento, me hizo ver que no sólo me enfrento a artistas del espectáculo circense, sino que muchas veces me transformo en uno. No es que de improviso me ponga una nariz roja y comience a contar chistes –nunca se me ha dado ese arte– o me vista con una ajustada malla para realizar piruetas por el aire. Por supuesto que no (sobre todo lo de la malla).

El circo nuestro de cada día es más sutil que el de las Águilas Humanas. Pasa más desapercibido que el de Los Tachuela. Es menos rimbombante que el de Timoteo, por cierto. Pero no por eso es menos circo, que quede claro.

Aquí, un resumen de los ejemplares circenses con los que me encuentro día a día. Dejo fuera, por obvios, a todos esos personajes de semáforo: malabaristas, tragafuegos, contorsionistas y, sobre todo, los despreciables mimos. Asimismo, excluyo a los payasos que bajan en las encuestas, y que todos conocemos.
El señor Corales. De seguro en otros países –e incluso en otros lugares de este país –se le conoce con otros nombres. Pero básicamente es la figura del dueño del circo, el propietario del show, quien dirige la función y manda quién actúa, cuándo y cómo. El que mueve los hilos, el que corta el queque. El que cada vez que puede, en la casa, la oficina, la calle, el banco o donde sea, nos recuerda con saña que es él quien manda, quien decide cuándo salimos a la pista y qué hacemos. Es el jefe sin criterio, el uniformado ídem pero con una dosis de poder, el jefe de sucursal del banco que nos tramita más de lo necesario sólo para demostrar que puede, porque él manda.

Soñemos!

Publicado el 12 Agosto 2011 Blog 3 comentarios

Los ánimos están caldeados. Las encuestas cada vez más bajas –elija usted si quiere medir al gobierno o a la oposición, poca diferencia hace–, la ciudadanía cada vez más descontenta, las protestas cada vez más violentas, y así.

loto0708En medio de todo, el Loto. No la planta acuática, no. El juego de azar, ese que se acumuló durante 20 sorteos para terminar repartiendo alrededor de $8.000 millones, cerca de $5.500 de ellos a los 6 aciertos. El tema de conversación cambió. “¿Jugaste Loto?” y  “¿Qué harías si te lo ganaras?” deben haber sido las preguntas más recurrentes por estos días. En el metro, las oficinas, en la casa, muchos soñaron –bah, soñamos– con los miles de millones. Mentalmente los gastamos, si no todos, buena parte de ellos. Casas, viajes, autos, pagar deudas. Cada uno tenía asignada la plata a su manera.

Materialismo, puede ser. No faltará quien diga, sobre todo en estos días, que los sueños que valen son otros, como soñar una educación gratuita y de calidad, mejores oportunidades y un largo etcétera de deseos altruistas, que incluye el inmortal “paz en el mundo” de las misses (world peace in english). Lindos anhelos todos, pero no me van a negar que soñar con asegurar el futuro propio y de un par de generaciones gastando una luca es maravilloso.

Y ahí estuvo todo el país, viendo cómo los noticiarios mostraban en directo el sorteo. Todos revisando los números, todos decepcionándonos. Casi todos, en realidad. Al fin, y luego de 20 sorteos sin un ganador, el pozo se fue. Un solo ganador, que jugó en Quilpué, y que se llevó más de cinco mil millones de pesos. ¿En números? $5.000.000.000. Son varios ceros, ¿no?

Ojalá se lo hubieran ganado unas 5 personas. De a mil millones por nuca igual se soluciona la vida, y no es uno solo el beneficiado. Pero ya ven, así es la suerte. No es cosa de preferencias o deseos, sino de suerte. Azar. Ese que determinó que todo el premio se lo llevara una sola persona.

Nosotros, los demás, nos levantaremos como siempre. La vida sigue. Seguiremos trabajando, pedaleando con las cuentas, sufriendo a fin de mes algunos, ahorrando lo que se pueda otros. Podremos, cuando queramos, gastarnos algunos pesos en el juego de azar de nuestra preferencia, y tener algunos días para volver a soñar. También, por qué no, podemos soñar sin gastarnos esos pesos. Total, soñar es gratis. Sí, hay cosas gratis en esta vida. Aunque algunos digan lo contrario.