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Aparte del angustioso momento en que el papá del niño apodado “puntito” encaró a la ex directora de la Oficina Nacional de Emergencia, Carmen Fernández, la ronda de formalizaciones por la fallida alerta de tsunami el 27/F estuvo exenta de emociones.

Wp-Tsunami-600Todo fue un proceso de descripciones y detalles técnicos objetivamente narrados por la parte acusadora, enfrentado a discusiones de retórica básica e insulsa por parte de los defensores. Tal vez donde si se aprecia algo de humanidad es en la desesperación con que los procesados intentan traspasarse la pelota entre sí, un rasgo definitivamente propio del instinto de conservación reptil-primate. Ordinario, pero comprensible, sobre todo tratándose de chilenos, especialistas en lavarse las manos y cargar a otros para librar.

Parece a ratos que se tratara de un juicio que nada tiene que ver con la tragedia de miles de familias que lo perdieron todo mientras la gente que debía hacer algo se miraba las caras o las uñas, impávida. Hablamos de cientos de muertos como el “puntito”, el niño que desapareció en Juan Fernández y cuya historia, como muchas otras, seguramente atormenta a varios de los que están hoy sentados en el banquillo de los acusados. Ojalá. Sí, porque que en ese caso significaría que hablamos de personas sensibles y no solo de profesionales más o menos mediocres, a juzgar por los hechos, ineptos y sin criterio, que llegaron a la Onemi y al Shoa no necesariamente teniendo las competencias profesionales y humanas para manejar emergencias.

Aunque varios aprovechen el ruido y la revoltura del río para intentar pescar algo, la fiscal Solange Huerta ha sido todo lo contrario a lo que acabo de describir: acuciosa y detallista, seria responsable y comprometida, pero también empática y solidaria con quienes lo perdieron todo. Uno podrá buscarle la quinta pata al gato y, dependiendo de esos consabidos intereses políticos, ponerse de su lado “a favor de Bachelet”, como dicen los que no reflexionan, o en contra, como hacen algunos egoístas o aprovechados, además de cierto abogado querellante cuyas razones desconozco, que insiste en olvidar que la ex presidenta ya declaró, largamente, y que la propia ley no le asigna responsabilidad alguna. Incluso se podrá dudar a pesar de que la reconstrucción de esas horas demuestra cómo los que debían saber no sabían, los que debían informar no informaron, los que debían actuar no actuaban y los que debían ser expertos, analizar y recomendar no entendían un carajo. Ya lo dijo la fiscal: “Muchas de las personas a cargo del 27/F no tenían los conocimientos por los que el Estado les pagaba”. Y yo me atrevería a agregar: partiendo por Carmen Fernández, periodista de profesión.

Creo haber contado ya que antes del 27/F, cuando fue lo del Catrina en EE.UU., hice un extenso reportaje sobre la cacareada Red de Emergencia Nacional preguntándome cómo estaría Chile preparado para alguna catástrofe y conversé en extenso con ella. Se mostraba orgullosa de estar cambiando el rol de la Onemi, alejándose del organismo burocrático encargado de repartir las colchonetas y alimentos no perecibles que juntaba Don Francisco en cada “Chile ayuda a Chile” (y hacerlo pésimo siempre) para acercarse a un organismo tecnologizado capaz de anticiparse a todo y enfrentar cualquier desastre. Claro que esos eran sus planes, ahora a todas luces, puros ideales. Nada más lejano de la realidad que descubrí y titulé entonces “Dios nos pille confesados”. Pues bien, he aquí que después de todo lo ocurrido y estando ocho personas procesadas, entre ellas el entonces subsecretario del Interior Patricio Rosende –que está pasando a la historia como el más fallido de todos-, cuando la memoria de las cientos de víctimas que desaparecieron como el “puntito” sigue viva aunque lo olvidemos y a pesar de que el Gobierno parece interesado más en la próxima elección que en los miles que aún viven en campamentos de emergencia, la fiscal Huerta pronuncia la más fatídica de sus acusaciones: “Si seguimos teniendo esto, nos va a volver a pasar. Podríamos tener un maremoto la próxima semana y lo más probable es que nos vuelva a ocurrir”.

Otra vez. Dios nos pille confesados.

Probablemente sea mucho pedir, pero en lugar de seguir haciendo el ridículo tratando de rechazar la culpa, las personas que han sido señaladas harían mejor en decir “perdón, fallé”. Al final, es comprensible. Todos, esa madrugada, quedamos petrificados y podemos entender que el miedo, la confusión y hasta el peso de la responsabilidad los superara. Lo que pasó no fue su culpa. Pero eso no les libra de responsabilidad de haberlo enfrentado de manera patética. Es hora de atacar el tema de fondo, no haciendo un show de televisión cada vez que tiembla fuerte, acá o al otro lado del Pacífico, sino desarrollando una verdadera red de emergencia, al menos con lo mínimo: teléfonos que funcionen siempre y personas que entiendan del tema. También, y no menos importante, sería ideal comprender de una vez por todas que somos un país oceánico (además de sísmico y volcánico) y dejar de vivir como si eso significara solo tener playas para vacacionar un par de semanas al año y suministro de pescado y marisco asegurado para semana santa. Es hora de ponerse serios. ¿Quién comienza dando el ejemplo, aparte de la fiscal Huerta?

Por las dudas, mejor seguir rezando.

>En Twitter: @Daniel_Trjullo

Una real vergüenza

Publicado el 19 Abril 2012 Blog 5 comentarios

Fotos EFE

Sin duda debe ser una experiencia fascinante viajar a África y observar en directo a los enormes y magníficos elefantes, junto a leopardos y búfalos, pero para apuntarles con un rifle y dispararles se necesita algo más que sangre fría. Sangre azul, por ejemplo. Y es que matar animales, para quien puede pagar el viaje a Botsuana, es absolutamente legal. Solo hay que estar en condiciones de desembolsar sin remordimientos unos 30 millones de pesos chilenos, además de tener buena puntería.

Rey-Juan-CarlosEste tipo de safari es una fuente de ingresos importante para los parques nacionales africanos, donde a pesar del discurso conservacionista se promueve el panorama de asesinar mamíferos como lo más exclusivo, al grado de que determinadas personalidades del jet set son invitadas por empresas como Rann Safaris para que su presencia le agregue valor al atractivo turístico. Desde el punto de vista práctico también –aseguran– cumple una función esto de matar animales, ya que el blanco preferido corresponde a piezas de las cuales, supuestamente, hay sobrepoblación. Pero aunque se asegure que hay suficientes elefantes para que resulte beneficioso que estos deportistas acaben con una decena de ellos cada año, lo cierto es que en muchas partes del continente negro su subsistencia está amenazada por la caza furtiva y la pérdida de su hábitat. Se especula que en ciertas áreas podrían extinguirse dentro de 50 años, a lo sumo.
Cabe preguntarse entonces cuál puede ser la justificación moral para sentirse feliz haciendo tamaña cosa, especialmente cuando el protagonista de los disparos es el rey de España, que se ausenta para ello de su nación en crisis.

El cuestionable pasatiempo de su majestad parece aún más odioso si se considera que  el país sobre el cual reina sufre por un elevado desempleo (23%) y a causa de una serie de impopulares ajustes económicos provocados por la irresponsabilidad de los dirigentes y el sistema financiero. Pero resulta aún más impresentable si consideramos que Juan Carlos de Borbón es presidente honorario de la ONG World Wide Fundation (WWF), que desde hace décadas se ocupa de intentar salvar especies en extinción y crear conciencia sobre la urgente necesidad de preservar el medio ambiente. Por si fuera poco,  en el viaje lo acompañaba una mujer a quien se le vincula sentimentalmente.
Imposible no preguntarse si no fue acaso justicia divina que se diera un buen porrazo que lo mandó al hospital con la cadera rota.
Cuando fue dado de alta, el rey pidió perdón y dijo que “no volverá a ocurrir”, aunque no queda claro a qué se refería con esas palabras. Después de todo, se pasó varias luces rojas. La credibilidad del soberano tambalea, sin duda, pero se trata de alguien que ha sabido arreglárselas para sortear dificultades peores que esta. A menos que alguien considere que hay cosas peores que matar al propio hermano. Y es que a don Juan Carlos, que tan noblemente se ganó el corazón de España y el mundo cuando desdeñó el poder absoluto para el que lo entrenó Franco en persona (aunque se reservó un trono más que simbólico y lleno de privilegios a cambio), la mezcla de vacaciones y armas ya le había traído problemas. El 29 de marzo de 1956, cuando tenía 18 años, aprovechó la Semana Santa para alejarse de la mano controladora del generalísimo y visitar a su familia en la residencia veraniega de Estoril. Encerrado a solas en la sala de juegos con su hermano menor Alfonso –a quien muchos veían como una amenaza a sus derechos monárquicos– manipulaba un revólver que se disparó. Ya la historia nos ha enseñado que en muchos recorridos ascendentes al trono suelen quedar familiares muertos y no veo por qué este caso podría ser distinto. Después de todo, un manto de misterio cubrió el episodio, que nunca fue investigado. Bastó la palaba del futuro rey para que todo el mundo tuviera que aceptar la verdad oficial de que el homicidio de Alfonso fue sólo un accidente.
Al margen de la ficción novelesca y la vergüenza de que un anciano adinerado le escupa en la cara sus privilegios al pueblo hambriento que dice amar y representar, lo más impresentable acá es que después de todo lo que hemos padecido como civilización subsista la monarquía de sangre. En su momento tal vez la figura de Juan Carlos de Borbón fue necesaria para unir a los diferentes países ibéricos en torno a la República española. Pero hoy, cuando todos hacen gárgaras con la democracia, la igualdad de oportunidades y derechos, que haya personas que nacen con el futuro, el poder y la impunidad asegurados, es ridículo.

¿Qué tiene que ver esto con nosotros?, dirá alguien. ¿Por qué me importa a mí si a los suecos, ingleses o españoles, entre otros, les gusta ser súbditos? Bueno, por la sencilla razón de que mientras haya quienes vayan a la cabeza de las ceremonias portando coronas y joyas ostentosas, siendo tratados de “su majestad” (¿qué es eso por todos los dioses?), monarca o soberano y manejando Rolls Royce y jets privados hacia exclusivos lugares donde se inclinan las cabezas a su paso, sin más mérito que haber nacido en una familia determinada; acá también cualquier ordinario del alma lleno de dinero seguirá creyéndose con derecho a ponerle el pie encima no sólo a un elefante muerto, sino también a usted, a mí, a nuestros hijos y los hijos de sus hijos, como ha sido desde siempre. Es hora de decir basta de verdad.

Así tal vez, por fin podamos volver a esa hermosa tradición de coronar con laureles al mejor de todos, al que lo demostró en la lid, como fuera en la remota antigüedad. Mientras tanto, para mí seguirá habiendo sólo tres reyes verdaderos: Elvis Aaron Presley, el Rey del Rock; Edson Arantes do Nacismento, el Rey Pelé; y el inefable Rey del pescado frito de la playa chica de Cartagena.

>En Twitter: @Daniel_Trujillo

Diálogo de ciegos

Publicado el 5 Abril 2012 Blog Sin comentarios

La discusión sobre el aborto terapéutico en nuestro país, que no hace más que comenzar al margen de que en esta pasada se rechazó la idea de legislar, ha servido para dejar en evidencia que la mayoría de nuestras posiciones se basan en supuestos o creencias, antes que en razonamientos y evidencia empírica, además de que una enorme hipocresía impera.

Wp-aborto-600Se extrañan voces serenas que expongan razones objetivas que primen sobre las opiniones parciales. Abunda el fanatismo, de lado y lado. Resulta penosamente obvio que padecemos un desconocimiento total de la verdad de la naturaleza, que debería bastar para dirimir este asunto. A parte de lo que cualquiera pueda opinar, en alguna parte de la biología, no de la fe ni de la propaganda populista, debe haber un hecho, un argumento a favor o en contra, para el caso da lo mismo puesto que lo ignoramos, que zanje el debate señalando claramente cuál es la forma correcta de proceder.

Ambos bandos reclaman para sí la razón, probablemente con buena fe. Entre quienes defienden el derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo  se distinguen los prácticos, aquellos que esgrimen casos extremos como violaciones, inviabilidad del embrión o riesgo de la vida de la madre; así como entre quienes se oponen terminantemente reluce la altruista intención de preservar el derecho del que está por nacer, aunque por lo general se apoyen en principios moralizantes, ante los cuales cualquier disenso parece una canallada. En tales circunstancias poco se puede discutir,  obligados como estamos a respetar las creencias. Pero, ¿estamos obligados a aceptarlas aunque no las compartamos, solo porque otros dicen hablar en nombre del bien o del mismísimo Dios?

Pensar que se tiene la razón y buscar imponérsela al resto nunca ha sido una forma positiva, ni duradera, de ejercer el poder…
Probablemente haríamos mejor en dejar de lado la hipocresía y preguntarnos sinceramente qué valor tiene la vida humana en nuestra sociedad. Los antiaborto se apresuran a reclamar para sí la altura de miras, olvidándose de que resulta al menos discutible la calidad de la existencia que pueden asegurar para cada nueva persona que viene al mundo y en particular para esos que dicen defender, ya que los potenciales abortos no están precisamente entre los mejor predestinados. Hemos construido una sociedad en la que, en el mejor de los casos, tenemos derecho a vivir para trabajar y ser funcionales a un sistema que día a día prueba su fracaso en los interminables padecimientos que experimentan millones de personas en todas partes a cada instante. Hipocresía es una palabra dura, pero no se puede decir otra cosa de quienes piensan que el Estado es dueño del vientre femenino y lo reducen a la condición de simple incubadora de nuevos consumidores obedientes y electores ignorantes. Sería interesante preguntarnos si el derecho a la vida que se pretende defender garantiza algo más que venir a un valle de penurias, donde todo funciona pésimo y parece estar diseñado para torturarnos.

Hipocresía es lo que distingue a quienes se niegan a considerar este tema en serio -haciendo como que ignoran que en Chile se practican cada día miles de abortos clandestinos en las peores condiciones posibles y también en clínicas seguras y cómodas para quienes pueden pagarlas-, y pretenden obligar a unas pocas mujeres a padecer un trance horrible, para que ellos puedan seguir creyéndose buenas personas.
No se puede negar que la vida se respeta poco, casi nada, en un mundo donde la inmensa mayoría subsiste a duras penas y lleva sus días con el desaliento de ignorar qué sentido tiene. El íntimo reducto de una familia amorosa y unida, privilegio cada vez más escaso, mitiga solo en parte esa soledad cósmica que abruma a los que son capaces de ver lo vacío que resulta esa rutina de comer, trabajar, acumular bienes, reproducirse de manera mecánica, dormir y apurar la copa de los ocasionales placeres hasta que caiga el telón, que caracteriza la existencia del hombre moderno.
Resulta obvio que la gran mayoría de las mujeres que decide no tener el hijo que está germinando en su vientre no lo hace con la cara llena de risa y si de algo podemos estar seguros es que, al menos en los casos que se plantean para legalizar el aborto terapéutico, un sufrimiento indescriptible está en marcha en cualquiera de las dos situaciones. Pero lo menos que hay, en ambos bandos, es compasión y empatía.
Algunos de nuestros legisladores, ignorando la jurisprudencia de esos países que consideran desarrollados y modelos dignos de imitación, no esconden el orgullo del ignorante que se cree dueño de la verdad cuando disparan frase del tipo “nadie tiene derecho a interrumpir una vida” o “la mujer solo presta el cuerpo” o reconocen muy campantes su determinación de imponer su punto de vista. No piensan ni un segundo en los miles de niños que viven en las calles comiendo basura gracias al estatus quo de la sociedad en la que ellos tan honorablemente son la élite. Hambre, violencia, miseria, condiciones indignas, abusos de toda índole, ignorancia, enfermedades, injusticias de todo tipo es lo que, sin duda alguna, tiene como derecho ganado la gran mayoría de las personas que están por nacer. Pero ellos muy campantes van ciegos frente a la realidad, mientras aseguran tener principios y conciencia.

No quiero con esto decir que el aborto sería una especie de eutanasia generosa, ni pretendo dar la razón a los activistas pro elección, ni siquiera creo que se pueda hacer una ley que generalice ahí donde se debe considerar cada caso como algo excepcional. Simplemente señalo la abrumadora ignorancia con que enfrentamos el debate y la sinvergüenzura que resulta ponerse a pontificar cuando somos incapaces de dejar de lado el ego, para enfrentar, de una vez por todas, el tema de fondo: ¿del derecho a qué clase de vida estamos hablando?

En Twitter: @Daniel_Trujillo

El efecto Daniel Zamudio

Publicado el 28 Marzo 2012 Blog Sin comentarios

En mi primera  infancia la homosexualidad solo era material para comentarios picarescos un tanto condescendientes, en el ámbito más cercano.Uno podía oir a los adultos decir que el peluquero de la esquina era “colita” y ya.

Wp-Zamudio-600 “En toda familia hay uno”, decía una tía cuyo mejor amigo lo era (a pesar de tener esposa e hijos) y cuando coincidíamos con él de visita en su casa, con mis hermanos lo mirábamos con fascinación y curiosidad, más que con morbo, mientras la mamá nos advertía, con expresión severa,  que no hiciéramos comentarios irrespetuosos ni nos riéramos de su forma de hablar. Pero eso era todo. Solo era una persona distinta.
Tal vez tuve suerte, pero me atrevo a pensar que así más o menos era la cosa en la mayoría de los modestos barrios del Chile de antes, ese donde se comía mejor -cazuela, plato de fondo, ensalada, postre y siesta- aunque el ingreso fuera más bajo que hoy; un país donde los vecinos se saludaban y el almacenero fiaba porque le pagaban religiosamente.
Donde era posible que un joven como Daniel Zamudio caminara entre murmuraciones tontas, si, pero rara vez malintencionadas, rumbo a hacer su vida, esa que le interesaba solo a él. A lo más algunos pesotes le gritarían “uhhhh” si su andar era muy exagerado y la risa de todos, incluso del aludido, sellaría un pacto de inclusión sin gravedad. A fin de cuentas, las tallas eran parejas para cualquiera.

Quiero creer que mis recuerdos no me engañan, que existía una cierta tolerancia amable, jaspeada claro por ese humor idiota del chileno que se mofa de las diferencias, pero que indica cercanía (con quien se desprecia, no se bromea).
Pero luego en el colegio de curas recibí una educación patriarcal que a muchos nos inculcó el machismo, ese que hace ver a la mujer como objeto y al gay como un pervertido peligroso y que es el caldo de cultivo para que eclosione toda suerte de tara del alma.
Ahora entiendo bien por qué esa reacción visceral, ese odio  capaz de cambiar la talla ignorante y burda tipo “weena soapíiisa” por un “maricón de mierda” murmurado entre dientes, tan propio de esos muy hombrecitos que cuando se pasan de copas agarran a besos a sus amigos diciendo el “pucha que te quiero” que no se atreven sobrios, mirando a los ojos. Ellos que ven en la camaradería viril una debilidad, porque estriba una tentación.
Después descubrí que “pegarle al fleto para que se haga hombre” era un ritual machito en algunos scout. ¡Pobre de mi amigo “Coralito”, bautizado así por sus ademanes similares a la protagonista de una teleserie de entonces! ¡Qué vergüenza no haber salido en defensa de mi compañero casi hermano Cantillana, al que mi instructor de karate decidió darle una lección en la playa por encontrarlo muy afeminado (en circunstancias que siempre conquistaba a la chica que quería).

Es cierto que el crimen de Daniel Zamudio es atroz. Pero ojo: no es un hecho aislado ni es el único. Detrás de la apariencia tolerante de la chilenidad que me inventé en la infancia, donde el gay era sólo otro personaje excéntrico (me van a disculpar, pero ¿qué otra cosa puede pensar un niño de personas con  look tipo Pedro Lemebel?) se ha ocultado siempre el demonio que poseyó a las cuatro bestias que torturaron hasta la muerte a Daniel Zamudio y que antes, tantas veces, hizo lo mismo con otros.

El que hoy lo sepamos se debe precisamente a un  grupo de tipos que son un ejemplo de hombría, los del Movilh, pues han salido a dar la cara no para obtener más beneficio para sí que el de planear su vida junto a la persona que aman.
En lo que a mi respecta, eso es ser hombre. Tener el coraje y la voluntad de conquistar lo que anhelan, no por sí mismos, sino también por mí y por usted, y dar la batalla con el pecho henchido de amor por alguien.
Debo reconocer que la educación patriarcal religiosa  que recibí también me inculcó cierto morbo del que me costó sacudirme. Compartí muchos comidillos, como “buen” periodista, tipo “¿supiste que este es gay?, ¿será gay este otro?” y si invoco en mi favor la estupidez de la juventud lo hago con no poca vergüenza y lamentándolo mucho, porque más de alguna vez hice el comentario aquel frente a la persona equivocada, causé daño o perdí un amigo.

Me duele lo de Daniel Zamudio, pero también me dolió lo de quienes lo apoyaron insultando a Zalaquett, porque me hace temer que a fin de cuentas el alma humana tiene mucho más recovecos de los que pensamos donde la oscuridad puede anidar. Y sin duda, la peor de todas no tiene que ver con la forma de vivir el amor o de expresarlo, sino al contrario: la de incubar el resentimiento y el odio.
Espero sinceramente que la ley Zamudio sea más que una norma antidiscriminación y genere un efecto humanizante. Así no será necesario que nadie nunca más tenga que salir a exponer sus preferencias sexuales a la calle para que le permitan vivirlas en privado, como merece cualquier persona, como debe ser. ¿A fin de cuentas, qué le importa a uno con quién se acuesta el otro?

Nuevamente, aquí también, como dice el gran Claudio Naranjo, hay que cambiar la educación para cambiar el mundo.

En Twitter: @Daniel_Trujillo

The nigger of the world

Publicado el 8 Marzo 2012 Blog 2 comentarios

Estaba buscando un video ingeniosillo para poner en Facebook y Twitter a modo de saludo-reclamo por el Día Internacional de la Mujer, aquel ignominioso mal chiste que una vez al año le grita al patriarcado lo troglodita último que es.

Wp-ONO-600Pues bien, fui a la segura y busqué esta canción de John Lennon que, en la ya cada vez más lejana juventud, me hizo comprender en gran medida el alma de la mujer. Lennon es un buen maestro, debería ser materia de estudio en diversas áreas, desde la música, obviamente, hasta la filosofía.

El hecho es que después de tantos años de cantarla ya olvidé gran parte de la letra, para quedarme apenas con lo esencial: “La mujer es el negro del mundo, la mujer es el esclavo del esclavo, piénsalo, has algo al respecto…” Apenas lo justo para complementar con ese monumento sonoro que es “Woman”, de 1980, una enseñanza bastante profunda de cómo un hombre ha de ver a la mujer. El viejo y querido Lennon sabe. He aquí entonces que encontré este video de la presentación de John y Yoko en el programa Dick Cavett Show en mayo de 1972, donde interpretaron en directo la canción junto a la banda Elephant’s Memory. Me hizo reflexionar y decidí cambiar el tema que tenía preparado para compartir hoy con ustedes.

A penas salió la canción desató un buen escándalo en Estados Unidos, dijeron los medios que por el uso de la palabra “nigger” que entonces aún era una forma despectiva muy común de llamar a los afroamericanos. Tenía una connotación así como “flaite”, pero también de esclavo. Parece que la cadena de televisión también le preocupó la polémica cuando se supo que Lennon estaba invitado a ese talk show y le pidieron que ofreciera disculpas y/o explicaciones antes de cantarla. Lennon aprovechó de explayarse y dijo que no tenían por qué molestarse los negros, dado que tratándose de la mujer tanto ellos como los blancos llegaban a la casa y trataban a sus esposas de la misma forma.

Los subtítulos en español de la canción me permitieron redescubrir el toque de humor negro propio del ex beatle, que grafica situaciones coloquiales que evidencian la esclavitud patriarcal: “La hacemos que se pinte y baile” o “la obligamos a quedarse en la casa para criar a nuestros hijos y luego la encontramos muy aburrida para ser nuestra amiga”.

Entonces me fijé en Yoko Ono siempre a su lado, ora sonriendo con sapiencia cuando su marido (a la sazón de 32 años) cuenta que fue ella quien discurrió la frase que dió título a la canción, ora intentando una fallida performance, bien poco sexy, durante la interpretación del tema. Sin duda  debe ser una de las mujeres más criticadas y vilipendiadas de la historia moderna. Lo menos que se dijo de ella fue que era fea. Yo siempre me he preguntado que le vio Lennon y cuando estuve un poco más grande como para entender las cosas, asumí que debió descubrir en ella a una mujer femenina de verdad, capaz de conectarlo con lo mejor de sí mismo, de iluminarlo por completo. Probablemente si los parámetros de valor que usamos aún sobre las mujeres no fueran los impuestos por el machismo, la apariencia de Yoko nunca habría sido tema y habría relucido desde el comienzo su poder: ese que hizo de un genio yonki un hombre lúcido y un artista conciente.

Bueno, es ocho de marzo y se conmemora otra vez el Día Internacional de la Mujer y me pregunto cuánto ha cambiado la cosa desde que los Lennon-Ono se atrevieron a decir que la mujer es el esclavo del mundo y señalar que esa esclavitud empieza en la casa de cada uno de nosotros. Poco, probablemente. Por eso, más que saludar, felicitar o celebrar, esta fecha debería ser un recordatorio para los pequeños hombrecitos, un llamado de atención para que comprendan que jamás crecerán si no dejan las polleras de su mami y terminan de ver a las mujeres como otra forma de juguete para su placer egoista o una servidora. Tienen en verdad mucha suerte aún, los monos macho, porque el día que las mujeres simplemente se cansen y abran los ojos, otra será su suerte y la historia de este planeta.

La gente del océano

Publicado el 23 Febrero 2012 Blog 5 comentarios

Pocos animales despiertan la misma simpatía que los delfines. Aunque únicamente los conozca por documentales de tv, la inmensa mayoría siente una inclinación natural hacia estos simpáticos mamíferos acuáticos.

Wp-delfines-600Nadie pone en duda que poseen un intelecto superlativo e incluso hay ilusos con sobredosis de new age que les atribuyen capacidades sobrenaturales. Quienes hemos tenido la suerte de compartir con un delfín sabemos que no es necesario creer en tales patrañas para comprender que no son simplemente otra especie de animal  inteligente, como los perros o los caballos (no cuento a los simios y primates porque, siendo nosotros parte de ese grupo, dudo seriamente de su capacidad de razonar) sino que se trata de personas, propiamente tales. Sin duda otro tipo de personas, aunque tal vez tengan más derecho a usar ese título que los autoproclamados homo sapiens.

Hace ya tiempo que quienes se han dedicado a comprender el comportamiento de los cetáceos venían proponiendo esta idea y, a pesar de la sonrisa burlona de los ignorantes sabelotodo, no solo ha ido cobrando fuerza por lo “buena onda”. Los argumentos también pesan.

Hace pocos días se realizó en la ciudad canadiense de Vancouver la cumbre anual de la Sociedad Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS), donde se presentaron los más recientes estudios sobre las complejidades del comportamiento de los delfines y las ballenas. Entre otros descubrimientos, se demostró que tienen conciencia del dolor físico y emocional y poseen la capacidad de elegir sus acciones (a diferencia de la mayoría de los esclavos del sistema financiero que erróneamente nos creemos dueños de nuestras vidas).
Los especialistas informaron que tanto delfines como ballenas usan nombres propios para distinguirse entre sí, claramente articulados con fomenas específicos de su complejo y alucinante lenguaje.  Desde el punto de vista neurológico la evidencia también dice mucho: “La neocorteza de los delfines, la parte más nueva del cerebro y responsable del pensamiento de orden superior, es más grande y sofisticada que la de los chimpancés. Esto nos dice que los delfines son pensadores complejos, muy inteligentes”, explicó Lori Marino, académica de neurociencia y conducta biológica de la Universidad de Emory, Estados Unidos.  (Nota al margen: este es un dato que debería preocuparnos, toda vez que la atrofia en el lóbulo frontal de nuestro propio neocórtex, el área donde se alojan aquellas funciones que nos hacen personas civilizadas, es  un razgo común en muchos delincuentes e individuos de conducta antisocial que parece ir en aumento).

Otro punto a favor de los delfines y las ballenas es que tienen conciencia de sí mismos. Superficialmente se parece a la nuestra, aunque probablemente se algo que somos incapaces de concebir.

Si consideramos que hasta la irrupción del cáncer homo sapiens en la Tierra, que vino a contaminar los océanos, diezmar la biósfera y envenenar el aire, ellos vivieron durante millones de años en un prístino ambiente acuático de pureza sin igual, no es descabellado inferir que los cetáceos son criaturas en perfecta armonía con las leyes naturales cósmicas. Ahi en las desconocidas y azules profundidades de su hogar han sabido convivir en paz,  con esa autoconciencia y perfecta noción del “otro”, jugando, aprendiendo y haciendo el amor para dar vida a sus crías que educan con dedicación, viajando por las corrientes sumergidas, vivenciando el ser y el estar y quizás qué otras maravillas que solo son posibles de conocer para ellos, cuyos secretos tal vez se esfuerzan por comunicarnos cuando nos observan con esos ojos llenos de ternura y compasión, seguramente sintiendo lástima por la patética soberbia con la que vamos destruyéndolo todo, felices en nuestra ignorancia, demostrando a cada instante que lo antropomórfico está sobrevalorado.

En un mundo civilizado el anuncio oficial de que compartimos el planeta con  personas de otra especie debería ser tema de portada y motivo de carnavales en todas partes, además de homenajes especiales para nuestros hermanos cetáceos, comenzando por la prohibición absoluta de asesinarlos, atraparlos y encerrarlos. En cambio, la noticia pasó apenas advertida detrás del fenomenal descalabro de la economía que los humanos más inteligentes han diseñado -que risa- y de las atrocidades brutales que unos cometen contra otros en diversas partes. Acá, por cierto, quedó oculta detrás de la idiotizante procesión de personajes vacíos que supuestamente nos entretienen durante nuestras pocas horas de descanso y las discusiones inútiles que ocupan el tiempo de esas autoridades que apenas disimulan su enfermizo apego al poder y los privilegios que éste conlleva.

Seguramente resulta difícil para la gran mayoría concebir que un ser  con forma de pescado sea una persona. ¿No basta para serlo el vivir buceando en armonía perfecta con la generosa gota de agua que nos sustenta y contiene en el cosmos infinito? ¿Se necesitan casas y edificios, avenidas pavimentadas, infraestructuras artificiales que deforman, intervienen y pervienten los ecosistemas, máquinas asesinas, objetos para la distracción, vestuario para la vanidad, sistemas de distribución de los recursos que producen hambre y enfermedades? Algo me dice que si tuvieran todo eso en alguna parte del fondo del mar, probablemente también habrían dejado ya de ser personas.

Para los fabricantes de celulares es como para los artistas globales de la canción. De vez en cuando tienen que pegar con un hit para mantenerse vigentes. El que tiene tradición y oficio, el que mantiene el talento y la visión innovadora intactos, puede no sólo lograr sobrevivir donde otros van directo al abismo.

Wp-Motorola-600También llegar a la punta otra vez e imponer sus leyes. Con el nuevo aire que le dio su compra por parte nada menos que de Google, Motorola ha sacado un éxito de verano que tiene todo para quedarse a la cabeza del ranking un buen tiempo: el fascinante Smartphone Razr.
A primera vista el diseño no impacta tanto como su asombrosa delgadez, aunque no es la más extrema del mercado, título que luce el Huawei Ascend. Sin embargo, el de Motorola anota a su favor por los materiales, particularmente la fibra de kevlar en su parte posterior, junto con el tratamiento anti líquidos que lo hacen prácticamente resistente al agua. Pero mejor no intentar comprobarlo. Obviamente el concepto estético escogido fue el minimalismo. Se han reducido al máximo los botones hasta dejar solo los controles de volumen y encendido a un costado, así como los conectores instalados en la parte superior, entre los que destaca un Mini HDMI. En el otro costado se incorporó una ranura para tarjeta SIM (también mini) y MicroSD. La batería no extraíble elimina las ranuras, cerrojillos, etc.

El acceso a la pantalla es full touch, pero los botones Android parecen un poco lentos para responder. Aunque no tiene lo máximo en resolución (540×960 píxeles, en comparación a los 720×1280 Galaxy Nexus), la pantalla HD ofrece un excelente performance y gran brillo, responde también a la perfección en las más diversas condiciones de luz ambiente, ideal para las prestaciones multimedia. Por cierto, la cámara del Razr es de 8 mega píxeles) y aunque podría mejorar en muchos aspectos, como por ejemplo el enfoque, ofrece una óptica perfecta, que sorprende al grabar videos en HD.

El flash/luz led que trae el equipo no ofrece mejoras sustanciales respecto a los modelos conocidos en el mercado, pero como todos, ayuda en casos extremos. La memoria RAM de 1 GB y el sistema operativo Android2.3.5 completan los pertrechos básicos. En cuanto a programas digamos que el equipo trae varias aplicaciones de tipo profesional, para acceder a bases de datos y discos virtuales on line. Esto tal vez exija algún estudio a los menos letrados en esas lides, pero ciertamente se pueden omitir. Para el uso tradicional de un Smartphone, el Motorola Razr entrega más de lo que se necesita.

No quiero latear con detalles técnicos tales como el módulo de comunicaciones del Razr y las conexiones. Todo eso, independiente de los nombres que les pongan, a estas alturas debe funcionar correctamente y permitirnos a los usuarios estar conectados con alta calidad en cualquier momento y lugar, promesa que este equipo cumple muy bien. Todo gracias al procesador de doble núcleo desarrollado por el viejo y querido Texas Instruments, un fabricante que hace los suyo lejos de los oropeles de la fama y al que todos le debemos algo, aunque a algunos ni les suene. La batería es probablemente la mejor que existe hoy, con un rendimiento de 9.2 horas en conversación y 304 en espera, mucho más de lo que estamos acostumbrados a padecer los adictos al Twitter, por ejemplo.

En resumen, una verdadera joya tecnológica que no dejará indiferente a nadie y que puede convertirse en objeto de admiración y deseo. Probablemente a Motorola le reste aun un gran trabajo por delante para potenciar y reposicionar su imagen de marca, pero de la mano de Google cabe esperar siempre buenas noticias como ésta.

El Motorola RAZR ya está disponible en Chile con Entel, con una cuota inicial de $0 al contratar un plan multimedia de 800 minutos, cuyo valor es de $59.990.

Creo firmemente en que cada quien construye su propio destino. Somos los únicos responsables de nuestra buena o mala suerte y, por lo mismo, merecemos cada cosa que nos pasa. Tendría que explayarme mucho para explicar cómo puede ser ello posible en este mundo que parece lleno de injustica, pero no creo que valga la pena hacerlo. Este tipo de debates suelen ser intercambios de dogmas o reacciones más bien irracionales, en que nadie escucha más que sus propias justificaciones. Sin embargo, una cosa diré: aunque cada uno tiene exactamente lo que merece, si es cierto que vivimos rodeados de injusticias. Este es uno de los misterios de las leyes de la naturaleza: la paradoja, cómo algo puede ser y a la vez no ser.

Wp-Dicom-600¿Cómo no va a ser injusto lo que terminó siendo el famoso informe de antecedentes comerciales, tristemente célebre gracias a la empresa Dicom? Pero aunque se trate de un abuso ignominioso, no afecta en nada a quienes están libres de pecado. Veamos paso a paso… Una persona contrae una deuda y cae en mora. Esto la hace poco confiable para volver a ser sujeto de crédito y tal información se hace pública. Correcto, ¿no? Cualquiera de nosotros desconfía de alguien que se ha hecho fama de no devolver lo que pide prestado y agradecería las advertencias de un tercero. Sin embargo, de ahí a que esto implique cerrarle las puertas de un trabajo o negarle atención médica, es una injusticia a todas luces.

Recuerdo que hace unos años, ahora la fecha se me escapa, pero debe haber sido ad portas de una –otra- anunciada crisis económica internacional, se decretó una amnistía general que borró los informes de miles de personas, entre ellas yo, que figuraba con varios cheques protestados que presté a alguien. Sin duda la culpa fue mía, por la arrogancia con que en mis primeros 20 años saqué el libreto y firmé cada uno de esos documentos con actitud de Leonardo Farkas, sin pensar siquiera que si el beneficiado no los cubría, debía hacerlo yo, cosa que me tomó años hacer (aunque para Dicom eso nunca ocurrió). Salir de sus registros fue un regalo inesperado, aunque apenas sirvió. El “histórico” tal vez se borró, pero no por eso dejó de utilizarse. Eso usted también lo sabe.

Ahora, otra vez ad portas de una crisis económica internacional, se anuncia con bombos y platillos la “Ley Dicom”, proyecto impulsado por el diputado Felipe Harboe y un grupo amplio de gente de buena voluntad –junto a otros buenos para salir en la foto- que busca impedir que la información comercial sea factor de discriminación, como por ejemplo en casos de postulación laboral, atención médica o acceso a nuestra maravillosa educación.
Dentro de los beneficios se menciona también el que los datos volverán a ser privados, vale decir, cada uno de nosotros deberá autorizar a las instituciones que quieran consultarlos… OK, me pregunto si habrá alguna opción de negarse sin ser descalificado en el acto para el beneficio que se esté solicitando. Ahora bien, lo más llamativo para muchos es sin duda es el mal llamado “perdonazo” (solo borra el informe, no elimina la obligación) a quienes tengan deudas de hasta 2,5 millones al 31 de diciembre del 2011. Me pregunto cuántos de los beneficiados volverán rápidamente a aparecer en el informe por la misma causa…

No creo que sea malagradecido con las generosas autoridades que nos han hecho estos regalos si decido mantener una cuota de escepticismo. Después de todo, apuntar al Dicom no es más que preocuparse por un síntoma que, aunque molesto e injusto, dista mucho de ser el mal de fondo. Así al menos se entiende leyendo entre líneas a los expertos que no tardaron en salir a advertir que la ley puede tener un efecto negativo sobre el mercado crediticio. Daniel Montalva, de Libertad y Desarrollo, lo explica diciendo “pueden aumentar el riesgo y las tasas (de interés) afectando el crédito (…). Si tengo una deuda de $ 2,5 millones en cada uno de los cuatro sistemas que recopilan antecedentes financieros y borro esos registros, entonces no se conocerá que el total de la deuda son $ 10 millones, lo que eleva el riesgo”. Y ya sabemos que nada más riesgoso que el concepto de riesgo mismo según el sistema financiero, que, dicho sea de paso, nunca pierde.

Y he ahí el asunto. Lo que da origen a injusticias como el Dicom –ni con mucho la peor de todas- es un sistema inmoral que se basa en la usura para generar la deuda con la que los bancos engordan sus bolsillos con riqueza inexistente, a costa de la esclavitud de las personas y la destrucción de la economía de las naciones, que son garantes de su impericia o su descaro. El día en que algún líder valiente decida eliminar de raíz a ese verdadero monstruo de mil cabezas tendremos algo que valdrá la pena aplaudir. Por ahora, estoy seguro que será como reza el dicho: “Hecha la ley, hecha la trampa”.

Los antiguos eran gente más sabia. Qué duda cabe. Particularmente en lo referente a los temas de administración de la ciudad, la política, cuya esencia se ha perdido hace tiempo confundida en un galimatías de mentiras y declamaciones tan vacías como carentes de un verdadero principio de servicio.

Wp-Sabata-600Debe haber por cierto alguna excepción, pero en tal caso queda oculta detrás del ostentoso descaro de quienes intentan hacernos creer que vivimos y participamos de una genuina democracia, simplemente para seguir instalados en alguna parcelita de poder, profitando, si no en lo material, sin duda alimentando su narcisismo patológico: ahí donde una autoridad electa se mira al espejo y no ve a un empleado pagado por los ciudadanos, sino que al dueño del poblado y se siente orgullosísimo de sí mismo, hipnotizado por los halagos y el servilismo de una corte a sueldo que le aplaude todo, no a él, sino al jefe de turno.

¿Exagero? ¿Entonces qué otra cosa puede motivar a un edil a actuar como señor feudal, determinando el destino de un grupo de estudiantes a quienes les cancela la matrícula porque sencillamente a él le parece eso justo? Vamos, alguien que vive en Providencia bien puede compartir las ideas y hasta las motivaciones del ex coronel Cristián Labbé, pero no puede negar que esa prepotencia al ordenar a su caballería cargar contra los descontentos, en nombre de la libertad, es propia de un duque medieval, más que de una autoridad electa. Ni hablar de Pedro Sabat, devenido en una suerte de inquisidor, ordenando el desalojo de un colegio con argumentos tipo “es un antro del pecado” y calificando a las alumnas de prostitutas. Qué bonito.

En la Grecia clásica los vecinos exigían paz y cuando algo la interrumpía, claro, la autoridad debía actuar, pero solo después de que un consejo ciudadano analizaba la situación, votaba y ordenaba al servidor público qué hacer. Cuando éste, en cambio, quería imponer su criterio sin consultar a nadie o solo al círculo de adulones, los vecinos ponían en duda su sano juicio… Existía, de hecho, una figura legal para tales arrebatos, considerados a la vez delito, pecado y enfermedad: la hibris, concepto que puede traducirse como “desmesura” y que alude a un orgullo o confianza en uno mismo exagerados, un desprecio temerario hacia el espacio personal ajeno, unido a la falta de control sobre los propios impulsos. Se caracteriza por ser un sentimiento violento, por pasiones exageradas que eran consideradas enfermedades por su carácter irracional y desequilibrado, inspirado por Ate (la furia o el orgullo). El castigo público era el ostracismo, vale decir, alejarlo de la posibilidad de influir en el devenir de la ciudad, dejando que de lo penal los dioses mismos se ocuparan. Tiempo más tarde, los romanos, gente sabia, discurrieron una forma de prevenir que sus tribunos cayeran en este mal: ponían a un esclavo a su lado, presto a susurrarle a tiempo en el oído “no olvides que eres solo un hombre”, cuando el funcionario comenzaba a confundirse.

Por estos días se habla de modificar el sistema electoral –binominal- y muchos dicen que es justo y necesario. Yo no sé, nunca lo he entendido y tampoco presumo de hacerlo. No tomo un bando porque estoy seguro de una cosa: si ha sobrevivido más de 20 años es porque a la elite en el poder le convenía y cualquier cambio que se le haga, será sin duda por lo mismo. Si ahora no se han puesto de acuerdo, será porque alguno sale perdiendo en la repartición. En todo caso, una discusión inútil. Antes me parece que a estas alturas de nuestro desarrollo científico deberíamos recurrir a métodos técnicos para garantizar que quienes lleguen a un cargo vayan a servir y no sean sólo la pieza de un ajedrez entre facciones disputando supremacías, ni menos unos pillos asomados, buscando “agarrar algo”.

En el país abundan las alcandías en bancarrota producto de la gestión a lo menos deficiente de uno que llegó prometiendo el bien común y se fue entre gallos y medianoche, sin ninguna vergüenza. Algo anormal, además de delictual, debe haber en las ínfulas de gente que se permite confundir los fondos del municipio con plata suya sin miramientos, así como otros confunden un cargo con una corona.

Ahora que ya está desatada la carrera municipal, me atrevo a formular una propuesta para evitarnos todo esto. Si para manejar un vehículo debemos pasar diversos test y para portar un arma hay que demostrar que no se padecen trastornos mentales ¿por qué para ser alcalde y detentar una importante cuota de poder y recursos no se exige al menos un examen sicológico? Si en muchos países una máquina detectora de mentiras permite mandar un delincuente a la cárcel, ¿por qué no valernos de una para evitar poner a un pillo o a un egocéntrico megalómano a cargo de una ciudad? Pero claro, no tengo esperanza alguna de que la idea prospere. Si a  la ciencia le pidiéramos apoyo de este tipo para elegir solo gente virtuosa y mejorar nuestra democracia, seguramente no habría muchos dispuestos a hacer ese ingrato trabajo: dejaría de ser la forma actual de transformarse en un señor feudal.

Tal vez una de las señales más evidentes de la decadencia de nuestra civilización es la falta de recocimiento a la experiencia. Por contrapartida, todo un símbolo de la banalidad imperante es la sobrevaloración de la juventud y otras preocupaciones miserables como la posición social, el dinero, el éxito profesional que encubre la falta de sentido y profundidad del día a día y un etcétera que cada uno puede completar, donde la gente mayor y aquella que ya cumplió una etapa no gozan del más mínimo respeto.Wp-Alwin-600Para qué decir de un lugar especial desde donde contribuir con su sabiduría, quienes la tengan.

Por eso me llamó profundamente la atención y me sorprendió gratamente que el Presidente Sebastián Piñera invitara a sus antecesores a “la casa donde tanto se sufre” para consultar su opinión sobre las reformas políticas que planea impulsar. Me pareció conmovedora y solemne la imagen de don Patricio Aylwin, de 93 años, sonriente como siempre y probablemente más lúcido que nunca, feliz de poder aportar. Incluso Ricardo Lagos pareció dejar un poco de lado esa impronta de monarca que parece querer imponerle a su calidad de ex jefe de Estado, para sentarse modestamente a conversar con el Presidente en ejercicio.

Mi primer impulso fue sospechar. ¿Será acaso que don Sebastián no valora la opinión de nadie, a menos que los cosidere iguales? ¿O se trata de otro intento por granjearse alguna simpatía? Pero no me quedó más que reconocer que, al menos en este asunto, Piñera ha mostrado siempre un gran tino. No oculta el respeto por sus antecesores y siempre ha destacado el aporte que sus experiencias pueden entregarle. Pienso que se trata de un reconocimiento genuinio y, además, de una actitud muy inteligente.

Nos maravillamos con el entusiasmo y la inteligencia de los veinteañeros expertos en educación como Camila y Giorgio, pero al mismo tiempo despreciamos olímpicamente a un par de personas a quienes bien nos convendría escuchar.Y es que en este país somos tan ególatras que nos farreamos oportunidades formidables. Por ejemplo, uno de los psiquiatras más reconocidos del mundo, el chileno Claudio Naranjo, es considerado además una enimencia en temas de educación. Cualquier gobierno cilivizado lo tendría de consejero vitalicio y su palabra no sería una opinión más, sino una capaz de dirimir toda controversia. He tenido la mala suerte de escuchar como explicación para prescindir de su sabiduría el que “ya está viejo”. Es verdad, debe estar pasados los 80 años. ¿No es acaso razón suficiente para ir tras él y aprovechar cada día  que aún está, como lo hacen en la universidad de Berkeley, donde vive hace décadas, o en Europa, donde dicta cursos para formar académicos concientes? Pero acá nisiquiera ha sonado nunca para un premio de algo.

Chile, como nación joven, debería tener un consejo de ancianos-sabios vitalicios y plenipotenciarios. Claro que la elección no debería hacerse por cuoteo ni por simple estadística. Ser viejo no garantiza la sabiduría, ni los años vividos, que la experiencia haya sido bien aprovechada. Ciertamente no hay nada más triste que una persona mayor que vive de los recuerdos, importunando a todo el mundo con su incapacidad de comprender que los tiempos cambian y exigiendo a los demás veneración y sumisión.

Conozco un par de adultos mayores que insisten en que los demás deben aceptar todos sus caprichos solo por que son viejos, partiendo por la fea costumbre de acaparar las conversaciones y sentirse con derecho a determinar de qué se debe hablar y de qué no, o dar por finalizada la tertulia si a ellos el tema no les gusta, aunque estén de visita en otra casa. Eso, finalmente, es no haber entendido algo. Por mi parte, mucho más me han ayudado esos abuelos que, con paciencia infinita, nos miran con amor mientras hablamos sandeces y con un apenas perceptible gesto nos transmite el rotundo mensaje “pobrecito, ya le enseñará la vida cuando lo fustigue con su látigo”. Y es que el ego de todos salta eajenado cuando alguien se plantea exigiendo que se le reconozca supremacía. Mantener la calma y recurrir a la sana autocrítica es la mejor demostración de madurez. Y si no, a los más jóvenes nos toca al menos, la comprensión y la paciencia, eso que el cariño verdadero nos permiten.

La verdad es que el arte de aprender a escuchar consejos es más complejo y sutil que la compulsión de darlos y sin duda, más provechoso. Y aunque hay mucha gente mayor agotadora y de verbo protagónico o de crítica descalificadora lapidaria, que no siempre son simpáticos o logran hacer gratas las sobremesas, cuando uno asume que son los padres y abuelos de alguien, probablemente de nosotros mismos, y que mañana podrían no estar, la cosa cambia. El arrepentimiento ese de cuando nos faltó amor y comprensión, pero nos sobró soberbia e impaciencia, dura y duele demasiado. Ver la situación desde este punto de vista ciertamente nos permite quedarnos con algo valioso. No siempre lo ellos esperarían enseñarnos, aunque seguramente sí algo que nos conviene aprender, como por lo menos no cometer los mismos errores, que no es poco. Finalmente, más sabe el diablo por viejo…