Creo firmemente en que cada quien construye su propio destino. Somos los únicos responsables de nuestra buena o mala suerte y, por lo mismo, merecemos cada cosa que nos pasa. Tendría que explayarme mucho para explicar cómo puede ser ello posible en este mundo que parece lleno de injustica, pero no creo que valga la pena hacerlo. Este tipo de debates suelen ser intercambios de dogmas o reacciones más bien irracionales, en que nadie escucha más que sus propias justificaciones. Sin embargo, una cosa diré: aunque cada uno tiene exactamente lo que merece, si es cierto que vivimos rodeados de injusticias. Este es uno de los misterios de las leyes de la naturaleza: la paradoja, cómo algo puede ser y a la vez no ser.
¿Cómo no va a ser injusto lo que terminó siendo el famoso informe de antecedentes comerciales, tristemente célebre gracias a la empresa Dicom? Pero aunque se trate de un abuso ignominioso, no afecta en nada a quienes están libres de pecado. Veamos paso a paso… Una persona contrae una deuda y cae en mora. Esto la hace poco confiable para volver a ser sujeto de crédito y tal información se hace pública. Correcto, ¿no? Cualquiera de nosotros desconfía de alguien que se ha hecho fama de no devolver lo que pide prestado y agradecería las advertencias de un tercero. Sin embargo, de ahí a que esto implique cerrarle las puertas de un trabajo o negarle atención médica, es una injusticia a todas luces.
Recuerdo que hace unos años, ahora la fecha se me escapa, pero debe haber sido ad portas de una –otra- anunciada crisis económica internacional, se decretó una amnistía general que borró los informes de miles de personas, entre ellas yo, que figuraba con varios cheques protestados que presté a alguien. Sin duda la culpa fue mía, por la arrogancia con que en mis primeros 20 años saqué el libreto y firmé cada uno de esos documentos con actitud de Leonardo Farkas, sin pensar siquiera que si el beneficiado no los cubría, debía hacerlo yo, cosa que me tomó años hacer (aunque para Dicom eso nunca ocurrió). Salir de sus registros fue un regalo inesperado, aunque apenas sirvió. El “histórico” tal vez se borró, pero no por eso dejó de utilizarse. Eso usted también lo sabe.
Ahora, otra vez ad portas de una crisis económica internacional, se anuncia con bombos y platillos la “Ley Dicom”, proyecto impulsado por el diputado Felipe Harboe y un grupo amplio de gente de buena voluntad –junto a otros buenos para salir en la foto- que busca impedir que la información comercial sea factor de discriminación, como por ejemplo en casos de postulación laboral, atención médica o acceso a nuestra maravillosa educación.
Dentro de los beneficios se menciona también el que los datos volverán a ser privados, vale decir, cada uno de nosotros deberá autorizar a las instituciones que quieran consultarlos… OK, me pregunto si habrá alguna opción de negarse sin ser descalificado en el acto para el beneficio que se esté solicitando. Ahora bien, lo más llamativo para muchos es sin duda es el mal llamado “perdonazo” (solo borra el informe, no elimina la obligación) a quienes tengan deudas de hasta 2,5 millones al 31 de diciembre del 2011. Me pregunto cuántos de los beneficiados volverán rápidamente a aparecer en el informe por la misma causa…
No creo que sea malagradecido con las generosas autoridades que nos han hecho estos regalos si decido mantener una cuota de escepticismo. Después de todo, apuntar al Dicom no es más que preocuparse por un síntoma que, aunque molesto e injusto, dista mucho de ser el mal de fondo. Así al menos se entiende leyendo entre líneas a los expertos que no tardaron en salir a advertir que la ley puede tener un efecto negativo sobre el mercado crediticio. Daniel Montalva, de Libertad y Desarrollo, lo explica diciendo “pueden aumentar el riesgo y las tasas (de interés) afectando el crédito (…). Si tengo una deuda de $ 2,5 millones en cada uno de los cuatro sistemas que recopilan antecedentes financieros y borro esos registros, entonces no se conocerá que el total de la deuda son $ 10 millones, lo que eleva el riesgo”. Y ya sabemos que nada más riesgoso que el concepto de riesgo mismo según el sistema financiero, que, dicho sea de paso, nunca pierde.
Y he ahí el asunto. Lo que da origen a injusticias como el Dicom –ni con mucho la peor de todas- es un sistema inmoral que se basa en la usura para generar la deuda con la que los bancos engordan sus bolsillos con riqueza inexistente, a costa de la esclavitud de las personas y la destrucción de la economía de las naciones, que son garantes de su impericia o su descaro. El día en que algún líder valiente decida eliminar de raíz a ese verdadero monstruo de mil cabezas tendremos algo que valdrá la pena aplaudir. Por ahora, estoy seguro que será como reza el dicho: “Hecha la ley, hecha la trampa”.









