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Creo firmemente en que cada quien construye su propio destino. Somos los únicos responsables de nuestra buena o mala suerte y, por lo mismo, merecemos cada cosa que nos pasa. Tendría que explayarme mucho para explicar cómo puede ser ello posible en este mundo que parece lleno de injustica, pero no creo que valga la pena hacerlo. Este tipo de debates suelen ser intercambios de dogmas o reacciones más bien irracionales, en que nadie escucha más que sus propias justificaciones. Sin embargo, una cosa diré: aunque cada uno tiene exactamente lo que merece, si es cierto que vivimos rodeados de injusticias. Este es uno de los misterios de las leyes de la naturaleza: la paradoja, cómo algo puede ser y a la vez no ser.

Wp-Dicom-600¿Cómo no va a ser injusto lo que terminó siendo el famoso informe de antecedentes comerciales, tristemente célebre gracias a la empresa Dicom? Pero aunque se trate de un abuso ignominioso, no afecta en nada a quienes están libres de pecado. Veamos paso a paso… Una persona contrae una deuda y cae en mora. Esto la hace poco confiable para volver a ser sujeto de crédito y tal información se hace pública. Correcto, ¿no? Cualquiera de nosotros desconfía de alguien que se ha hecho fama de no devolver lo que pide prestado y agradecería las advertencias de un tercero. Sin embargo, de ahí a que esto implique cerrarle las puertas de un trabajo o negarle atención médica, es una injusticia a todas luces.

Recuerdo que hace unos años, ahora la fecha se me escapa, pero debe haber sido ad portas de una –otra- anunciada crisis económica internacional, se decretó una amnistía general que borró los informes de miles de personas, entre ellas yo, que figuraba con varios cheques protestados que presté a alguien. Sin duda la culpa fue mía, por la arrogancia con que en mis primeros 20 años saqué el libreto y firmé cada uno de esos documentos con actitud de Leonardo Farkas, sin pensar siquiera que si el beneficiado no los cubría, debía hacerlo yo, cosa que me tomó años hacer (aunque para Dicom eso nunca ocurrió). Salir de sus registros fue un regalo inesperado, aunque apenas sirvió. El “histórico” tal vez se borró, pero no por eso dejó de utilizarse. Eso usted también lo sabe.

Ahora, otra vez ad portas de una crisis económica internacional, se anuncia con bombos y platillos la “Ley Dicom”, proyecto impulsado por el diputado Felipe Harboe y un grupo amplio de gente de buena voluntad –junto a otros buenos para salir en la foto- que busca impedir que la información comercial sea factor de discriminación, como por ejemplo en casos de postulación laboral, atención médica o acceso a nuestra maravillosa educación.
Dentro de los beneficios se menciona también el que los datos volverán a ser privados, vale decir, cada uno de nosotros deberá autorizar a las instituciones que quieran consultarlos… OK, me pregunto si habrá alguna opción de negarse sin ser descalificado en el acto para el beneficio que se esté solicitando. Ahora bien, lo más llamativo para muchos es sin duda es el mal llamado “perdonazo” (solo borra el informe, no elimina la obligación) a quienes tengan deudas de hasta 2,5 millones al 31 de diciembre del 2011. Me pregunto cuántos de los beneficiados volverán rápidamente a aparecer en el informe por la misma causa…

No creo que sea malagradecido con las generosas autoridades que nos han hecho estos regalos si decido mantener una cuota de escepticismo. Después de todo, apuntar al Dicom no es más que preocuparse por un síntoma que, aunque molesto e injusto, dista mucho de ser el mal de fondo. Así al menos se entiende leyendo entre líneas a los expertos que no tardaron en salir a advertir que la ley puede tener un efecto negativo sobre el mercado crediticio. Daniel Montalva, de Libertad y Desarrollo, lo explica diciendo “pueden aumentar el riesgo y las tasas (de interés) afectando el crédito (…). Si tengo una deuda de $ 2,5 millones en cada uno de los cuatro sistemas que recopilan antecedentes financieros y borro esos registros, entonces no se conocerá que el total de la deuda son $ 10 millones, lo que eleva el riesgo”. Y ya sabemos que nada más riesgoso que el concepto de riesgo mismo según el sistema financiero, que, dicho sea de paso, nunca pierde.

Y he ahí el asunto. Lo que da origen a injusticias como el Dicom –ni con mucho la peor de todas- es un sistema inmoral que se basa en la usura para generar la deuda con la que los bancos engordan sus bolsillos con riqueza inexistente, a costa de la esclavitud de las personas y la destrucción de la economía de las naciones, que son garantes de su impericia o su descaro. El día en que algún líder valiente decida eliminar de raíz a ese verdadero monstruo de mil cabezas tendremos algo que valdrá la pena aplaudir. Por ahora, estoy seguro que será como reza el dicho: “Hecha la ley, hecha la trampa”.

Los antiguos eran gente más sabia. Qué duda cabe. Particularmente en lo referente a los temas de administración de la ciudad, la política, cuya esencia se ha perdido hace tiempo confundida en un galimatías de mentiras y declamaciones tan vacías como carentes de un verdadero principio de servicio.

Wp-Sabata-600Debe haber por cierto alguna excepción, pero en tal caso queda oculta detrás del ostentoso descaro de quienes intentan hacernos creer que vivimos y participamos de una genuina democracia, simplemente para seguir instalados en alguna parcelita de poder, profitando, si no en lo material, sin duda alimentando su narcisismo patológico: ahí donde una autoridad electa se mira al espejo y no ve a un empleado pagado por los ciudadanos, sino que al dueño del poblado y se siente orgullosísimo de sí mismo, hipnotizado por los halagos y el servilismo de una corte a sueldo que le aplaude todo, no a él, sino al jefe de turno.

¿Exagero? ¿Entonces qué otra cosa puede motivar a un edil a actuar como señor feudal, determinando el destino de un grupo de estudiantes a quienes les cancela la matrícula porque sencillamente a él le parece eso justo? Vamos, alguien que vive en Providencia bien puede compartir las ideas y hasta las motivaciones del ex coronel Cristián Labbé, pero no puede negar que esa prepotencia al ordenar a su caballería cargar contra los descontentos, en nombre de la libertad, es propia de un duque medieval, más que de una autoridad electa. Ni hablar de Pedro Sabat, devenido en una suerte de inquisidor, ordenando el desalojo de un colegio con argumentos tipo “es un antro del pecado” y calificando a las alumnas de prostitutas. Qué bonito.

En la Grecia clásica los vecinos exigían paz y cuando algo la interrumpía, claro, la autoridad debía actuar, pero solo después de que un consejo ciudadano analizaba la situación, votaba y ordenaba al servidor público qué hacer. Cuando éste, en cambio, quería imponer su criterio sin consultar a nadie o solo al círculo de adulones, los vecinos ponían en duda su sano juicio… Existía, de hecho, una figura legal para tales arrebatos, considerados a la vez delito, pecado y enfermedad: la hibris, concepto que puede traducirse como “desmesura” y que alude a un orgullo o confianza en uno mismo exagerados, un desprecio temerario hacia el espacio personal ajeno, unido a la falta de control sobre los propios impulsos. Se caracteriza por ser un sentimiento violento, por pasiones exageradas que eran consideradas enfermedades por su carácter irracional y desequilibrado, inspirado por Ate (la furia o el orgullo). El castigo público era el ostracismo, vale decir, alejarlo de la posibilidad de influir en el devenir de la ciudad, dejando que de lo penal los dioses mismos se ocuparan. Tiempo más tarde, los romanos, gente sabia, discurrieron una forma de prevenir que sus tribunos cayeran en este mal: ponían a un esclavo a su lado, presto a susurrarle a tiempo en el oído “no olvides que eres solo un hombre”, cuando el funcionario comenzaba a confundirse.

Por estos días se habla de modificar el sistema electoral –binominal- y muchos dicen que es justo y necesario. Yo no sé, nunca lo he entendido y tampoco presumo de hacerlo. No tomo un bando porque estoy seguro de una cosa: si ha sobrevivido más de 20 años es porque a la elite en el poder le convenía y cualquier cambio que se le haga, será sin duda por lo mismo. Si ahora no se han puesto de acuerdo, será porque alguno sale perdiendo en la repartición. En todo caso, una discusión inútil. Antes me parece que a estas alturas de nuestro desarrollo científico deberíamos recurrir a métodos técnicos para garantizar que quienes lleguen a un cargo vayan a servir y no sean sólo la pieza de un ajedrez entre facciones disputando supremacías, ni menos unos pillos asomados, buscando “agarrar algo”.

En el país abundan las alcandías en bancarrota producto de la gestión a lo menos deficiente de uno que llegó prometiendo el bien común y se fue entre gallos y medianoche, sin ninguna vergüenza. Algo anormal, además de delictual, debe haber en las ínfulas de gente que se permite confundir los fondos del municipio con plata suya sin miramientos, así como otros confunden un cargo con una corona.

Ahora que ya está desatada la carrera municipal, me atrevo a formular una propuesta para evitarnos todo esto. Si para manejar un vehículo debemos pasar diversos test y para portar un arma hay que demostrar que no se padecen trastornos mentales ¿por qué para ser alcalde y detentar una importante cuota de poder y recursos no se exige al menos un examen sicológico? Si en muchos países una máquina detectora de mentiras permite mandar un delincuente a la cárcel, ¿por qué no valernos de una para evitar poner a un pillo o a un egocéntrico megalómano a cargo de una ciudad? Pero claro, no tengo esperanza alguna de que la idea prospere. Si a  la ciencia le pidiéramos apoyo de este tipo para elegir solo gente virtuosa y mejorar nuestra democracia, seguramente no habría muchos dispuestos a hacer ese ingrato trabajo: dejaría de ser la forma actual de transformarse en un señor feudal.

Tal vez una de las señales más evidentes de la decadencia de nuestra civilización es la falta de recocimiento a la experiencia. Por contrapartida, todo un símbolo de la banalidad imperante es la sobrevaloración de la juventud y otras preocupaciones miserables como la posición social, el dinero, el éxito profesional que encubre la falta de sentido y profundidad del día a día y un etcétera que cada uno puede completar, donde la gente mayor y aquella que ya cumplió una etapa no gozan del más mínimo respeto.Wp-Alwin-600Para qué decir de un lugar especial desde donde contribuir con su sabiduría, quienes la tengan.

Por eso me llamó profundamente la atención y me sorprendió gratamente que el Presidente Sebastián Piñera invitara a sus antecesores a “la casa donde tanto se sufre” para consultar su opinión sobre las reformas políticas que planea impulsar. Me pareció conmovedora y solemne la imagen de don Patricio Aylwin, de 93 años, sonriente como siempre y probablemente más lúcido que nunca, feliz de poder aportar. Incluso Ricardo Lagos pareció dejar un poco de lado esa impronta de monarca que parece querer imponerle a su calidad de ex jefe de Estado, para sentarse modestamente a conversar con el Presidente en ejercicio.

Mi primer impulso fue sospechar. ¿Será acaso que don Sebastián no valora la opinión de nadie, a menos que los cosidere iguales? ¿O se trata de otro intento por granjearse alguna simpatía? Pero no me quedó más que reconocer que, al menos en este asunto, Piñera ha mostrado siempre un gran tino. No oculta el respeto por sus antecesores y siempre ha destacado el aporte que sus experiencias pueden entregarle. Pienso que se trata de un reconocimiento genuinio y, además, de una actitud muy inteligente.

Nos maravillamos con el entusiasmo y la inteligencia de los veinteañeros expertos en educación como Camila y Giorgio, pero al mismo tiempo despreciamos olímpicamente a un par de personas a quienes bien nos convendría escuchar.Y es que en este país somos tan ególatras que nos farreamos oportunidades formidables. Por ejemplo, uno de los psiquiatras más reconocidos del mundo, el chileno Claudio Naranjo, es considerado además una enimencia en temas de educación. Cualquier gobierno cilivizado lo tendría de consejero vitalicio y su palabra no sería una opinión más, sino una capaz de dirimir toda controversia. He tenido la mala suerte de escuchar como explicación para prescindir de su sabiduría el que “ya está viejo”. Es verdad, debe estar pasados los 80 años. ¿No es acaso razón suficiente para ir tras él y aprovechar cada día  que aún está, como lo hacen en la universidad de Berkeley, donde vive hace décadas, o en Europa, donde dicta cursos para formar académicos concientes? Pero acá nisiquiera ha sonado nunca para un premio de algo.

Chile, como nación joven, debería tener un consejo de ancianos-sabios vitalicios y plenipotenciarios. Claro que la elección no debería hacerse por cuoteo ni por simple estadística. Ser viejo no garantiza la sabiduría, ni los años vividos, que la experiencia haya sido bien aprovechada. Ciertamente no hay nada más triste que una persona mayor que vive de los recuerdos, importunando a todo el mundo con su incapacidad de comprender que los tiempos cambian y exigiendo a los demás veneración y sumisión.

Conozco un par de adultos mayores que insisten en que los demás deben aceptar todos sus caprichos solo por que son viejos, partiendo por la fea costumbre de acaparar las conversaciones y sentirse con derecho a determinar de qué se debe hablar y de qué no, o dar por finalizada la tertulia si a ellos el tema no les gusta, aunque estén de visita en otra casa. Eso, finalmente, es no haber entendido algo. Por mi parte, mucho más me han ayudado esos abuelos que, con paciencia infinita, nos miran con amor mientras hablamos sandeces y con un apenas perceptible gesto nos transmite el rotundo mensaje “pobrecito, ya le enseñará la vida cuando lo fustigue con su látigo”. Y es que el ego de todos salta eajenado cuando alguien se plantea exigiendo que se le reconozca supremacía. Mantener la calma y recurrir a la sana autocrítica es la mejor demostración de madurez. Y si no, a los más jóvenes nos toca al menos, la comprensión y la paciencia, eso que el cariño verdadero nos permiten.

La verdad es que el arte de aprender a escuchar consejos es más complejo y sutil que la compulsión de darlos y sin duda, más provechoso. Y aunque hay mucha gente mayor agotadora y de verbo protagónico o de crítica descalificadora lapidaria, que no siempre son simpáticos o logran hacer gratas las sobremesas, cuando uno asume que son los padres y abuelos de alguien, probablemente de nosotros mismos, y que mañana podrían no estar, la cosa cambia. El arrepentimiento ese de cuando nos faltó amor y comprensión, pero nos sobró soberbia e impaciencia, dura y duele demasiado. Ver la situación desde este punto de vista ciertamente nos permite quedarnos con algo valioso. No siempre lo ellos esperarían enseñarnos, aunque seguramente sí algo que nos conviene aprender, como por lo menos no cometer los mismos errores, que no es poco. Finalmente, más sabe el diablo por viejo…

Qué pena su pascua

Publicado el 15 Diciembre 2011 Blog 16 comentarios

El viejo pascuero me parece un personaje aborrecible. Cada vez que lo digo –y procuro decirlo siempre que puedo-  la gente reacciona airada. Amargado es lo menos que me gritan. Sus argumentos van desde que es una tradición antigua por cierto obispo San Nicolás, hasta que los niños y sus caritas de alegría. Pamplinas.

Wp-ViejopASCUERO-600El viejo pascuero es una vergüenza para la cultura cristiana occidental, una ofensa a la inteligencia de los adultos, una manipulación artera a la sagrada inocencia de los pequeños. Un chiste del que solo se ríe a sus anchas el padre de todas las mentiras, el único al que se le pudo ocurrir semejante disfraz perfecto para robarse la Navidad.

No les voy a dar una lata pechoña del tipo “recordemos de quién es el cumpleaños” como esas que usa la iglesia. Probablemente sea una lata peor. De modo que trolls, vayan a ver tele.
Tampoco soy una especie de Grinch que odia la Navidad. Por el contrario, me gusta mucho. Hay en esta efeméride algo sumamente profundo, tal vez lo más serio que podríamos plantearnos los pobres mortales, que lógicamente va más allá del árbol con luces, los duendes y los renos, incluso que el humilde pesebre, los reyes magos y el pastor tamborilero. Aclaro que no soy católico –gracias a los Dioses, superé las supersticiones en la infancia- y me asumo  cristiano por una cosa sociocultural obvia. Pero he estudiado toda mi vida a Jesús de Nazareth y he llegado a la comprensión de que se trata de algo mucho más divino de lo que sus propios seguidores sospecharían. No es mi intención un análisis teológico de Cristo, pero es necesario decir sobre él un par de cosas, antes de embestir al ridículo viejo pascuero ese.

El 25 de diciembre se celebra el nacimiento de Jesús, aunque verdaderamente debió nacer entre marzo y abril. Ocurre que la iglesia primitiva se apropió de la antigua fiesta del solsticio de invierno, Natalis Invicti Solis, obviamente para que los nuevos conversos no se sintieran huérfanos de tradiciones. De hecho, la antigua mitología solar tiene mucho que ver con la fe cristiana. A fin de cuentas, la iglesia se adueñó de todo lo que podía servirle para atraer adeptos. En lo esencial, aunque su curita amigo y las monjitas le hayan dicho otra cosa, mitos como el de Jesús hay muchos. Para los hindúes se trata del Avatara, la encanación del dios Visnú en Krishna, Buda y otros varios. Parecido es Horus, en Egipto, el Ormuz en los persas y Quetzalcóatl o Kukulkán en Mesoamérica. Es el arquetipo el dios creador que se hace como uno más de sus creaturas, para vivir y padecer lo que ellos y enseñarles la verdad de su origen divino y de que todos somos hermanos.

Solo a una mente muy siniestra podría ocurrírsele robarnos ese mensaje de amor y la esperanza de que seamos algo más que un simple capricho de la biología en una roca perdida en el cosmos, a cambio del consumo desenfrenado que nos esclaviza y motiva a pisotearnos entre nosotros. ¿O a usted no le da pena ver a miles de personas aglomeradas en los centros comerciales, cargadas de paquetes, odiando y maldiciendo por comprar regalos para comprar el afecto o solo por obligación? Porque, perdonénme, si es por cariño verdadero, basta un “engañito”. Y en medio de todo, como el  guaripola de un desfile demente, ese vejestorio regordete que le dice a los niños que basta con pedir para recibir, porque eso de portarse bien ya pasó de moda. Les enseña a asociar el cariño y la felicidad a la posesión de bienes, inculcándoles de manera subliminal el materialismo que ha hecho a sus padres esclavos obedientes del sistema financiero, ese que logró reemplazar el “amaos los unos a los otros” por la competencia enferma de tener y ostentar, al precio que sea, y que tiene a la civilización cristiana al borde del colapso.

El personaje es tan burdo como estudiado. Mientras más simple, más fácil de asimilar, desplazando así todo lo comeplejo y profundo que fundamenta la efeméride navideña. ¿O a usted le enseñaron algo sobre la festividad de Helios Invictus? Todos sabemos que fue diseñado por la agencia neoyorkina de una marca global de refresco basura, cuyos propietarios seguramente profesan una creencia en la que Jesús no fue más que un agitador político. Pero ahi está la chusma inconciente, soñando con una blanca Navidad modelo Central Park.

Lo bueno del caso es que se puede ignorar la trampa. Basta con no hacerse mala sangre y decirle a los niños la verdad cuando ya pueden comprenderla. Me parece muy bien que haya quienes salgan en Nochebuena a llevarle sopa a los indigentes, pero eso bien puede ser cualquier día. El significado es otro. Basta con darle una mirada al pesebre que muchos, todavía, ponemos bajo el árbol, y pensar en el simbolismo de un dios que nace pobre entre animales para traer un mensaje de amor y bondad. Me gusta pensar que ese sentimiento de paz, esa intuición de todo lo bueno de lo que somos potencialmente capaces que, cual más cual menos, experimentamos en algún momento de la cena, antes o después de los regalos -seguramente, es cierto, al ver la sonrisa de los niños-, es precisamente el misterio del sol, fuente de la vida, que invicto que se niega a sucumbir a la oscuridad también en el interior de nosotros mismos.

Les deseo pues, una Feliz Navidad.

“No le da el maní”

Publicado el 1 Diciembre 2011 Blog 9 comentarios

Esta debe ser la frase más desafortunada  del año. No sólo por la inusual dureza del hasta ahora anónimo instructor de vuelo que la usó por escrito para graficar las capacidades del teniente Juan Pablo Mallea, piloto del Casa 212 que cayó en el mar de Juan Fernández a comienzos de septiembre.

Wp-Blogmallea-600Tampoco porque entre líneas se descubre el maullido de un gato encerrado en la Fach, por lo menos en cuanto al nivel de exigencia que permite que una persona que no sabe multiplicar y “tiene una carencia de análisis para la toma de decisiones” y “comete errores repetitivos, casi increíbles” llegue a sentarse al mando de una aeronave. También porque vuelve a poner en evidencia que los errores de omisión, la comodidad de no tomar medidas, evitar meterse en problemas o permitir que las cosas sean como siempre han sido, pueden costar muy caro.

Imagino la tristeza de la familia del teniente Mallea y lamento que al dolor de perder a su hijo en tan trágicas circunstancias deban sumar ahora el que se le exponga de una manera tan descarnada como el principal responsable de la tragedia. Su madre ha hablado de un “asesinato de imagen” y aunque el propio ministro en visita Juan Cristóbal Mera ha salido en su defensa, llamando a los medios a “ser más discretos en el uso de la información”, me temo que va a ser difícil evitar que se instale la convicción de que no era la persona. No seré yo quien haga leña del árbol caído. Después de todo, los datos sobre la falta de pericia de Mallea están a la vista. Pero sí me parece inaceptable la expresión del magistrado. Una cosa es no hacer escarnio o evitar mofarse de una persona fallecida, otra muy distinta es decir las cosas por su nombre, dar a conocer los antecedentes y preguntar en voz alta quiénes y por qué insistieron en darle a Mallea atribuciones para las que “no le daba el maní”.

He tenido la oportunidad de conocer muy de cerca a algunas de las instituciones castrenses de este país, principalmente al Ejército, a la Fach y a Carabineros. Algo que me llamó siempre la atención, particularmente de las dos últimas, es la “cosa social”. La discriminación por origen, apellido y hasta por color de piel son una norma. Hay, básicamente, personas de primera categoría (oficiales) y de segunda (suboficiales), nada nuevo por lo demás, eso lo sabe todo el mundo. Si no, que lo diga la mamá del cabo Flavio Oliva, también fallecido en el accidente y quien ha denunciado presiones de la Fach para no continuar exigiendo explicaciones, cuando ni siquiera le han devuelto los objetos personales de su hijo, cuyo cuerpo es uno de los cinco que no fue encontrado.
Pero tampoco nos engañemos. El clasismo no es exclusivo de las Fuerzas Armadas, como tampoco lo es el compadrazgo, el tráfico de influencias o el “tratamiento discreto” de alguna información, todas costumbres chilenas arraigadas que no pocas veces permiten que alguien llegue a cargos o posiciones que no merece o para las que no está capacitado.
Este asunto es peligrosamente serio respecto a funcionarios públicos o personas en posiciones de influencia. Y si además de considerar las competencias profesionales incluyéramos las psicológicas encontraríamos mucha gente a la que en efecto no solo “no le da el maní”, sino que derechamente le falla y está ahí, muy campante, votando nuestras leyes, administrando el erario fiscal, oficiando de testigo de fe, dando clases, impartiendo justicia, pilotando un avión o un helicóptero.

Si hubiera alguna forma de sacar esos incómodos trapos sucios al sol estaríamos en serios problemas, sin duda. Pero algo me dice que sólo por un lapso breve, porque siempre aparece rápidamente alguien con el poder suficiente para hacer que una verdad incómoda se maneje con discreción. Había un poco de escándalo y luego todo volvería a la normalidad de siempre, a ese status quo donde los mediocres bien recomendados campean a vista y paciencia de los que no tienen más suerte que seguir sacándose la mugre día a día.

No me ayude tanto compañero

Publicado el 17 Noviembre 2011 Blog Sin comentarios

La casa central de la Universidad de Chile, en plena Alameda, está tomada por los estudiantes. Su frontis, toda la cuadra entre Arturo Prat y San Diego, por los vendedores callejeros.

Wp-BlogTrujillo-UcHILEAprovechando que el espacio se ha convertido en un enclave de la libre expresión y epicentro de frecuentes aglomeraciones -algunas más amigables que otras-, primero llegaron los vendedores de libros usados, luego los de hamburguesas de soya, jugos, helados, pan amasado y cuchuflíes. Después se instalaron artesanos de paño en el suelo con aros de plumas, anillos de alambre, pinzas y pipas, figuras de resina, pulseras de cuero o de hilo, fotos del Che, etc. Más tarde llegaron los contrabandistas de DVD’s y juegos de video, los que ofrecen gafas de sol a luca, calcetines, perfumes falsificados, etc. Toda la variada oferta del comercio informal ambulante trasplantado de Ahumada, Huérfanos y sus alrededores. Ahora no tienen necesidad de arrancar: encontraron un remanso de tranquilidad bajo el alero de la toma en la Chile y en el Instituto Nacional. Por lo visto en esa vereda donde otrora sólo había lustrabotas ya no se aventuran los carabineros, a menos claro, que surja una barricada. Pero en ese caso los mercaderes son los primeros en irse.

Paso cada 15 días por el lugar y he visto cómo esta feria libre ha ido tomando forma. Me hace recordar los campamentos de mercaderes que en la antigüedad seguían a todas partes a los ejércitos. Una verdadera ciudad móvil como la que fue tras Alejandro Magno, desde Macedonia hasta los confines de la India, siempre atenta a aprovechar el devenir de los acontecimientos para sacar algún beneficio. Para vender o reparar armas y proveer los suministros y servicios más diversos, los comerciantes siempre están atentos a manifestar lealtad a la causa, pero también están listos para salir corriendo a perderse si la integridad física peligra. O, digámoslo, para pasarse al bando contrario si de pronto es más conveniente. No todos, tal vez, pero yo por lo menos tendría que ver para creer.
Es que más allá de las idealizaciones, la gente es así. Alguien dijo que cuando le conviene, el pueblo se apresura a linchar en la plaza pública al mismo que poco antes llevaba en andas, y después de pisotear sus restos, le hace una estatua. Si no, que lo diga el Hijo de la viuda. Hoy, cuando esas violencias e hipocresías son mal vistas en occidente, la masa anónima muestra lo veleidosa que es en las encuestas: lo mismo puede apoyar a alguien con un porcentaje importante para instalarlo en “la casa donde tanto se sufre”, como transformarse luego en el indicador de la ignominia de ser el peor evaluado en la región.

Arturo Alessandri no confiaba en el apoyo popular, lo llamaba la “chusma inconsciente” y creía, como buen místico, que depende más de las leyes que rigen desde el inconciente las humanas pasiones, antes que de convicciones, ideales o sueños comunes.
Pienso en esto parado junto a la estatua de Andrés Bello, mientras escucho a un universitario que oficia de locutor de la radio que transmite por altavoces. Coincidentemente, comienza a hablar de este asunto. Dice que la gente los ha criticado por permitir que se forme esta feria. Asegura que les parece una forma de contribución a las reivindicaciones sociales y, también, de ayudar a la comunidad. En lo segundo puede estar acertado, pero dudo que en lo primero.

Ese día justamente se dio a conocer una nueva encuesta que señaló que el apoyo al movimiento estudiantil bajó del 80 % al 67 %. Al día siguiente, la marcha convocada no tuvo la misma asistencia multitudinaria que las anteriores y los opositores se apresuraron a usar la palabra “desgaste”. Después de seis meses, hablando con la muralla cualquiera pierde la fe y ciertamente marchar bajo 30 grados de calor no es un panorama muy apetecible, quisiera creer, pero también pienso en esto de que el apoyo popular aplaude las promesas gastándose de antemano lo que espera recibir, pero tiene poca, muy poca, tolerancia a la frustración.
Que me perdone Camila Vallejo, pero más sabe el diablo por viejo lector de la historia que por iluminado. La he escuchado justificar su militancia comunista diciendo que la propuesta de su partido es un ideal que subsiste pese a sus históricos fracasos. Yo pienso que la historia ha demostrado que todo eso no funciona una y otra vez porque los trabajadores del mundo están dispuesto a unirse si algo pueden ganar, pero no tienen mayor interés en perder sus cadenas si el sacrificio es mayor. Posiblemente sea esta la misma razón por que tanto joven comunista deviene en adulto burgués, bien acomodado, cuando el ideal es pospuesto por el pragmatismo. Un ejemplo son de hecho los líderes de su tienda, que desde la comodidad de la cafetería del Congreso aleonan a sus huestes en la calles.

El apoyo popular puede ser una linda entelequia, poética y política. Pero tal parece que aunque el sueño de un cambio sea luminoso, la lucha justa y la promesa atractiva, el status quo no resulta tan malo. Después de todo, si un mal dura cien años, es porque algún necio lo aguanta.

El infierno es un call center

Publicado el 3 Noviembre 2011 Blog 5 comentarios

El otro día me di cuenta de que hace tiempo que no recibo la cuenta del celular. Fue cuando me llegó un SMS que decía algo así como “le recordamos que usted tiene una boleta vencida por x plata, pague o le cortamos el servicio. Si ya pagó, no haga caso, etc.”

Wp-CallCenterTrujilloEntonces me puse a pensar y recordé que nunca he recibido la correspondiente cuenta impresa, en un sobre, en mi domicilio, como debe ser. Tampoco por email, como supuestamente sería solo indicando mis datos, ya que estamos en pleno siglo XXI. Lo cierto es que soy un cliente nuevo en esta compañía, cuyo nombre no diré, aunque tiene un logo rojo con letras blancas, pero desde que pertenezco a ella, nunca he recibido la cuenta.

En ocasiones anteriores fui y pagué callado porque lo que me cobraba el poco amable SMS correspondía al plan contratado, pero esta vez no. ¿Cómo saber a qué se debe el monto adicional sin un detalle de la cuenta? Lo más lógico es llamar al 103 y someterse a la burocracia: “si necesita esto, marque esto otro”, hasta dar por fin con la opción “uno de nuestros ejecutivos lo atenderá”. No creo necesario continuar lo que viene porque más de alguna vez el amable lector se habrá encontrado en un trance similar. Aunque sí, lo reconozco: soy del tipo cliente cacho. Ese que insiste en que lo escuchen en lugar de someterse con paciencia a la cantinela mecánica que no ayuda en nada, ese que se molesta después de varios “espere en línea, no me corte” seguido de “déme su Rut por favor” y la insufrible música de espera. Si hay alguien que aguante estoico ese trance, lo admiro. Tampoco es necesario señalar que no resolvieron mi problema ninguna de las cuatro o cinco veces que lo expuse, hasta que la ejecutiva me cortó después de que le dije “oiga, escúcheme ¿si?, insisto en que no se por qué no recibo la cuenta, precisamente ese es el problema, y se que me están cobrando un adicional, pero quiero saber a qué corresponde. ¿Puede entender eso o es mucho para usted?”

Personas como yo no podemos vivir sin teléfono. No sólo hablo por él, lo uso para conectar mi notebook a la red para trabajar y sí, también vivo metido en Twitter. Aunque se ría alguien, es clave para mi pega. Supongo que eso es igual de válido que si fuera otro de los cientos otros de miles que tienen un celular para entrar a Facebook, jugar en línea o bajar videos de YouTube. De modo que esta vez, como las anteriores, me cansé y pagué. Sin saber qué era el adicional, sin haber recibido ni el estado de cuenta ni una explicación. En lo que a mi respecta, mientras no la tenga, fue dinero regalado. Como tantos otros miles de trabajadores que juntan con sacrificio cada chaucha y le regalan plata a una empresa transnacional que les “presta un servicio”.

Lo curioso es que me cambié a esta compañía, cansado de un trato similar por parte de otra, cuyo nombre empieza con E y termina con L. Cada semana me llamaba un señor para ofrecerme cosas que se contratan pronunciando un simple “SÍ”. Luego descubrí que había solicitado horóscopos, chistes, recetas de cocina, cambios de planes varios, etc. ¿Será que estos personajes están entrenados para hacer preguntas del tipo que uno responde “sí” y obtener de esa manera el equivalente a una firma verbal? Descubrí luego que no podía dar de baja el prepago-cuenta-controlada sin antes pagar esos cobros. Luego de un tiempo, por registrar un saldo en mora, ni siquiera podía llamar al 103. Entonces fui a una oficia de “Servicio al cliente”. Después de hacer una larga fila, la ejecutiva me dijo que ella no se encargaba de esos asuntos. Me mandó a la “plataforma de auto atención” que no es más que un auricular adosado a un módulo y que conecta, otra vez, al dichoso “call center nivel 103”. Pasé cada opción hasta que la voz dijo “no podemos atenderle porque usted se encuentra impago”. Tal cual. Sería gracioso si le hubiera tocado a otro.
Admiro a quienes se agruparon y fueron al Sernac para estampar una demanda colectiva hace un tiempo por cobros indebidos. Se supone que les devolverán el dinero y recibirán además una jugosa compensación de 0,1 UTM (cerca de $3.863). Me arrepiento de no haberme dado esa lata. En cambio yo, sencillamente me cambié de empresa y ahora no sólo tengo cargos extraños, ni siquiera recibo un estado de cuenta y “los ejecutivos  de atención al cliente” se dan el gusto de ningunearme y cortarme así, sin más, si me muestro un poco conciente de mis derechos.

Que me perdone la justicia, pero dudo que este tipo de abusos se termine luego de la resolución que obligó a los tres operadores a devolver los cobros indebidos recientemente. He hecho averiguaciones y encontré al menos una docena de casos como el mío. Más que círculo vicioso, es un círculo infernal, porque finalmente obliga a pagar a ciegas o te condena a la incomunicación o peor aún, a no poder trabajar, como en mi caso. Si eso no es ilegal, al menos es inmoral. Y por cierto que se parece a la esclavitud.

No liberen a la tortuga

Publicado el 20 Octubre 2011 Blog 2 comentarios

Suelo tomarme un día libre -o dos- en la semana, ya que trabajo sábado y domingo. Mi intención es dedicarle tiempo a los “pitutos” o descansar, lógicamente, pero casi nunca puedo hacerlo. Siempre hay algo que me distrae o alguna emergencia doméstica que exige mi atención. Hoy fue una tortuga.

Wp-tortuga-min2Vivo en un condominio en el sector de Linderos, rodeado de viñedos. Por eso a estas alturas ya estamos acostumbrados a la aparición sorpresiva de animales y bichos raros, algunos de los cuales logran hacerse notar y ganar espacio en nuestros corazones. De esta forma llegó Tristán el perro y Capuccina la gata, que así no más un día se fue y no volvió. Snif… Siempre lidiamos con grillos, tijeretas, mantis, caracoles (una plaga), observamos avecillas rapaces y asechamos lagartijas multicolores. Pero la más intensa relación interespecie que he tenido fue con la maravillosa araña que descubrí entre las flores del jardín: una sorprendente Argiope que me cautivó de manera irremediable. Sosteníamos largas conversaciones telepáticas sobre el universo y esto de ser hombre y eso de ser araña, mientras ella tejía su enorme y perfecta red. Una tarde durante mi ausencia los jardineros decidieron podar el sector y Pipa, que así le llamé, desapareció para siempre. Aún sueño con ella.

Acá los sueños son cosa seria. Hace rato que mi hija mayor, Anastasia (14), sueña con tortugas. No es precisamente que le gusten, sino al contrario. Ayer, sin ir más lejos, soñó con una que estaba herida. Y he aquí que esta mañana, cuando me disponía a preparar un almuerzo gourmet, el conserje golpeó la puerta preguntando si la tortuga que traía era nuestra. ¿Coincidencia? Tal vez, si hubiera sido un gato, un pollo, un conejo. Pero ¿una tortuga acuática? Pensé en el sueño de Anastasia y dado que no podíamos acogerla, decidí encargarme de su desamparo. Después de comprobar que no era mascota de nadie, llamé al Buin Zoo:
-Noo, no recibimos tortugas.
-¿Cómo? ¿No promocionan ustedes algo así como un SOS rescate animal?
-Es una clínica veterinaria.
-Ah, pero esta tortuga es un animal exótico y no tiene dueño, no podemos hacernos cargo de ella. ¿Qué pasa si muere?
-No se, no es nuestro problema. Llame al SAG.
Mientras tuiteaba sobre el asunto y mis amigos del TL, siempre solícitos, comenzaban a darme información relevante y algunos hasta se ofrecían a adoptarla, llamé al SAG. Después de mucha burocracia, alguien me atendió:
-¿Es de esas tortugas verdes de acuario?
-Esa misma, pero enorme.
-Ah, si, nos llaman a cada rato. La semana pasada aparecieron 30 en Puente Alto. La gente las compra chicas, pero crecen y se ponen hediondas, entonces las botan. Si fuera de tierra nos hacemos cargo, para esas tenemos gente que las recibe, pero como son acuáticas, la responsabilidad es del Sernapesca.

A estas alturas la tortuga intentaba escapar del lavatorio donde la instalamos, encaramándose en mi roca mística de cuarzo rosa que, compadecida, mi esposa Vivianne le puso para que pudiera asomarse al sol. También la alimentó con parte del sashimi de salmón que preparábamos, que le encantó. La humilde merluza no fue de su agrado, en cambio.

Finalmente en el Sernapesca metropolitano pude hablar con Andrés Albert, quien se identificó como funcionario “mentolatum” y cuya amabilidad y disposición me hizo recuperar la fe:
-Trachemys scripta, o tortuga de orejas rojas. Son importadas desde Estados Unidos, la mayoría por parte de tiendas de mascotas, aunque hay quieres las traen ilegalmente. Nosotros hacemos la cuarentena y certificamos su estado sanitario al ingreso, pero no tenemos forma de hacernos cargo de situaciones como ésta. Ciertamente es nuestra responsabilidad, pero no contamos con espacio o recursos especiales para ello. Distinto es cuando en la playa aparece un lobo marino o un pingüino, hay refugios donde los recibe y los cuida gente ad honorem. Una vez recuperamos una de esas que se quedó en la oficina de mascota, varios meses, hasta que logramos que en el Zoológico Metropolitano la adoptaran. Están llenos de ellas, igual que en Buin Zoo.

Andrés me explicó el enorme vacío legal que facilita la tenencia irresponsable de animales y confirmó que esta tortuga, incluida en la lista de las 100 especies invasoras más dañinas del mundo, ya está haciendo de las suyas en los cursos de agua de nuestro país.

Para cuando llegó Anastasia del colegio, Andrés Albert, a nombre del Sernapesca, se había comprometido a recoger a la tortuga y encargarse de ella, sin  tener más que solo su buena voluntad y la de quien pudiera adoptar a la ya evidentemente triste tortuga, que estaba siendo objeto de la curiosidad de todos los niños vecinos. Imaginaran la sorpresa de mi hija al ver su sueño materializado. Interactuaba nerviosamente con ella, superando así su extraña queloniofobia, cuando apareció una pequeña diciendo que la tortuga era de su abuelo.

Efectivamente, el caballero y su esposa se mudaron hace un par de meses a la única casa dónde no había nadie cuando hice el empadronamiento. La tortuga vivía con su pareja en un acuario que ya les está quedando chico y no era primera vez que se escabullía de el. ¿Cómo salió al exterior de la casa?, un misterio. De vuelta en su hogar se veía feliz. “¡Si son muy cariñosas!” dijo su dueño. Yaa, pero, ¿quién soy yo -el hippie que hablaba con una araña- para negarlo?

Fue un final feliz que no tienen las miles de tortugas de orejas rojas que, como tantos otros animales abandonados por sus dueños, deambulan confundidas por el ingrato Chile. Al menos perros y gatos tienen sus animalistas fanáticos defensores. Las tortugas, al borde de ser plaga, solo cuentan con la buena onda de un funcionario público sobrepasado de trabajo y una niña que sueña con ellas. Pero quién sabe… tal vez sea un comienzo.

THE HAPPENING

Una imágen de The Happening, la película de Shyamalan

Mi intención era dejar los temas densos por un rato y alejarme del tono oscuro y un tanto pesimista que he estado usando en mis últimas columnas y homenajes póstumos, pero el fallecimiento de Steve Jobs estuvo a punto de hacerme recaer. Sin embargo, opté por guardar mi admiración, nacida en los ochenta, ante tanto converso de último minuto adicto a los atributos de imagen que se compran con cada iPhone.

Casi tan tentadores han sido los últimos acontecimientos de Chile y el mundo. Donde se mire hay desastres, caos y calamidades para analizar. El signo del final los tiempos, dicen los apocalípticos, aunque yo creo en lo que dice el filósofo Darío Salas Sommer: sólo se trata del reflejo del precario estado del alma humana. La caída libre, progresiva e imparable de las bolsas mundiales y el conflicto de la educación me hacían guiños, obvio, pero decidí ignorarlos. Pensé en retomar mi afición por la tecnología para escribir algo sobre los llamativos equipos nuevos de BlackBerry, pero justo se desencadenó una serie de pequeños desastres que vaticinan un ocaso lento y doloroso a RIM, su fabricante. Ni modo, también me alejé de ahí.

En eso estaba hasta que cayó en mis manos un artículo demasiado interesante como para dejarlo pasar, aunque me obligara a reincidir. Qué diablos, uno es como es.

Se trataba de un estudio de la organización Separados de Chile que aseguraba que en primavera se produce un aumento vertiginoso de los divorcios, hasta un 30% más que en otras estaciones del año. El artículo citaba datos del Registro Civil “que avalan estos análisis”. El presidente de la organización, Ricardo Viteri, intentó una explicación lógica, aunque no científica: “Con la llegada del calor, las personas empiezan a mostrar más piel al vestir y se vuelven más aventureras. Hay más reuniones sociales, la gente sale más de su casa. Primavera en Chile, en vez de decir que es la temporada de caza, es la temporada de infidelidades”. Ahora bien, digo yo, si esto es bueno o malo depende de cada caso.

El apagón que viene

Publicado el 26 Septiembre 2011 Actualidad, Blog 1 comentario


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Paradojalmente, la oscuridad que cayó sobre cinco regiones del país el sábado nos permitió ver muchas cosas. No precisamente descubrir algo nuevo, sino más bien volver a mirar lo que sabemos está ahí… al acecho, esperando a que el precario equilibrio que sustenta apenas nuestra sociedad se pierda, para desatar el caos.

Cuando el huracán Katrina asoló Nueva Orleans en 2005, mis editores en una revista de negocios y mundo me encargaron investigar cómo estaba preparado nuestro país para enfrentar alguna emergencia. Las conclusiones resultaron desalentadoras. El título del reportaje fue: “Dios nos pille confesados”.  Propusimos que si bien  nunca sabemos cuando ocurrirá una catástrofe, sí podemos estar seguros de que cuando suceda, poco podremos hacer, además de orar.

El terremoto del 27 de febrero de 2010 comprobó la nefasta tesis. Si éste sábado ya nos habíamos olvidado de que vivimos en un elefante que se balancea sobre la tela de una araña –por lo menos los privilegiados que no lo perdimos todo ni vivimos aún en mediaguas de emergencia– el apagón nos recordó que la electricidad, de la cual dependemos absolutamente, no está asegurada en el país. Peor que eso, en los próximos años necesitamos duplicar la capacidad de generación de energía instalada, no para lograr las metas de crecimiento proyectadas por nuestras siempre optimistas y autocomplacientes autoridades económicas, sino para simplemente seguir viviendo con normalidad. Lo que hemos escuchado, pero sin procesarlo debidamente es que no hay un plan para enfrentar dicha contingencia. Simplemente no hay solución a la altura de las circunstancias, porque llenar el país con centrales a carbón, que es la agenda en progreso, es tan inaceptable como destruir un paisaje natural casi virgen. Durante más de 30 años los políticos de turno han hablado de esta amenaza y el resultado ha sido nulo, sin una sola modificación al modelo que confía todo a la iniciativa privada y nos deja a merced de lo interesante que resulte el negocio, que hasta ahora, por lo demás, ha sido pésimo. No obstante, nos parece que todo funciona normalmente.

Pocas palabras son más traicioneras que: “Normal”. En este caso, nos hace creer que si no ocurre nada malo, está todo bien. Pero sabemos que aunque una habitación se vea limpia la basura puede estar bajo la alfombra o puede haber un esqueleto en el closet. Las ideas preconcebidas nos hacen creer, por ejemplo, que nuestra Fuerza Aérea es sofisticada y profesional, pero cuando una serie de negligencias cuestan la vida de 21 personas pareciera que no tanto. Un par de semanas después todo vuelve a la “normalidad” y ya no importa.