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Era un sábado de invierno. Mis amigos de Fox Sports me habían regalado entradas para un partido de Colo Colo. No me gusta Colo Colo, pero me encanta el fútbol, así que invité a dos colegas colocolinos del diario: Iván y Jorge.

Wp-Transantiago-600Mientras íbamos hacia el Monumental (llovía muchísimo; ¿jugaría Colo Colo?), nos pusimos a hablar sobre Transantiago. La conversación era pertinente porque Iván había sido el experto en Transporte del diario. Iván era la demostración palpable de que no existen malos temas, sino que malos periodistas. Podía escribir cualquier nota sobre transporte y se ganaba la primera página.
Yo empecé la siguiente frase:
“El problema de Transantiago es un desconocimiento profundo”…
“…de la naturaleza intrínseca del ser humano”, terminaron la frase interrumpiéndome imprudentemente Iván y Jorge.
¡Fue tan raro, que hasta hoy, varios años después, sigo reflexionando en cómo fue posible que ellos hubieran dicho a coro las palabras que yo estaba pensando!
Efectivamente, eso era lo que yo creía: Transantiago ha sido puros garrotes (multas) y ninguna zanahoria (incentivo).

Los choferes y los empresarios microbuseros nunca entendieron por qué debían hacer que el sistema funcionara bien. El de las micros amarillas podía tener muchos defectos, pero tenía una gran cantidad de incentivos. Los choferes volaban por las calles para atender a los pasajeros, se los peleaban, por muchas razones. La primera, si llevaban más pasajeros a la noche se iban para la casa con muchos más billetes. A todo esto, esos billetes (y las monedas) las veían y las sentían al tiro. Esto no es menor. El pasajero pagaba con monedas y el chofer las recogía en sus manos negras. El chofer no veía un pasajero, en realidad: veía $320 parados en el paradero. Y si había 10 pasajeros, eran $3.200…
De ahí, el chofer hacía de las suyas con los boletos de micro para estafar a su empleador: no daba boleto, le devolvían el boleto (en un signo de solidaridad de clase), hacía “la minifalda”, daba boletos falsos…
La imaginación del chileno (en su faceta como “pillo”) es inagotable.

Después estaba el simple espíritu deportivo. El afán de ganarle a “Pajarito” en llegar antes al paradero, recogiendo, a veces, pasajeros, y a veces dejándolos botados, pero volando por las calles…
Todo esto era muy divertido.
El sistema era despelotado, no cabe duda; paraban en cualquier parte y hacían lo que querían, pero funcionaba.
Por el contrario, cuando comenzó Transantiago, los choferes estaban desconcertados. No entendían por qué debían atender a los pasajeros, si les iban a pagar igual, y si les iban a pagar lo mismo. Desaparecieron los $320 parados en la esquina; desaparecieron los pasajeros.
El pasajero dejó de tener un significado para ellos: ya no era $320 en la mano.
Los mismos empresarios microbuseros (que, desgraciadamente, eran exactamente los mismos) no entendían muy bien cuál era la razón de que las máquinas anduvieran dando vueltas, desgastándose y gastando bencina si les iban a pagar igual.
Porque había muchos garrotes y pocas zanahorias.
Habría que fiscalizar, fiscalizar y fiscalizar, infinitamente.
Lo que es peor, y casi digno de figurar en el Salón de la Fama de la Estupidez, es que en algunos sectores dejaron un solo recorrido, que no competía con nadie…
Esto es inexplicable.
Estaba tan mal diseñado Transantiago, que la única explicación es que fue hecho por personas que no andaban en micro. El Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones debería tener un departamento constituido solamente por personas que andan en micro. De otra manera, es imposible entender la problemática.
Los problemas de las personas que andan en auto son muy distintas de las que andan en micro. El dueño de un vehículo vive pendiente del seguro del auto, del estacionamiento, de las bombas de bencina más baratas, de la revisión técnica, del control de los 30 mil kilómetros…
Por el contrario, las personas que andan en micro tienen otras preocupaciones. ¿Me conviene irme en metro o en la 216? El metro va atestado y es muy incómodo. Es mejor la 216… La 412 no pasa nunca. Es mejor que camine hasta Bilbao y tome la 501 o la 504, que pasan vacías. Me conviene salir 20 minutos antes de la casa.
Por último, se ha vivido poniéndole “parches” a un sistema que no funciona. Y nadie piensa en que lo que hay que hacer es crear un buen sistema, un sistema que funcione.
Encuentro maravilloso el plan “Tolerancia Cero”, que ha llevado a disminuir notablemente los accidentes de los que manejan con trago. Por fin se atrevieron a ponerle el cascabel al gato. Ahí fueron valientes, creo yo.
Por una vez, primó la sensatez.
Acá todavía falta eso.
Una vez yo entrevisté al experto en transporte Louis de Grange, y le planteé una idea que me encanta:
“¿No sería maravilloso tener una red de tranvías o troles que giraran continuamente en un sentido y el otro por la Circunvalación Américo Vespucio?”
De Grange opinó que era una gran idea.

Es necesario fortalecer en serio el transporte público, tal como se hizo con el plan “Tolerancia Cero”. Muchas calles (como Bandera, San Antonio, Mac-Iver, Miraflores, Merced, Monjitas) deberían ser solamente para las micros. Los troles deberían tener un papel importante en lugares muy contaminados como el centro de Santiago. Falta una postura seria.
Finalmente, el árbitro interrumpió el partido por las enormes pozas en la cancha. En el Monumental sólo había un par de locos: Iván, Jorge, Bielsa y yo.

>En Twitter: @ajeldrez

Somos esclavos del celular

Publicado el 27 Marzo 2012 Blog 7 comentarios

El otro día yo estaba en la oficina, y llegó un colega comentando: “Venía llegando y me doy cuenta de que se me quedó el celular. Entonces pensé: ‘¡Qué voy a hacer sin mi celular!’ Drama. Al rato, me quedé meditando y dije: ‘¡Qué rico! ¡Se me quedó el celular!’”.

Wp-celular-600Nadie que te controle. Nadie que sepa dónde estás en este minuto.
“¡Cómo! ¡Ya saliste de la oficina! ¿No deberías estar trabajando?”
“No, mi amor; si sólo salí a la esquina a comprar una bebida”…
O:
“Mi amor, ¡si estoy en la oficina!”…
“¿Y trabajan escuchando reggaeton?”

Es impresionante cómo te delata hoy el celular. Es impresionante cómo miente la gente hoy por culpa del celular. “Mire, ¿sabe? No puedo revisar su material ahora porque voy llegando a Talca”, dice un hombre en una micro en Plaza Italia. Todos hemos visto a personas inventando en los omnipresentes celulares. “Estoy a cinco minutos de la Estación Central”, jura un trabajador que va subiendo a la Estación Alcántara…
El celular se ha transformado en una maldición de la que no sabemos liberarnos.

Tal como Jorge Luis Borges anticipó la Internet en el Aleph, Julio Cortázar previó la pesadilla de los celulares en “Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj” (“Historias de Cronopios y de Famas”): “Cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire”… “Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj”… “No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”.

De la misma manera vivimos preocupados de cargar al señor celular, no se vaya a sentir y dejarnos abandonados en la mitad de la jornada. Escuchamos la súplica: “¡No me abandones ahora, iPhoncito, por favor! ¡Te necesito!”
Todos gozamos cuando la protagonista de “El diablo se viste a la moda” arroja su celular a una fuente, y sufrimos cuando la hija quinceañera de Schwarzenegger en “Mentiras verdaderas” interrumpe una cena familiar por una llamada y dice: “Esto es importante”.
Sabemos que no es importante; sabemos que no somos importantes, pero estamos clavados a un celular.
Están lejos los días en que tener un celular era privilegio de unos pocos, de las personas realmente “importantes”. Al comienzo esos favorecidos tenían “bipers” (¿alguien recuerda los “pagers”?). Pocos saben que en los primeros tiempos, cuando los celulares eran verdaderos ladrillos, en los eventos ponían un letrero que decía: “Deje aquí su celular”. (Ojo: esto significa que se podía vivir unas horas sin celular.)
En algunas empresas de Estados Unidos cobran una multa de 50 dólares (más de 20 mil pesos) a las personas que no dejan el celular en silencio en las reuniones. Les ha resultado. Han podido controlar la locura.

Otra escena famosa (no recuerdo dónde la vi) es de un grupo que tiene una cita importante y uno de los miembros está todo el rato hablando por celular. Entonces, viene otro de los socios y le dice: “¡Oh! Tienes el nuevo iPhone! ¡Déjame verlo!” Como el cuervo de la fábula de Esopo, el tecnologizado no puede resistir los halagos, y facilita su aparato. El socio le saca la batería al teléfono y afirma: “Al final, te la devuelvo. Ahora, sigamos con la reunión, por favor”.
Una vez más, tal como el colega usando audífonos o la polola twiteando momentos íntimos, esa persona no está viviendo el aquí y el ahora. Y eso es un problema.

En los cines hoy es terrible. El cine es un ritual, una oportunidad de compartir emociones todos al mismo tiempo. Pero la señora que está escribiendo mensajes de texto durante la película se va a perder ese momento.

Eso es lo que nos estamos perdiendo: los momentos.

En Twitter: @ajeldrez

Peor que colega con audífonos

Publicado el 20 Febrero 2012 Blog 13 comentarios

Solía trabajar en una oficina en la que mi colega usaba audífonos. El asunto era un desastre. ¡No había ninguna comunicación con él! No había manera de trabajar con él.

eP-aUDIFNOS-600Yo intentaba contarle cosas muy interesantes y la única respuesta que recibía era un: “¡Ahh?”. Pero ni siquiera era eso, sino que un “¡AAAAHHH!??”, porque como estaba con audífonos, respondía gritando.
Por supuesto, a la larga yo me aburrí, y me dejó de interesar comunicarme con él. He visto a personas muy perjudicadas por esa tendencia a escuchar música dura muy fuerte con audífonos cada vez mejores. La micro entera podría bailar con el ruido que sale de esos audífonos.
Uno de ellos toma una micro en Príncipe de Gales. Ya perdió el contacto con la realidad: anda todo el tiempo tocando un bajo imaginario. Hay otro por Plaza Ñuñoa que golpea una batería imaginaria. Ya ni siquiera necesita los audífonos. Otros andan bailando por las calles…
Recuerdo cuando empezó esta locura de la negación de la realidad que está allá afuera. Uso anteojos oscuros, gorro y audífonos porque no me interesa la realidad. Yo tengo mi mundo interno que es mucho más interesante que lo que pasa allá afuera (e, incluso, que lo que pudiera pasar allá afuera).

Puede haber sido en 1972 cuando la revista “Ritmo” publicó una foto de Carlos Santana, el eximio guitarrista, con audífonos conectado a una de las primeras casseteras, anteojos oscuros y gorro. Claramente, se negaba a la realidad. “Santana va con su música a todas partes”, decía.
También, la persona que se encierra detrás de unos audífonos se niega a compartir, y está siendo rudo con las personas que están en su entorno. “Esto que estoy escuchando es mucho más importante que cualquier cosa que me puedas decir o cualquier cosa que me intentes mostrar”.
Durante la última Copa América, Aldo Rómulo Schiappacasse comentó “Al Aire Libre en Cooperativa” la siguiente anécdota para explicar una pequeña razón de por qué ganó Uruguay y no Chile (que tenía mejor equipo). Dijo que, en la final, cuando iban en el bus hacia el estadio los uruguayos, se paró Lugano (el carismático capitán de la selección uruguaya) y los arengó. Les pidió que se sacaran los audífonos, que no podían ser que anduviera cada uno escuchando su propia música; que tenían que actuar como un equipo si querían ganar.

Ningún equipo puede funcionar como equipo si cada persona anda escuchando sólo su propia música. Schiappacasse deslizaba que al equipo chileno le faltó madurez, que actuaron como niños y que les faltó un papá. Y un Lugano.
En determinadas circunstancias, los audífonos pueden ser fatales. Las personas que esquían escuchando música a todo volumen (y perdiéndose el delicioso silencio que entregan las montañas) se arriesgan a que el loco del snowboard los arroje lejos. Había una empresa tecnológica que ofrecía unos maravillosos audífonos inalámbricos con Bluetooth. “Ideales para andar en bicicleta”, comentaba el ejecutivo húngaro. Bueno, eso es increíblemente peligroso.
No sé si existirán estadísticas de la cantidad de personas accidentadas por cruzar la calle con audífonos…
Tal como el caso de la polola que usa obsesivamente Twitter, la persona que usa audífonos, no está viviendo el presente; no está viviendo el ahora.

No está escuchando el maravilloso silencio de las montañas mientras esquía, no escucha el murmullo de los pensamientos propios, está ahogando los borbotones de la propia conciencia. Esos que dicen: “¿Está bien lo que hiciste?”.

Ponerse audífonos es como mantener una casa con las persianas siempre cerradas. Ya lo decía John Phillips, describiendo las comunidades hippies, en mi canción favorita de los Mamas and the Papas:

“Las jóvenes están viniendo al cañón,
y en las mañanas las puedo ver caminando.
Ya no puedo mantener mis cortinas abajo,
y no puedo impedir hablar con la gente”.

Es bueno abrir las persianas, subir las cortinas, ser amable y compartir.

Nunca entendí la fascinación por Twitter. Esa idea de que algo que se va a describir en 140 caracteres (menos de 30 palabras) va a ser importante para todo el mundo. Puede ser importante para alguien, para una persona cercana, para un amigo, para un “hermano” (literal o figurado), pero ¿para mucha más gente?, no creo.

Wp-BlogAlexis-600Recuerdo cuando empezó esta locura. Grupos de amigos reales compartían lo que estaban haciendo. Era entretenido para ellos porque eran amigos de verdad y les interesaba saber en qué estaban. Yo los conocía, pero no era amigo de ellos. No me habría metido a Twitter para saber si estaban cocinando pescado frito o saliendo para Miami.
Cuando, finalmente, y de mala gana, decidí meterme a Twitter, me contacté con algunos twitteros famosos porque los conocía. “Espero que lo que publico te sea útil”, me escribió uno de los líderes (JPG). No fue así.Muy pocas veces me ha servido algo. Me serviría si tuviera auto y no supiera si tomar la Ruta 68 o la Ruta 78 para llegar a Algarrobo. Pero no es el caso.

JPG me invitó a un “webinar”; no es un seminario en broma, sino que una entrevista a través de la web. Cuando estábamos juntos, esperando para salir al aire, JPG twitteaba maniáticamente en su iPhone… Podríamos haber conversado, comentar lo que estaba pasando en nuestras vidas, comentar del tiempo en que trabajamos juntos, pero no: él estaba ahí publicando que estaba conmigo… ¡No es cierto! ¡No estaba conmigo! ¡Estaba mirando su pantallita todo el tiempo!

El otro día Fernando Paulsen me comentaba que siempre ha querido tener más interactividad en “Tolerancia Cero”. Cuando se compró un iPad, lo llevó al programa y se puso a twittear en directo. Al poco rato, Paulsen se dio cuenta de que no estaba prestando atención a lo que pasaba en el set y apagó el aparato.
Es lo que pasa: no puedes estar prestando atención a lo que pasa en la vida real y a tu pantallita al mismo tiempo. Es notable la obsesión de las personas por lo que pasa en un celular. He visto algunas en el metro obsesionadas por lo que pasa allí. Puede pasar Pamela Díaz por el pasillo y no se van a dar cuenta porque están viendo un video de Pamela Díaz en HD…
Es tan importante que mires a los ojos a las personas con las que estás compartiendo y que no estés pendiente de un artefacto.Por eso me imaginé la pesadilla que sería tener una polola que twitteara todo el tiempo. Una persona que, en verdad, no está nunca contigo. Que está más interesada en “comunicar” lo que ocurre en su vida que en vivir su vida. Esto puede ser demencial. Las personas que tienen muchos intereses transmiten los partidos de fútbol europeo, las carreras de Fórmula Uno, el torneo nacional, los cambios de gabinete y la uña del dedo gordo que se les rompió.Se sienten con la necesidad de comunicarlo todo. Al final del día, como pidiendo disculpas, ineludiblemente dicen: “Queridos tuiteros, me voy a hacer tuto”. Como si las personas sólo vivieran para alimentarse de lo que ellas están informando.

No es difícil dar golpes periodísticos cuando uno está en Twitter o en Facebook. Yo a veces me dedico a eso escuchando por radio los partidos de la “U”: publico los goles y el final del partido antes que los medios y es divertido. Pero eso no puede ser mi vida. Es divertido no más.En cambio, a mí lo que me da es que hay veces en que no tengo ganas de compartir nada. Si me duele un diente, me duele un diente, y no tiene por qué saberlo Kim Kardashian ni María Gracia Subercaseaux.

Todos estos sistemas para compartir información, como Twitter, Facebook, YouTube, Google+ funcionan maravillosamente hasta que a uno le aparece un bichito que le susurra al oído: “¿Por qué? ¿Para qué?”. “Te duele el dedo gordo del pie, pero por qué le va a interesar al mundo; es tu problema”. “Amaneciste con esa angustia famosa, pero por qué lo va a saber todo el mundo; es tu problema”.
La verdad es que lo que ha pasado conmigo es que cada vez publico menos cosas en Twitter y en Facebook. Y, lo que es mejor todavía, las pocas cosas que publico tienen muy poca resonancia. Nadie les pone “Me gusta”; nadie las replica (RT); soy una persona incógnita. No existo. Y me gusta.

Un buen momento para ser azul

Publicado el 7 Diciembre 2011 Blog 4 comentarios

Yo era muy niño cuando le pregunté a mi papá: “¿Qué equipo de fútbol me debería gustar?”. Mi papá respondió “Los equipos de las universidades son lo mejor: la Universidad Católica y la Universidad de Chile”.

Wp-Universidadblog-600Casi tirándolo al cara y sello, terminé de niño siendo un fanático de la Universidad de Chile.Claro, en ese tiempo, fines de la década del 50 y comienzos de la del 60, era un muy buen momento para ser fanático de la “U”. Estaba el “Ballet Azul”. Los vi muchísimas veces. Veníamos de San Antonio con mi papá a ver los tradicionales clásicos universitarios, con los fabulosos espectáculos de Rodolfo Soto y Germán Becker.
Después, ya instalados en Santiago, me encontraba con los jugadores del Ballet Azul en el Físico de la Universidad de Chile (adonde nos llevaban del Instituto Nacional a hacer gimnasia), o en la piscina de Los Leones de la Universidad de Chile.
El Ballet era un equipo espectáculo; se lucía en los famosos “Hexagonales” de verano, donde una vez se dio el lujo de derrotar al Santos de Pelé por 4-3.

Eran tiempos muy civilizados para ir al estadio: nadie gritaba, nadie se paraba; todo el mundo iba con la familia. Si hacían un gol, la gente aplaudía flemáticamente.
Los tiempos habían cambiado cuando, hacia 1994, la “U” consiguió una nueva corona. Estaba surgiendo una cosa que llamaban la Internet. Yo la seguía desde la revista “Siglo XXI, Ciencia y Tecnología”, de El Mercurio, donde trabajaba. Y surgió “La Lista Azul”. Era atendido por la función Majordomo, un sistema que automatizaba la administración de listas de correo. Funcionaba por correo electrónico (e-mail) en un tiempo en que muchas otras cosas no estaban disponibles todavía.Uno mandaba un mail, y todos lo recibían.

Durante los años 1995, 1996 y 1997, vivimos pegados a “La Lista Azul”, transmitiendo los partidos de la “U” por chat, y entregando información por mail. Recuerdo a un Carlos Toledo, mayor que nosotros, que desde Suecia nos entregaba información de lo que había hecho la “U” en los años 50… Él era “El Abuelo Carlos”; yo era “El Tío Alexis”.
El administrador era Alberto González Rubio, del Departamento de Ciencias de la Computación de la Universidad de Chile (DCC), a quien llamábamos “Albertvs”.
Varios miembros de la “Lista Azul” estaban desparramados por Japón, Taiwán, Estados Unidos y Europa. Algunos podían dar una vuelta al mundo visitando amigos de la “U” en distintas partes. Lo hizo Müller, de Japón. Yo mismo me reuní con Ignacio Fernández en San Francisco y con el cineasta Luigi en Nueva York.
En la medida que hubo más información disponible, “La Lista Azul” perdió su sentido.Ya no había un afán en transmitir los partidos de la “U” por chat, si la información salía por todos lados.
Llegó un minuto en que ya no éramos necesarios, y “La Lista Azul” no fue primordial.
Seguimos yendo al estadio, y gozando cuando la “U” salvaba los partidos en los últimos 10 minutos.
Nos acostumbramos a ser un hincha sufrido de la “U”. No importa: la “U” siempre es grande, aunque pierda. Esta fue nuestra razón de ser.
Sufrimos, sufrimos siempre, pero seguimos siendo de la “U”.

Hace poco, un fanático de la “U” tiró en un mail desde Alemania: “¿Y qué pasa si la U pierde la final contra la UC?”.  No pasa nada, se contestó. Seguimos siendo de la “U” siempre. Eso es la “U”. La barra que sigue alentando cuando le hacen un gol, cuando van perdiendo.
Eso es la “U”.Una maldición que se te mete dentro.No importa si gana o si pierde.Siempre es la “U”, lo más grande, lo único que te hace saltar el corazón cuando sale a la cancha…Eso es la “U”.Por eso, a los sufridos fanáticos de la “U”, nos ha tomado por sorpresa esta “U” de Sampaoli que nunca pierde. Porque estamos acostumbrados a pasarlo mal…

Esta “U” que lleva 32 partidos sin perder nos parece extraña.La amamos, pero no lo podemos creer.Estamos preparados para seguirla queriendo igual cuando pierda, pero no pierde.Eso es la “U”, algo que se mete adentro, que no puedes evitar, que hace vibrar tu corazón cuando sale a la cancha.Algo indescriptible.La “U” no es una religión, no es una pasión; es un sentimiento; algo que te acompaña siempre. Y si gana (como con Sampaoli), mejor.

Radio, alguien todavía te ama

Publicado el 21 Noviembre 2011 Blog 11 comentarios

Sigo pensando en lo que escribí acá el otro día sobre lo importante que fue para nosotros la radio en los años 50 y 60. Tal como lo celebra Queen en la canción “Radio Ga Ga” (mi favorita de Queen, dicho sea de paso): “Me sentaba solo y observaba tu luz; mi única amiga en noches juveniles, y todo lo que tenía que saber lo escuchaba en mi radio”.

Wp-Radioblog-600Como puse en los comentarios al blog anterior (El Disc-Jockey ¿se convirtió en DJ? ¡Naaaa!), en esos tiempos la radio era una parte muy importante de nuestras vidas. Los sábados en la tarde eran ideales para escuchar en Radio Agricultura un radioteatro con adaptaciones de las películas que estaban dando en el cine. La Agricultura también tenía “La Tercera Oreja”, dirigida por Joaquín Amichatis, en horario “prime”: a las 10 de la noche. Los valientes podían cambiarse después al “Siniestro Dr. Mortis” en Radio del Pacífico.
Y uno podía perfectamente hacer las tareas escuchando la radio. Me acuerdo tan bien de los atardeceres en la calle Madreselvas en Macul: no me perdía la “Residencial La Pichanga” y, después, “La Bandita de Firulete”, con Jorge Romero “Firulete”, en Radio Portales. Yo debo haber tenido 13 años y hacía y hacía tareas en mi pieza del segundo piso mientras la Meche me llevaba postres de maizena o sémola como a las 8.
La protagonista era mi radio Vik RCA Victor. Definitivamente tuve dos: una verde clara y una como anaranjada (color salmón, como decían en mi pueblo). Fueron tremendamente simples y populares a fines de los años 60. Tenían un problema: el cable se calentaba mucho; una vez me derritió un long-play de los Mamas and the Papas. Otra vez, la propia radio se cayó sobre el cable y quedó toda achurrascada. Pero nunca dejaban de funcionar.
El programa de la Radio Portales era muy completo. Incluía un comentario político de Luis Hernández Parker. Una vez nos mantuvieron en vilo toda una semana porque, aparentemente, se habían peleado Hernández Parker y Firulete: al final, revelaron que era una broma.

Aún más antiguos para mí son los recuerdos de la transmisión de los partidos por la radio. Mis favoritos eran Darío Verdugo y Sergio Silva en la Radio Cooperativa. Usaban el siguiente esquema: cuando la pelota estaba en un lado, transmitía Darío Verdugo (acelerado, entusiasta), cuando pasaba la mitad de la cancha, tomaba el relevo Sergio Silva (pausado, atinado). Los partidos que transmitía Darío Verdugo eran mucho mejores que los que uno podía ver en el estadio.
Siempre los relatores deportivos han inventado un poquito; recién se vinieron a controlar un poco cuando los aficionados empezaron a llevar radios portátiles al estadio. Pero aún así, uno puede ver que cambian a los jugadores y no les importa nada. En la despedida de Bielsa, el emocionado Ernesto Díaz Correa cambió a varios jugadores.
Luis Hernández Parker era toda una figura, un ídolo, con sus atinados comentarios políticos. Sabía mejor que los parlamentarios lo que iban a votar en el Congreso…
Los noticiarios eran inolvidables. Todavía recuerdo la voz resonante de Adolfo Jankelevich anunciando: “Esso Standard Oil Company presenta a usted El Reporter Esso”…

Pepe Abad, Esteban Lob (que tiene un blog con recuerdos de la radio, http://estebanlob.blogspot.com/2007/10/correccin-sobre-hernndez-parker.html)… todos ellos pasaron después, con distinto éxito, a la TV.
Si uno no sabía la hora, sintonizaba la Radio Cronos, que daba la hora minuto a minuto. Quedaba al final del dial. Desde la Patagonia, El Divisadero la recuerda (http://www.eldivisadero.cl/noticias/?task=show&id=21454).
No era difícil asistir en persona a muchos de estos shows, que eran muy divertidos, con muchos humoristas. Recuerdo haber ido al auditorio de la Radio Corporación, al lado del Banco del Estado. En la parte musical, se presentaron Alan y sus Bates. Los libretos eran muy largos y los actores se mataban de la risa mientras los leían.

Otro imperdible era “La Hora del Hogar”, con Mariíta Bührle. O “Lo que cuenta el viento”, de Eduardo de Calixto.
He conservado desde mi infancia este amor por la radio. Todavía disfruto de las transmisiones deportivas de Ernesto Díaz Correa en “Al Aire Libre en Cooperativa”, y de programas musicales como “Días Felices”, en Radio Agricultura (los domingos a las 11 am), donde escuchamos la hermosa música de los 50 y los 60.

Radio: alguien todavía te ama.

El secreto de la felicidad

Publicado el 18 Octubre 2011 Blog 5 comentarios

El ministro de Desarrollo Social se mostró interesado en medir el grado de felicidad de los chilenos. “Cada vez más países están comenzando a medir el bienestar subjetivo, o sea la percepción, cómo se siente la persona”, explicó Joaquín Lavín, presentando la nueva encuesta Casen. “Es feliz o no es feliz con su vida, y qué hace la felicidad. La salud, el dinero o el amor”.

Wp-Felicidad.minEl tema se ha estudiado científicamente. El mes pasado se dio a conocer un estudio de la Universidad de la Frontera que revela que tener sentimientos positivos y estar a gusto con la alimentación son dos cosas indispensables cuando se quiere evaluar la satisfacción con la vida.

Así de importante es la comida. Tanto, como los sentimientos positivos. (O así lo percibe la gente.)
La investigación, que forma parte del proyecto Fondecyt “Relación entre bienestar subjetivo, alimentación y comportamiento de compra de alimentos” utilizó una muestra de 316 personas de Chillán, Concepción, Temuco y Puerto Montt.

Se ha definido el concepto de “satisfacción” como una evaluación positiva que una persona hace de su vida. El estudio determinó que la satisfacción con la alimentación aumenta la satisfacción con la vida. Lo que se explica por las circunstancias que rodean también al acto de alimentarse. Se come compartiendo con otras personas en un evento agradable. Hasta la maniobra de ir a comprar las cosas es agradable, cosa de observar en un supermercado el regocijo de las personas que preparan un asado.

Por ejemplo, los sábados como a la una de la tarde llega el equipo de futbolito a la sección “Carnes” y se regocija escogiendo: “¿Le pondremos unas chuletitas?”, dice uno. Otro aparece con un enorme saco: “Me han dicho que este carbón se prende solo”. “Ya traje las marraquetas para los choripanes”… No han comido nada, pero ya están disfrutando.

Wp-Felicidad-granDespués, todo el ritual de hacer el asado es algo maravilloso. Desde ensuciarse con el carbón a preparar los cucuruchos de papel. Todo se comparte, todo es divertido.
Siempre he pensado que la comida es un atajo (difícil de superar) al placer fácil e inmediato: basta morder una barra de chocolate y uno se siente recompensado, gratificado.

Es difícil combatir eso. Es difícil luchar contra la obesidad.“No hay soluciones, pero hay lomitos”, dicen algunos, arguyendo que, de todas las cosas de la vida, sólo disfrutan el comer.

Pocas cosas me dan placer, pero el manjar es una cosa segura.Obviamente, no es así. Muchas otras cosas dan placer y ayudan a la sensación de felicidad. Una de ellas es la tranquila conversación con los amigos. La conversación inteligente sin la talla fácil ni la broma destructiva.

También está la combinación de los placeres: uno arriba de otro, como en una torta de milhojas. De niño yo disfrutaba del desayuno en la cama, leyendo un libro de Emilio Salgari y escuchando hermosas melodías en la radio.

Una persona me contaba el otro día una velada que había tenido en su casa con un amigo. Mientras uno se puso a comer un resto de goulash que había quedado del almuerzo, el otro se tomaba un trago. Estuvieron así mucho rato conversando y al final dijeron: “¡Pucha que se necesita poco para ser feliz!”.

En circunstancias precarias, la satisfacción es más simple: Para Primo Levi, en un campo de concentración nazi, “tener un trapo seco sería una auténtica felicidad”. En la abundancia, es más complejo. Uno tiende a sospechar que la gente que tiene mucho dinero tiene muchas preocupaciones también (una de ellas, la preocupación de que te roben). Y, como dice el blues de Muddy Waters, no puedes perder lo que no tienes. Ahora, la buena onda (“los sentimientos positivos”) es esencial.

Hay otros factores también, como la salud, la familia, la relación de pareja, el trabajo…
El placer de comprar de manera compulsiva (¿zapatos?).

Y el sexo. El placer sexual. Un periodista investigó hace años los siete placeres principales que experimentaban las personas. Para algunos, el placer sexual era insuperable. Una editora declaró que un golpe periodístico le producía mayor satisfacción aún. Otros mencionaron leer un buen libro, tomar un buen trago, escuchar una buena obra musical o ver una buena película.

Creo que el propio Epicuro, citado por Nietzsche, decía: “¿Qué es la felicidad?: Una tarde sentado bajo un árbol, algunos higos, un par de amigos”.No más que eso. Pocas cosas.
Y permitirse ser feliz. Y darse cuenta de que uno es feliz porque está ahí, arropado, viendo una buena película con los hijos.

Durante las vacaciones hice lo que mi nieto, fanático de la película Cars, describe como “pasar a pits”: me controlé con la endocrinóloga,  el oculista y el dentista.
Todo salió maravillosamente bien. Los exámenes fueron muy positivos, el colesterol está controlado, la presbicia ha aumentado, pero nada que un nuevo par de lentes no pueda subsanar.dentista-gratis-ninos
De todos los controles, lo que más me asombró (o lo único) fue mi ida al dentista. Quedé tan sorprendido que aún ahora, que ha pasado bastante tiempo, me llama la atención.
Sucede que años atrás se me había desaparecido lo que llaman “una corona”. Un premolar, producto de un antiguo tratamiento de conducto, simplemente se había fugado.
Yo estaba consciente, pero me negaba a enfrentarlo porque básicamente no me afectaba, me lo miraba en el espejo y no se veía y el diente costaba tan caro como un televisor de 32 pulgadas con última tecnología.
Esta vez, curiosamente envalentonado, decidí reponer la pieza. El especialista, que se llama Mario Bravo igual a un gran amigo mío, me dijo: “Esto ahora se hace por computador en una sola sesión. Eso sí que tiene que pedir dos horas pegadas”. No le creí mucho porque en mi recuerdo, este tipo de reposiciones precisaban de más de cuatro dolorosas sesiones, pero tomé la hora doble.
Llegó el día y me senté en el sillón del sufrimiento. Por no dejar. Lo primero que me dijo el dentista fue: “Esto no duele nada. Hay que tener un poco de paciencia solamente”.
Seguía sin creerle, pero la sesión doble se desarrollaba sin sufrimiento: lo primero que hizo fue meterme un sensor dentro de la boca y sacarme unas fotos. Sonaba cuando sacaba cada una de las tomas como mi celular Sony Ericsson Spiro nuevo que me delata cada vez que tomo una foto (¿alguien sabe cómo silenciar ese “sonido de obturador”?): pip, pip, pip, pip…
Uno se puede poner inquieto por una cosa así, pero no sufre.
Al cabo, pasamos a mirar cómo trabajaba una pantallita procesando toda la información que las fotos habían enviado. Mostraba y mostraba modelos tridimensionales. Yo miraba con la boca abierta, literalmente.
Luego, el dentista me pidió que eligiera cuál trozo de cerámica se parecía más a mis dientes. Los miré al espejo y había uno igualito.
Después salimos los dos con el pequeño cubo de cerámica elegido a la sala donde estaba la impresora tridimensional. Yo fui de puro intruso. En realidad, me podría haber quedado en el cómodo sillón, pero estaba interesado en el curioso procedimiento.
El odontólogo introdujo el cubo de cerámica en la impresora y ésta, con la información de las fotos que me habían tomado, empezó a tallar el trozo con dos taladros, como si fuera un escultor en trance.
La pieza de cerámica tenía un clavito para afuera que no me gustaba nada, como si fuera uno de esos mondadientes que uno usa para sacar aceitunas.
La impresora trabajó y trabajó un buen rato hasta que salió con mi pieza lista. En todas las etapas del proceso, el dentista hacía correcciones que la pantalla ofrecía tal como cuando uno escanea un texto y el programa pregunta: “la palabra elegida ¿será ‘sopa’ o ‘soda’?”…
Con el mondadientes tallado como si fuera un diente mío volvimos al sillón confortable. A pesar de todo lo sorprendente,  yo seguía desconfiando: algo dolerá en algún momento.
No; la verdad es que nunca dolió nada. Lo incrustó ahí no más y quedó impecable.
Para ajustarnos a la realidad, y poner los pies en la tierra, debo reconocer que no todo es maravilloso en ese centro odontológico. La semana anterior otro especialista, muy joven, me había hecho una limpieza (no, si la pasada a pits fue con bronca). Y Alejandro era muy moderno: mientras me atendía, recibía los “tweets” en su smartphone y hasta se dio el lujo de atender una llamada para reservarle un pasaje de avión más barato a un amigo. Todo esto mientras yo lo miraba con la boca abierta.
¡Las cosas que hacen ahora!

El otro día leí en Artes y Letras el esforzado artículo en que David Ponce intentaba demostrar (sin éxito) que el famoso DJ actual es un descendiente, y el sucesor natural, del antiguo disc-jockey de la radio.
Esfuerzo loable, pero inútil.
El DJ actual tiene más relación con lo que Condorito llamó “Al Capone”: En una tira de Pepo de los años 60, Condorito le decía a un mafioso: “Yo soy Al Capone”. “¡Cómo que Al Capone!”, le preguntaban. “Sí, yo soy Al Capone los discos…”.
En los antiguos malones de los años 60 tuvo éxito el chiste, y no faltaba el jovencito que se sacrificaba y escogía los vinilos que se ponían en el tocadiscos. Los buenos “Al Capones” conseguían una buena fiesta: todo el mundo bailaba.

Varios chilenos ya han tenido la oportunidad de probar un iPad, la nueva tableta de Apple, que revoluciona el sistema. Entre ellos, un buen amigo mío –’E'– que fue un alto ejecutivo de Apple Chile hace algún tiempo.“Al margen de algunas limitaciones técnicas tontas que asumo las corregirán, lo encuentro un juguete maravilloso; la sensación de uso es increíble, pero… ¡no sé para qué sirve!”, me confesó hace unos días.

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El aparato es grande,  elegante y… demasiado fino para algunos. “La sensación que me dio es que es demasiado delicado para llevarlo a todos lados”, continúa ‘E’ y agrega: “si es por navegar fuera de la oficina, uso el teléfono”.
Muchas de las cosas que hace el iPad también las logra el iPhone (que además, sirve para hablar por teléfono) y el iPod touch.
Gabriel, un gran diseñador recién recibido de la UC, probó el iPad por un mes. Ahora lo está vendiendo a través de la web. Su conclusión es que se trata sólo de un costoso lector de mail y libros digitales, “lo cual no me mata porque aún le tengo mucho cariño al papel”, remata. Piensa que le sería mucho más útil un iPod touch, “ya que podría llevarlo en el bolsillo y hacer todas las cosas que hacía con el iPad”.
Me cuenta que en MercadoLibre ya lo están vendiendo como $450 mil. A él le costó US$670 (unos $350 mil).