Era un sábado de invierno. Mis amigos de Fox Sports me habían regalado entradas para un partido de Colo Colo. No me gusta Colo Colo, pero me encanta el fútbol, así que invité a dos colegas colocolinos del diario: Iván y Jorge.
Mientras íbamos hacia el Monumental (llovía muchísimo; ¿jugaría Colo Colo?), nos pusimos a hablar sobre Transantiago. La conversación era pertinente porque Iván había sido el experto en Transporte del diario. Iván era la demostración palpable de que no existen malos temas, sino que malos periodistas. Podía escribir cualquier nota sobre transporte y se ganaba la primera página.
Yo empecé la siguiente frase:
“El problema de Transantiago es un desconocimiento profundo”…
“…de la naturaleza intrínseca del ser humano”, terminaron la frase interrumpiéndome imprudentemente Iván y Jorge.
¡Fue tan raro, que hasta hoy, varios años después, sigo reflexionando en cómo fue posible que ellos hubieran dicho a coro las palabras que yo estaba pensando!
Efectivamente, eso era lo que yo creía: Transantiago ha sido puros garrotes (multas) y ninguna zanahoria (incentivo).
Los choferes y los empresarios microbuseros nunca entendieron por qué debían hacer que el sistema funcionara bien. El de las micros amarillas podía tener muchos defectos, pero tenía una gran cantidad de incentivos. Los choferes volaban por las calles para atender a los pasajeros, se los peleaban, por muchas razones. La primera, si llevaban más pasajeros a la noche se iban para la casa con muchos más billetes. A todo esto, esos billetes (y las monedas) las veían y las sentían al tiro. Esto no es menor. El pasajero pagaba con monedas y el chofer las recogía en sus manos negras. El chofer no veía un pasajero, en realidad: veía $320 parados en el paradero. Y si había 10 pasajeros, eran $3.200…
De ahí, el chofer hacía de las suyas con los boletos de micro para estafar a su empleador: no daba boleto, le devolvían el boleto (en un signo de solidaridad de clase), hacía “la minifalda”, daba boletos falsos…
La imaginación del chileno (en su faceta como “pillo”) es inagotable.
Después estaba el simple espíritu deportivo. El afán de ganarle a “Pajarito” en llegar antes al paradero, recogiendo, a veces, pasajeros, y a veces dejándolos botados, pero volando por las calles…
Todo esto era muy divertido.
El sistema era despelotado, no cabe duda; paraban en cualquier parte y hacían lo que querían, pero funcionaba.
Por el contrario, cuando comenzó Transantiago, los choferes estaban desconcertados. No entendían por qué debían atender a los pasajeros, si les iban a pagar igual, y si les iban a pagar lo mismo. Desaparecieron los $320 parados en la esquina; desaparecieron los pasajeros.
El pasajero dejó de tener un significado para ellos: ya no era $320 en la mano.
Los mismos empresarios microbuseros (que, desgraciadamente, eran exactamente los mismos) no entendían muy bien cuál era la razón de que las máquinas anduvieran dando vueltas, desgastándose y gastando bencina si les iban a pagar igual.
Porque había muchos garrotes y pocas zanahorias.
Habría que fiscalizar, fiscalizar y fiscalizar, infinitamente.
Lo que es peor, y casi digno de figurar en el Salón de la Fama de la Estupidez, es que en algunos sectores dejaron un solo recorrido, que no competía con nadie…
Esto es inexplicable.
Estaba tan mal diseñado Transantiago, que la única explicación es que fue hecho por personas que no andaban en micro. El Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones debería tener un departamento constituido solamente por personas que andan en micro. De otra manera, es imposible entender la problemática.
Los problemas de las personas que andan en auto son muy distintas de las que andan en micro. El dueño de un vehículo vive pendiente del seguro del auto, del estacionamiento, de las bombas de bencina más baratas, de la revisión técnica, del control de los 30 mil kilómetros…
Por el contrario, las personas que andan en micro tienen otras preocupaciones. ¿Me conviene irme en metro o en la 216? El metro va atestado y es muy incómodo. Es mejor la 216… La 412 no pasa nunca. Es mejor que camine hasta Bilbao y tome la 501 o la 504, que pasan vacías. Me conviene salir 20 minutos antes de la casa.
Por último, se ha vivido poniéndole “parches” a un sistema que no funciona. Y nadie piensa en que lo que hay que hacer es crear un buen sistema, un sistema que funcione.
Encuentro maravilloso el plan “Tolerancia Cero”, que ha llevado a disminuir notablemente los accidentes de los que manejan con trago. Por fin se atrevieron a ponerle el cascabel al gato. Ahí fueron valientes, creo yo.
Por una vez, primó la sensatez.
Acá todavía falta eso.
Una vez yo entrevisté al experto en transporte Louis de Grange, y le planteé una idea que me encanta:
“¿No sería maravilloso tener una red de tranvías o troles que giraran continuamente en un sentido y el otro por la Circunvalación Américo Vespucio?”
De Grange opinó que era una gran idea.
Es necesario fortalecer en serio el transporte público, tal como se hizo con el plan “Tolerancia Cero”. Muchas calles (como Bandera, San Antonio, Mac-Iver, Miraflores, Merced, Monjitas) deberían ser solamente para las micros. Los troles deberían tener un papel importante en lugares muy contaminados como el centro de Santiago. Falta una postura seria.
Finalmente, el árbitro interrumpió el partido por las enormes pozas en la cancha. En el Monumental sólo había un par de locos: Iván, Jorge, Bielsa y yo.
>En Twitter: @ajeldrez






El tema se ha estudiado científicamente. El mes pasado se dio a conocer un estudio de la Universidad de la Frontera que revela que tener sentimientos positivos y estar a gusto con la alimentación son dos cosas indispensables cuando se quiere evaluar la satisfacción con la vida.

