Solía trabajar en una oficina en la que mi colega usaba audífonos. El asunto era un desastre. ¡No había ninguna comunicación con él! No había manera de trabajar con él.
Yo intentaba contarle cosas muy interesantes y la única respuesta que recibía era un: “¡Ahh?”. Pero ni siquiera era eso, sino que un “¡AAAAHHH!??”, porque como estaba con audífonos, respondía gritando.
Por supuesto, a la larga yo me aburrí, y me dejó de interesar comunicarme con él. He visto a personas muy perjudicadas por esa tendencia a escuchar música dura muy fuerte con audífonos cada vez mejores. La micro entera podría bailar con el ruido que sale de esos audífonos.
Uno de ellos toma una micro en Príncipe de Gales. Ya perdió el contacto con la realidad: anda todo el tiempo tocando un bajo imaginario. Hay otro por Plaza Ñuñoa que golpea una batería imaginaria. Ya ni siquiera necesita los audífonos. Otros andan bailando por las calles…
Recuerdo cuando empezó esta locura de la negación de la realidad que está allá afuera. Uso anteojos oscuros, gorro y audífonos porque no me interesa la realidad. Yo tengo mi mundo interno que es mucho más interesante que lo que pasa allá afuera (e, incluso, que lo que pudiera pasar allá afuera).
Puede haber sido en 1972 cuando la revista “Ritmo” publicó una foto de Carlos Santana, el eximio guitarrista, con audífonos conectado a una de las primeras casseteras, anteojos oscuros y gorro. Claramente, se negaba a la realidad. “Santana va con su música a todas partes”, decía.
También, la persona que se encierra detrás de unos audífonos se niega a compartir, y está siendo rudo con las personas que están en su entorno. “Esto que estoy escuchando es mucho más importante que cualquier cosa que me puedas decir o cualquier cosa que me intentes mostrar”.
Durante la última Copa América, Aldo Rómulo Schiappacasse comentó “Al Aire Libre en Cooperativa” la siguiente anécdota para explicar una pequeña razón de por qué ganó Uruguay y no Chile (que tenía mejor equipo). Dijo que, en la final, cuando iban en el bus hacia el estadio los uruguayos, se paró Lugano (el carismático capitán de la selección uruguaya) y los arengó. Les pidió que se sacaran los audífonos, que no podían ser que anduviera cada uno escuchando su propia música; que tenían que actuar como un equipo si querían ganar.
Ningún equipo puede funcionar como equipo si cada persona anda escuchando sólo su propia música. Schiappacasse deslizaba que al equipo chileno le faltó madurez, que actuaron como niños y que les faltó un papá. Y un Lugano.
En determinadas circunstancias, los audífonos pueden ser fatales. Las personas que esquían escuchando música a todo volumen (y perdiéndose el delicioso silencio que entregan las montañas) se arriesgan a que el loco del snowboard los arroje lejos. Había una empresa tecnológica que ofrecía unos maravillosos audífonos inalámbricos con Bluetooth. “Ideales para andar en bicicleta”, comentaba el ejecutivo húngaro. Bueno, eso es increíblemente peligroso.
No sé si existirán estadísticas de la cantidad de personas accidentadas por cruzar la calle con audífonos…
Tal como el caso de la polola que usa obsesivamente Twitter, la persona que usa audífonos, no está viviendo el presente; no está viviendo el ahora.
No está escuchando el maravilloso silencio de las montañas mientras esquía, no escucha el murmullo de los pensamientos propios, está ahogando los borbotones de la propia conciencia. Esos que dicen: “¿Está bien lo que hiciste?”.
Ponerse audífonos es como mantener una casa con las persianas siempre cerradas. Ya lo decía John Phillips, describiendo las comunidades hippies, en mi canción favorita de los Mamas and the Papas:
“Las jóvenes están viniendo al cañón,
y en las mañanas las puedo ver caminando.
Ya no puedo mantener mis cortinas abajo,
y no puedo impedir hablar con la gente”.
Es bueno abrir las persianas, subir las cortinas, ser amable y compartir.
13 comentarios
Pero no hay nada más estimulante (y que puede llegar a ser más productivo también) que trabajar escuchando música. Si no hay audífonos, por lo menos debería haber un DJ en la empresa poniendo música para todos. Está claro que la música en ambientes es agradable y puede definir ciertas actitudes en las personas (como se usa en Malls y supermercados). Yo creo que es algo no explotado por las empresas.
De todas formas como tú dices, los audífonos en las calles es porque cada uno quiere vivir su vida y no pescar al resto, pero es parte de la sociedad individualista que estamos viviendo.
Lo curioso es que muchos de los que se ponen audífonos, escuchan su música tan fuerte que todos los que están a su alrededor pueden saber qué está oyendo. Yo le agregaría a tu titulo: Peor que colega con audífonos, en un ascensor.
El problema se produce si quieres trabajar en equipo. Si cada uno debe estar en lo suyo, no es vital. Antes se usaba harto música en las empresas; ahora, es poco frecuente. Lavín intentó poner música en el Centro de Santiago, pero no ponía Jimi Hendrix ni Led Zeppelin…
Todo depende del trabajo que realices, se imaginan una Educadora de Párvulos con audifonos, “pobres párvulos”.
No hay mejor comunicación y conversación que mirarse a los ojos, son los códigos de los seres humanos que estamos acá para comunicarnos, no somos robot, dejemos los audifonos cuando disfrutemos la soledad.
La clave está en compartir. Antes, la ceremonia de escuchar un programa de radio era maravillosa. De partida, el mueble que escondía al tocadiscos, la radio, los parlantes y los discos de vinilo era solemne, de madera, con patas como garras. Nuestro programa favorito de niños, con mis hermanos, era “El Tocadiscos”, de Julio Gutiérrez, en Radio Cooperativa. Interrumpías lo que estuvieras haciendo para estar ahí.
Comentario de Angelica Flores-Bateman a través de Facebook, periodista que vive half in England: “Buenísima tu columna, Alexis. Refleja exactamente lo que pienso y siento respecto del tema. Lamentablemente, parece que es un mal mundial. Aunque menos de como es en Chile, tb en Inglaterra lo ves cada dia: en el tube, el el bus y el train. Aislados, acompañados cada uno solo con ellos mismo, ajenos a la maravilla que -sólo por dar un ejemplo- significa escuchar hablar a tantas personas, de diferentes culturas y en idiomas que quizás jamás escuchaste antes y que apenas se pueden pronunciar, aunque no entiendas nada!, el hecho de oírlos… Y ni qué decir de los txts!: cuando no están con audifonos, es incluso más frecuente ver gente texteando y twitteando, con el riesgo que -al igual que con los audífonos- eso implica. A modo de anécdota, te cuento que incluso hace dos anos, un municipio de un sector de Londres decidió poner cobertores acolchados en los postes de las principales calles de esa area, para bajar la tasa de “choques” y lesiones que allí se estaban produciendo, producto del descuido de la gente cuando texteaba. Pues concentrados en textear, muchos terminaban estrellándose con algun poste :-P
Desde Nantes, Francia, Patricio Rojas San Martín, envió el siguiente comentario: “Hace muchos años, cuando aparecieron los ‘walkman’, por allá por 1980, una vez en París, entré a una tienda de bolsos, maletas y paraguas. Traspuse los tres o cuatro metros que me separaban del encargado del negocio, que estaba sentado detrás de la caja, cabeza gacha, consultando papeles o leyendo algún documento. Saludé al caballero, quien levantó la cabeza y me quedó mirando sorprendido, con un aire de indiferencia al límite del gesto de desagrado. Esperé que se retirara los auriculares. Mas no lo hizo de inmediato, siguió mirándome con estupor. ‘No le puedo hablar así’, dije, para darle a entender que efectivamente tenía la intención de comunicarme con él por intermedio de la voz. Sólo entonces, pero sin precipitación y sin disculparse por su tardía reacción, se ‘desaudifonó’.
En esa misma época, leí en un diario un artículo en que el periodista decía haber salido a la calle, subido al metro, entrado a un supermercado, tomado una cerveza en un bar …portando un ‘walkman’ para estudiar la actitud de la gente. En esos años se pensaba que era una moda, que luego pasaría. El periodista citado hacía alusión a una cierta complicidad entre ‘audifonados’, algunos de los cuales intercambiaban una sonrisa al cruzarse con congéneres igualmente accesorizado. Incluso esbozaba la posibilidad de que se desarrollara un germen de fraternidad, como la que a veces puede existir entre dos personas que practican una misma disciplina. Y también que sirviera como excusa para abordar a un desconocido (por ejemplo, tararear la música que el otro está escuchando, preguntarle la marca del artefacto, dónde lo compró…).
A mediados de los 90, en el autobús para ir al trabajo, solía encontrarme con un colega. Al verme, retiraba el audífono del lado en que me encontraba yo. Me escuchaba con una oreja mientras con la otra escuchaba un programa de la radio. La mayor parte del tiempo yo evitaba hablarle para no interrumpir su escucha.
En un viaje a Chile, un vecino pasó a saludarme a casa de mis padres. Hacía más de veinte años que no nos veíamos. Durante los quince minutos que estuvimos conversando mantuvo puesto el audífono de su teléfono.
Leer en el bus o en el metro no creo que le llame la atención a nadie. Después de haberlo hecho durante varios años, lo que hago es escribir, y esto desde enero de 1986. Hace algunos años atrás, con cierta frecuencia, me preguntaba si esta conducta no me hacía ‘darle la espalda a la realidad’. Hace dos años, alguien me preguntó si los domingos no salía a pasear. Le expliqué que generalmente las tardes de domingo las dedicaba a escribir, a pasar en limpio mis textos, a preparar mis intervenciones, ya que es el único momento de la semana en que dispongo de varias horas consecutivas para ello.
Así, buena parte de mi tiempo la paso ‘abierto a mí mismo’ y, por lo tanto, cerrado a los otros. Mas el resultado de mi trabajo lo comparto con el público. En toda creación artística ocurre lo mismo. Por eso me parece que lo malo no es el aislamiento en sí. Depende si éste es creativo, recreativo, generador de relaciones humanas.”
¡Qué buena columna! A mí me carga que usen audífonos porque, efectivamente, la retroalimentación entre miembros de un equipo se pierde.
A mí en particular me desconcentra la música, pero entiendo quienes la necesitan para trabajar, sobre todo en oficinas en las que se pasan de revoluciones y conversan tonteras todo el día.
Particularmente, en mi trabajo compartimos mucha información mientras trabajamos y uno va aprendiendo del aporte de los otros. Que usen audífonos, sobre todo quien me corrige los textos, es fatal para mí…
Me pasa lo mismo que a ti, Pastora: me desconcentra la música, ando como mareado, choco con todas las cosas. Pero cada cierto tiempo, a lo lejos, me pongo audífonos y escucho las mismas cosas que siempre he tenido ahí, y las disfruto mucho.
Exelente Alexis ! es tan desagradable ver cómo las personas se interesan cada vez menos de lo que le acontece al otro.Yo,en lo personal escucho muchísima música y en mis lugares de trabajo me encanta escucharla,pero los audífonos definitivamente te aislan,te bloquean y te marean.Creo que hay lugares para usarlos y momentos adecuados…yo aún no me pierdo eso de interesarme por los otros…
Claro, Edi; así es. Andar con audífonos y con anteojos muy oscuros es garantía de andar muy mareado. Hasta donde yo puedo recordar, al comienzo de los audífonos la idea era que te los pusieras en el living de tu casa (a solas) y disfrutaras de la música sin molestar a nadie. Era como algo fino; no rudo.
Muy buena columna Alexis!! la comunicación genera un buen trabajo en equipo y nos permite conocernos, respetarnos y ser empáticos. Está bien tener un mundo interno, “un espacio propio”, pero aislarse de la realidad, según yo, no es saludable.
Un abrazo!!
Gracias, Michelle. El otro día un amigo me comentaba por Twitter que la respuesta a esta nota era: “¡Un flaite sin audífonos!” Refiriéndose, claramente, a las personas que se suben a la micro escuchando música a todo full sin audífonos, sin respetar a los demás. Curiosamente, ese flaite sin audífonos podría trabajar en equipo mucho mejor que la persona que se aísla, porque, es cierto, tendría que negociar con el resto en un espacio compartido la música que todos quieren que se escuche. Pero él está atento a lo que está ocurriendo. ¡Saludos!