Soy de la época en que el fútbol era distinto, cuando se jugaban reuniones triples en el estadio Nacional con capacidad para 70 mil personas y no para poco más de 40 mil; cuando tenía tablones en vez de asientos plásticos y cuando los vendedores de café y maní, nos conocían por nuestros nombres.
Soy de la época en que éramos hinchas los que alentábamos al equipo de nuestros amores y no las barras bravas. En los tiempos en que iba al estadio, llegaba con mi papá, mis hermanos y hasta mi mamá nos acompañó alguna vez, sin sobresaltos, sin temores de ir con cartera, reloj y hasta alguna joya porque nadie iba a machetear ni a robar, sino a ver el partido.
Soy de la época en que llegábamos en auto casi hasta la puerta del estadio y se podían quedar las puertas abiertas porque cuando volvíamos, estaba la radio intacta y al cuidador le dábamos de propina “lo que era nuestra voluntad”.
Soy de la época en que los encargados de la seguridad durante los partidos eran los carabineros de la comisaría correspondiente porque no se necesitaba más ya que el público no era protagonista, tampoco delincuentes ni mafiosos, sino simples personas seguidoras de un equipo de fútbol.
Soy de la época en que no existían las sociedades anónimas, los dirigentes eran elegidos muchas veces entre cuatro paredes, se robaban la plata de los clubes y los jugadores firmaban la planilla para poder jugar, aunque llevaran meses impagos.
Soy de la época en que los jugadores de fútbol eran deportistas, no figuras de TV. Aparecían en los programas deportivos y no en los de farándula y si eran portada de un diario era por un golazo y no por un escándalo. Por último, se casaban con sus pololas de toda la vida y no con la modelo discotequera más tonguera.
Soy de la época en que no importaban las copas, los títulos ni los pergaminos. Uno amaba con pasión infinita a su club al margen de los puntos en la tabla.
Soy de la época en que los jugadores eran ídolos máximos, a los que se les respetaba y admiraba por sobre todas las cosas porque estaban identificados con los colores del club, tal como lo es hoy Diego Rivarola en la U. Quizás por eso no entiendo que el último gran referente azul esté a punto de dejar el equipo de sus amores, obligado y no por gusto propio.
Foto: Agencia Uno
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