La casa central de la Universidad de Chile, en plena Alameda, está tomada por los estudiantes. Su frontis, toda la cuadra entre Arturo Prat y San Diego, por los vendedores callejeros.
Aprovechando que el espacio se ha convertido en un enclave de la libre expresión y epicentro de frecuentes aglomeraciones -algunas más amigables que otras-, primero llegaron los vendedores de libros usados, luego los de hamburguesas de soya, jugos, helados, pan amasado y cuchuflíes. Después se instalaron artesanos de paño en el suelo con aros de plumas, anillos de alambre, pinzas y pipas, figuras de resina, pulseras de cuero o de hilo, fotos del Che, etc. Más tarde llegaron los contrabandistas de DVD’s y juegos de video, los que ofrecen gafas de sol a luca, calcetines, perfumes falsificados, etc. Toda la variada oferta del comercio informal ambulante trasplantado de Ahumada, Huérfanos y sus alrededores. Ahora no tienen necesidad de arrancar: encontraron un remanso de tranquilidad bajo el alero de la toma en la Chile y en el Instituto Nacional. Por lo visto en esa vereda donde otrora sólo había lustrabotas ya no se aventuran los carabineros, a menos claro, que surja una barricada. Pero en ese caso los mercaderes son los primeros en irse.
Paso cada 15 días por el lugar y he visto cómo esta feria libre ha ido tomando forma. Me hace recordar los campamentos de mercaderes que en la antigüedad seguían a todas partes a los ejércitos. Una verdadera ciudad móvil como la que fue tras Alejandro Magno, desde Macedonia hasta los confines de la India, siempre atenta a aprovechar el devenir de los acontecimientos para sacar algún beneficio. Para vender o reparar armas y proveer los suministros y servicios más diversos, los comerciantes siempre están atentos a manifestar lealtad a la causa, pero también están listos para salir corriendo a perderse si la integridad física peligra. O, digámoslo, para pasarse al bando contrario si de pronto es más conveniente. No todos, tal vez, pero yo por lo menos tendría que ver para creer.
Es que más allá de las idealizaciones, la gente es así. Alguien dijo que cuando le conviene, el pueblo se apresura a linchar en la plaza pública al mismo que poco antes llevaba en andas, y después de pisotear sus restos, le hace una estatua. Si no, que lo diga el Hijo de la viuda. Hoy, cuando esas violencias e hipocresías son mal vistas en occidente, la masa anónima muestra lo veleidosa que es en las encuestas: lo mismo puede apoyar a alguien con un porcentaje importante para instalarlo en “la casa donde tanto se sufre”, como transformarse luego en el indicador de la ignominia de ser el peor evaluado en la región.
Arturo Alessandri no confiaba en el apoyo popular, lo llamaba la “chusma inconsciente” y creía, como buen místico, que depende más de las leyes que rigen desde el inconciente las humanas pasiones, antes que de convicciones, ideales o sueños comunes.
Pienso en esto parado junto a la estatua de Andrés Bello, mientras escucho a un universitario que oficia de locutor de la radio que transmite por altavoces. Coincidentemente, comienza a hablar de este asunto. Dice que la gente los ha criticado por permitir que se forme esta feria. Asegura que les parece una forma de contribución a las reivindicaciones sociales y, también, de ayudar a la comunidad. En lo segundo puede estar acertado, pero dudo que en lo primero.
Ese día justamente se dio a conocer una nueva encuesta que señaló que el apoyo al movimiento estudiantil bajó del 80 % al 67 %. Al día siguiente, la marcha convocada no tuvo la misma asistencia multitudinaria que las anteriores y los opositores se apresuraron a usar la palabra “desgaste”. Después de seis meses, hablando con la muralla cualquiera pierde la fe y ciertamente marchar bajo 30 grados de calor no es un panorama muy apetecible, quisiera creer, pero también pienso en esto de que el apoyo popular aplaude las promesas gastándose de antemano lo que espera recibir, pero tiene poca, muy poca, tolerancia a la frustración.
Que me perdone Camila Vallejo, pero más sabe el diablo por viejo lector de la historia que por iluminado. La he escuchado justificar su militancia comunista diciendo que la propuesta de su partido es un ideal que subsiste pese a sus históricos fracasos. Yo pienso que la historia ha demostrado que todo eso no funciona una y otra vez porque los trabajadores del mundo están dispuesto a unirse si algo pueden ganar, pero no tienen mayor interés en perder sus cadenas si el sacrificio es mayor. Posiblemente sea esta la misma razón por que tanto joven comunista deviene en adulto burgués, bien acomodado, cuando el ideal es pospuesto por el pragmatismo. Un ejemplo son de hecho los líderes de su tienda, que desde la comodidad de la cafetería del Congreso aleonan a sus huestes en la calles.
El apoyo popular puede ser una linda entelequia, poética y política. Pero tal parece que aunque el sueño de un cambio sea luminoso, la lucha justa y la promesa atractiva, el status quo no resulta tan malo. Después de todo, si un mal dura cien años, es porque algún necio lo aguanta.
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