
Paradojalmente, la oscuridad que cayó sobre cinco regiones del país el sábado nos permitió ver muchas cosas. No precisamente descubrir algo nuevo, sino más bien volver a mirar lo que sabemos está ahí… al acecho, esperando a que el precario equilibrio que sustenta apenas nuestra sociedad se pierda, para desatar el caos.
Cuando el huracán Katrina asoló Nueva Orleans en 2005, mis editores en una revista de negocios y mundo me encargaron investigar cómo estaba preparado nuestro país para enfrentar alguna emergencia. Las conclusiones resultaron desalentadoras. El título del reportaje fue: “Dios nos pille confesados”. Propusimos que si bien nunca sabemos cuando ocurrirá una catástrofe, sí podemos estar seguros de que cuando suceda, poco podremos hacer, además de orar.
El terremoto del 27 de febrero de 2010 comprobó la nefasta tesis. Si éste sábado ya nos habíamos olvidado de que vivimos en un elefante que se balancea sobre la tela de una araña –por lo menos los privilegiados que no lo perdimos todo ni vivimos aún en mediaguas de emergencia– el apagón nos recordó que la electricidad, de la cual dependemos absolutamente, no está asegurada en el país. Peor que eso, en los próximos años necesitamos duplicar la capacidad de generación de energía instalada, no para lograr las metas de crecimiento proyectadas por nuestras siempre optimistas y autocomplacientes autoridades económicas, sino para simplemente seguir viviendo con normalidad. Lo que hemos escuchado, pero sin procesarlo debidamente es que no hay un plan para enfrentar dicha contingencia. Simplemente no hay solución a la altura de las circunstancias, porque llenar el país con centrales a carbón, que es la agenda en progreso, es tan inaceptable como destruir un paisaje natural casi virgen. Durante más de 30 años los políticos de turno han hablado de esta amenaza y el resultado ha sido nulo, sin una sola modificación al modelo que confía todo a la iniciativa privada y nos deja a merced de lo interesante que resulte el negocio, que hasta ahora, por lo demás, ha sido pésimo. No obstante, nos parece que todo funciona normalmente.
Pocas palabras son más traicioneras que: “Normal”. En este caso, nos hace creer que si no ocurre nada malo, está todo bien. Pero sabemos que aunque una habitación se vea limpia la basura puede estar bajo la alfombra o puede haber un esqueleto en el closet. Las ideas preconcebidas nos hacen creer, por ejemplo, que nuestra Fuerza Aérea es sofisticada y profesional, pero cuando una serie de negligencias cuestan la vida de 21 personas pareciera que no tanto. Un par de semanas después todo vuelve a la “normalidad” y ya no importa.
¿Quién puede aceptar que la falla de un software deje sin luz a 10 millones de personas? ¿Cómo es posible que producto del corte de energía, en una planta de petróleo surja una llamarada que alarme a los vecinos y los encargados digan que es algo normal en tales circunstancias, como ocurrió en las instalaciones de Enap en Hualpén? Se supone que el 27F dejó enseñanzas, pero la telefonía y la comunicación de emergencia colapsaron otra vez durante el apagón. ¿Sabe usted que el Congreso actualmente trabaja en un proyecto para modernizar las redes de función crítica? ¿Sabe cuántos técnicos y expertos participan en eso? Adivinó. Ninguno. Se imaginará cuál es el criterio para legislar en este tema. Obvio, si lo importante son los costos materiales, no la calidad de vida ni la seguridad de las personas.
La memoria es frágil y aunque al principio nos suene conocido y nos horroricemos, el que centenares de delincuentes formen una turba y saqueen un supermercado aprovechando la confusión de la oscuridad, ya es tan normal como que cada semana hordas de encapuchados destruyan el mobiliario urbano en las principales ciudades. También, por cierto, debe ser normal que los contados detenidos que la policía entrega a los tribunales queden libres.
Así como el terremoto, aunque fue largo, ya pasó, el apagón duró “solo” un par de horas, y también pasó sin mayores consecuencias. El saqueo solo fue en un local y la normalidad volvió rápido. Pero lo cierto es que bien pueden considerarse señales de que una amenaza está latente. No necesitamos un cometa apocalíptico o una profecía maya. El elefante tarde o temprano va a caerse de la tela de araña y entonces la normalidad podría ser el caos que, por ahora, ha sido esporádico y, según las explicaciones oficiales, muy bien justificado.
¿Entonces qué?, ¿respiremos aliviados y buscamos la tarjeta de crédito para ir al mall a pasar el susto? Tal vez no quede otra alternativa, pero aún así, no cuenten conmigo para eso.
1 comentario
Me encanta la gente que piensa y actúa con inteligencia, creo que tu eres uno de ellos, opino parecido a ti, en este país todo sucede muy rápido,y así de rápido se olvida. Me pregunto, ¿ es que nadie piensa, o no quieren pensar, o no los dejan ? ( interesante análisis )