Durante las vacaciones hice lo que mi nieto, fanático de la película Cars, describe como “pasar a pits”: me controlé con la endocrinóloga, el oculista y el dentista.
Todo salió maravillosamente bien. Los exámenes fueron muy positivos, el colesterol está controlado, la presbicia ha aumentado, pero nada que un nuevo par de lentes no pueda subsanar.
De todos los controles, lo que más me asombró (o lo único) fue mi ida al dentista. Quedé tan sorprendido que aún ahora, que ha pasado bastante tiempo, me llama la atención.
Sucede que años atrás se me había desaparecido lo que llaman “una corona”. Un premolar, producto de un antiguo tratamiento de conducto, simplemente se había fugado.
Yo estaba consciente, pero me negaba a enfrentarlo porque básicamente no me afectaba, me lo miraba en el espejo y no se veía y el diente costaba tan caro como un televisor de 32 pulgadas con última tecnología.
Esta vez, curiosamente envalentonado, decidí reponer la pieza. El especialista, que se llama Mario Bravo igual a un gran amigo mío, me dijo: “Esto ahora se hace por computador en una sola sesión. Eso sí que tiene que pedir dos horas pegadas”. No le creí mucho porque en mi recuerdo, este tipo de reposiciones precisaban de más de cuatro dolorosas sesiones, pero tomé la hora doble.
Llegó el día y me senté en el sillón del sufrimiento. Por no dejar. Lo primero que me dijo el dentista fue: “Esto no duele nada. Hay que tener un poco de paciencia solamente”.
Seguía sin creerle, pero la sesión doble se desarrollaba sin sufrimiento: lo primero que hizo fue meterme un sensor dentro de la boca y sacarme unas fotos. Sonaba cuando sacaba cada una de las tomas como mi celular Sony Ericsson Spiro nuevo que me delata cada vez que tomo una foto (¿alguien sabe cómo silenciar ese “sonido de obturador”?): pip, pip, pip, pip…
Uno se puede poner inquieto por una cosa así, pero no sufre.
Al cabo, pasamos a mirar cómo trabajaba una pantallita procesando toda la información que las fotos habían enviado. Mostraba y mostraba modelos tridimensionales. Yo miraba con la boca abierta, literalmente.
Luego, el dentista me pidió que eligiera cuál trozo de cerámica se parecía más a mis dientes. Los miré al espejo y había uno igualito.
Después salimos los dos con el pequeño cubo de cerámica elegido a la sala donde estaba la impresora tridimensional. Yo fui de puro intruso. En realidad, me podría haber quedado en el cómodo sillón, pero estaba interesado en el curioso procedimiento.
El odontólogo introdujo el cubo de cerámica en la impresora y ésta, con la información de las fotos que me habían tomado, empezó a tallar el trozo con dos taladros, como si fuera un escultor en trance.
La pieza de cerámica tenía un clavito para afuera que no me gustaba nada, como si fuera uno de esos mondadientes que uno usa para sacar aceitunas.
La impresora trabajó y trabajó un buen rato hasta que salió con mi pieza lista. En todas las etapas del proceso, el dentista hacía correcciones que la pantalla ofrecía tal como cuando uno escanea un texto y el programa pregunta: “la palabra elegida ¿será ‘sopa’ o ‘soda’?”…
Con el mondadientes tallado como si fuera un diente mío volvimos al sillón confortable. A pesar de todo lo sorprendente, yo seguía desconfiando: algo dolerá en algún momento.
No; la verdad es que nunca dolió nada. Lo incrustó ahí no más y quedó impecable.
Para ajustarnos a la realidad, y poner los pies en la tierra, debo reconocer que no todo es maravilloso en ese centro odontológico. La semana anterior otro especialista, muy joven, me había hecho una limpieza (no, si la pasada a pits fue con bronca). Y Alejandro era muy moderno: mientras me atendía, recibía los “tweets” en su smartphone y hasta se dio el lujo de atender una llamada para reservarle un pasaje de avión más barato a un amigo. Todo esto mientras yo lo miraba con la boca abierta.
¡Las cosas que hacen ahora!
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Las maravillas de ir al dentista
Publicado el 12 Mayo 2011 Blog, Tendencias 4 comentarios
4 comentarios
¡¡¡¡¡¡¡¡¡ FELICITACIONEEEEEEEEEEEEEESSSSSS ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ que tecnologia, menos mal que ayuda en lo practico y visual(imagen).
Esta bueno me gusto tu historia solo una duda por que a los hombres no les gusta ir al dentista o como se llame? Otra cosa por que la gente en su mayoria mal educada atiende el telefono mientras te atienden lo encuentro feo, no es mejor decir te devuelvo el llamado despues?
Alexis existe la posibilidad de que recomiendes al dentista…tengo que pasar a pits…jajaja! en serio y gracias…
Estimado, desde los 8 años voy al dentista, tengo 40 años, he pasado por distintos tratamientos, ahora tengo una dentista muy buena, pero en mi última visita me sentí un poco engañada, me “pegó” un implante argumentando que era muy largo el proceso con tornillo. Obviamente no alcanzó a durar 2 meses y se soltó, he ido ya 2 veces más y le dije derechamente que no era lo que habíamos conversado…en resumen dame el dato de tu doctor, y voy a ojos cerrado con la mano en el bolsillo, por que de que vale haber invertido tanto si queda mal lo que te hacen. Cariños