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El doble de…

Publicado el 11 Marzo 2011 Blog, Pauta Libre Sin comentarios

Yo soy, Mi nombre es, Factor X. Tres programas de dobles –dos y medio, si se quiere, porque Factor X no es exactamente de dobles– en simultáneo en nuestra TV. Todos, además, copias o franquicias de programas extranjeros. Dobles televisivos de programas ya probados en otras partes del mundo.

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Foto: www.elespectador.com

Más allá del morbo de ver fracasar a una tropa de desconocidos, elemento esencial que explica en gran medida el rating que logran estos programas, impresiona la cantidad de dobles que pululan por nuestro país, buscando la fama a la sombra del artista que imitan. No apelan a un talento propio; como dice el slogan de uno de estos programas, “el verdadero talento es imitar”. Parecerse a otro. Mimetizarse.

Y son formatos que funcionan en todo el mundo, parecen pensados por y para chilenos. Esa cosa tan nacional de imitar, de tratar de asemejarse a otros. Basta con darse una vuelta por cualquier pueblo: seguro se encuentra con un imitador de algún famoso. O recordar al doble de Bielsa, de seguro el más triste con la partida del rosarino: se le acabó el negocio. Si no tiene tiempo para viajar por los pueblos, ni se acuerda del doble de Bielsa, basta con que se dé una vuelta por www.doblesdechile.cl. Hay para todos los gustos.

Desde que tengo recuerdo he escuchado hablar de “el X chileno”. No importa si es el actor famoso de turno, el cantante adolescente, el futbolista talentoso cuya técnica se asemeja a la de un conocido crack internacional. Esa necesidad de que Alexis Sánchez sea “el Cristiano Ronaldo chileno”, por ejemplo. ¿Qué necesidad había de comparar a un jugador con otro? Que Cristiano Ronaldo es conocido internacionalmente, claro. Que querríamos que Sánchez lo fuera. El punto es que ya lo está logrando. Y no por parecerse al portugués, sino por méritos propios.
Tiene que ver, creo, con que siempre hemos estado en este rincón del mundo, cayéndonos del mapa, mirando hacia arriba. Creyéndonos –queriendo creernos– más desarrollados de lo que realmente somos, primermundistas olvidados por alguna mala jugada del destino. Jaguares, ingleses de Sudamérica, desclasados en un barrio que no nos gusta. Querríamos ser norteamericanos, europeos. Pero no lo somos. Y como no lo somos, tratamos de parecernos.

Imitamos. Llenamos barrios residenciales de casas Georgian. En los sectores de oficinas se multiplican los edificios con muros cortina. Como en el Primer Mundo. Con más espejos que pieza de motel, pero no importa. Porque así es en Manhattan. Y bautizamos, en un dechado de originalidad, nuestro Sanhattan. Con World Trade Center incluido. Y así, siempre imitando.
No tenemos identidad. Vivimos tratando de definirnos, pero no hacemos sino mimetizarnos. Al final no logramos ser como ninguno de los originales, y terminamos siendo una mala mezcla. Tomamos algo de aquí, otro poco de allá. Siempre “a nuestro modo”: sin lograr imitarlo del todo. Alcanzando, apenas, trazas de esos originales que miramos con envidia.
Es que por lo general nuestras imitaciones son, con suerte, de dudosa calidad. Casas que no se adaptan al entorno, edificios cuya única gracia es tener una fachada de espejos. Deportistas comparados desde sus inicios con grandes referentes mundiales, que probablemente nunca llegarán a igualar. Pero no importa. Sabemos, en el fondo, que nunca seremos primermundistas. Que nuestros edificios seguirán siendo un mal remedo de los que existen en las grandes capitales mundiales. Lo sabemos porque nos conocemos. Es lo que somos: imitadores. Copiones. Los jaguares de Sudamérica. O los pumas. Los gatos monteses. Los gatos… o algo así.

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