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Escribo, esta vez, desde la tranquilidad de mis vacaciones. En el sur de Chile –Región de Los Ríos, si queremos algo un poco más preciso–, con mi familia (o parte de ella), calma, naturaleza… y conectividad total.
Porque las vacaciones ya no son lo que solían ser. No en mi caso, al menos. El acceso a Internet, el teléfono que permite estar conectado a Twitter y al mail las 24 horas. Todo atenta contra esa desconexión ¿necesaria? para descansar.
Es que ya no me parece vital olvidarse del mundo, que sigue corriendo mientras uno desaparece, para descansar. Más todavía: la desconexión absoluta me produce –y hablo, como siempre, a título personal– cierta dosis de estrés que me impide descansar. Esa necesidad de saber lo que está pasando al final termina esclavizando. Incluso en vacaciones.
Y aquí estoy, a casi mil kilómetros de Santiago, con una vista que durante el año no podría imaginar, pero sin mirar por la ventana. Escribiendo frente a un computador, el mismo que miro todos los días, todo el año. Me traje la rutina –parte de ella, al menos– a mis vacaciones. Peor que eso: parte importante de mi cabeza sigue funcionando en esa rutina. Cada vez me cuesta más desconectarme. Y tengo claro que cuando recién comience a lograrlo, las vacaciones ya habrán terminando.

¿Está mal todo esto? No me parece. Simplemente es lo que hay, lo que puedo tener a estas alturas. Cosas de las que no me puedo desconectar, otras de las que puedo, pero no quiero, pasar. Son unas vacaciones muy diferentes a las que solía tener, sin duda. Pero al fin y al cabo, mi vida completa también lo es. En lo laboral, en lo familiar. Y si todo ha cambiado, ¿por qué habrían de seguir inmutables las vacaciones?
Trataré, en los días que me quedan antes de volver a la dura realidad, de descansar. De aprovechar el lugar, el tiempo libre. Intentaré hacer esas cosas que me gustan y que en Santiago difícilmente puedo hacer: un poco más de deporte, salir a pescar, sacar algunas fotos por el sólo gusto de sacarlas.
De nada vale quejarse. En esta época hiperconectada, más vale asumirse como un adicto a la información, a la actualidad, a las redes sociales. A lo que se quiera. El único lujo de desconexión –si cabe llamarlo así– ha sido ver menos televisión. De hecho, prácticamente no he visto, aunque dispongo de ella y hay programas que se están estrenando, gente comentándolos vía Twitter. Serán el tema mañana, seguro. Quedaré un poco fuera, sin duda. Parcialmente desconectado. Tal vez si no entiendo de lo que hablan lograré, aunque sea por un rato, sentirme verdaderamente de vacaciones.
Ahora, a enviar este texto por mail. A revisar qué está pasando en Twitter. A dejar cargando mi teléfono, no vaya a quedarme mañana sin batería. Y a dormir. Ahhh, benditas vacaciones.

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