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Impunidad

Publicado el 10 Diciembre 2010 Blog, Pauta Libre Sin comentarios

El acento era inconfundible. Pertenecía, sin duda, a ciudadanos de algún país de la Unasur que no era Chile. Eran las nueve y media de la mañana de un apacible sábado cuando ingresaron a una casa de Lo Barnechea para reducir primero a una peruana contratada ahí desde hace unos meses y, luego, a una de mis amigas más cercanas. Ella se defendió hasta con puños, pero fue empujada debajo de una cama. La hija alcanzó a encerrarse en la mansarda y a hacer los llamados pertinentes, pero los efectivos de seguridad tardaron 25 minutos… y sólo entonces los extranjeros arrancaron.
La historia sigue como tantas y por ultra repetida ya deja hasta de ser noticia. Un chichón, un ojo en tinta, joyas que ya no están –hasta una argolla de matrimonio-, un computador encontrado en el jardín… Siguen revisando y continúan las sorpresas.
No son mis primeros amigos que asaltan. Ya van varias violaciones a domicilios. Demasiadas. Lo Barnechea, Las Condes, Vitacura… A unos les robaron solamente un Cristo antiguo en el campo. Eso fue más sofisticado. Y suma y sigue.delincuencia2-723590
Las autoridades y organizaciones que buscan prevenir los delitos pareciera que están abocadas por ahora a entregar cifras y balances (hasta con fotografías se retratan en las páginas sociales, sonriéndole a la cámara), pero en la vida diaria del chileno se tiene la sensación de que estas fechorías no disminuyen. Es que cuando detienen a sus autores (si es que no les dan ventaja), tras leerle sus “derechos”, los presentarán ante un señor juez que casi les pedirá perdón… ¡y nuevamente libres se ha dicho!
Y últimamente cómo han proliferado los robos entre nuestros connacionales, y hasta entre los de cuello y corbata!
En un viaje relámpago a Temuco me llevaron a almorzar al Al Capone, restorán que en su novedosa decoración exhibe retratos de lo más selecto del ambiente gangsteril. Por algo toma su nombre de Alphonse Gabriel Capone o Al Cara Cortada Capone, apodo ganado por la cicatriz que el mafioso llevaba en su rostro. La imaginación voló rápido y pensé que si Al Capone en vez de gangster hubiera sido gánster (así, en castellano, según la Real Academia), y más encima chileno, se hubiera sumado a los que pasan colados en el Transantiago y a muchos más. Total gánster significa “miembro de una banda organizada de malhechores que actúa en las grandes ciudades”.
Por supuesto, estos gánsters chilensis que no se creen tales, sin duda son muchísimo más rascas que los gangsters (de gang, pandilla, que hasta han inspirado taquilleros filmes como “El Padrino” y “Rififí”). Pero no por eso dejan de protagonizar imperdonables fechorías. Poco a poco se van acostumbrando a ellas.

Sin ir más lejos están los saqueadores que afloraron tras el terremoto y acarreaban sin escrúpulos los más modernos plasmas. Pero a ellos hay que sumarles los constructores que se quedaron con la “mordida” y ahorraron en materiales, los médicos que otorgan licencias fraudulentas, los establecimientos que cobran por clases que nunca hicieron. Si hasta se ha acuñado el término “fraude con colleras”.
Si bien los crímenes existen desde que el mundo es mundo, algo ha venido socavando en los últimos años, quizás hasta deliberadamente, la conducta, la cultura e, incluso, el alma del chileno. No somos los mismos, aunque criminales los haya habido siempre. ¡Qué se puede esperar entonces de los ciudadanos de la Unasur que vienen a avecindarse en Chile!

Quizás la gota que colmó el vaso, como les gusta decir a los que para todo recurren a refranes, fue cuando nos impusimos de que se habían robado tres perforadoras de la mina donde estaban los 33 mineros atrapados.
No puedo dejar de recordar que hace ya varios años recorrí el Madame Tussauds de Londres y en el subterráneo del museo entré a una cámara de horrores. En cera y en una semioscuridad iban apareciendo los autores de las peores fechorías del Reino Unido. Nunca he  olvidado a una apacible mujer que llevaba un cochecito de guagua… donde trasladaba los restos de sus víctimas. Con harta ingenuidad se me pasó entonces por la mente pensar en lo sofisticados que eran los británicos hasta para delinquir, lo que no ocurría a esa escala en el maravilloso país de donde yo procedía.
Ahora ya creo que podríamos montar nuestra propia cámara de horrores en un museo de cera chilensis. De robos perpetrados por profesionales y también por rascas, que más que pérdidas materiales producen estragos psicológicos que pareciera que a nadie le importaran y que podrán sumarse a los legados que este Bicentenario le deja a la Patria.

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