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Pesadilla en mi calle

Publicado el 29 Octubre 2009 Blog, Pauta Libre 1 comentario

366009Viernes 23 de octubre. 02:07 am.
Me desperté de un sobresalto. Un fuerte ruido en la calle, frenazos y gritos me hicieron temer algo grave. Vivo en una tranquila  calle de Las Condes, y el alboroto activó mi alerta.

Pensé que eran alucinaciones, tal vez un mal sueño…:  ¡70 jóvenes!, de no más de 15 años, se habían tomado la calle como si la pista fuera un sector de baile y mi tranquilo vecindario se había convertido en discoteque. Con la puerta de sus autos abiertas (apuesto que ninguno tenía licencia), la música a todo volumen, tomaban en las cunetas, recostados muy cómodos sobre los otros autos estacionados, sin que les importara nada, ni la tranquilidad de los vecinos o la limpieza.
¡Mi calle se había convertido en un centro de eventos! En el objeto de una indeseada y peligrosa plaga, envalentonada por el trago y desafiante dada su evidente supremacía numérica.

Aturdida aún por el sueño, me acordé que hace unos meses anoté el número celular de una patrulla de carabineros, que el mismo alcalde difundió como parte del plan cuadrante.

—Aló, sí, afirmativo, vamos para allá —, fue la automática respuesta del oficial de turno, cuando el reloj marcaba las 02:11 am.
Entretanto, una patrulla seguridad ciudadana, esos vehículos rojos y con sirena, era la causa de risa de la tropa invasora. Una auténtica provocación: los jóvenes comenzaron a acercarse al auto. El chofer ni se atrevió a poner un pie fuera del vehículo. Sólo atinó a enfocarlos con las luces altas, poner en marcha las sirenas, lo que  sirvió para teñir de azul la escena y ponerle más onda a la improvisada discoteca. Porque de respeto, cero…

A las 02:27 volví a llamar al celular de Carabineros:
—Oiga,  ¿y qué pasa que aún no llegan?
La respuesta acrecentó aún más mi sensación de desamparo:
—Afirmativo, es que me encuentro acá en una emergencia en Estoril, nos vamos  demorar un poco…—. Vale decir que vivo cerca del Apumanque.

Irritada, molesta, ¡cansada!, busqué el número de la comisaría más cercana… Lo que vino fue lo más insólito: tututú, ¡número ocupado! ¿Y si había un asaltante, si se trataba de un asunto grave? Al quinto intento nadie contestó. ¿Y qué puedo esperar más adelante? Al sexto, un funcionario prometió mandar una patrulla en el acto. Yo creo que nadie en una situación de riesgo es capaz de tener la sangre fría y el tiempo necesario para buscar el número bendito e insistir hasta recibir respuesta.

Eran las 02:50, la calle comenzaba a vaciarse. El paso de la bandada se había dejado huella (vasos plásticos, botellas, colillas sobre cunetas y autos) y entonces Carabineros hizo su entrada triunfal… Una patrulla y un furgón a toda marcha, para sólo una veintena de jóvenes (sí los en peor estado), cuando en el barrio los vecinos nos quedábamos con los nervios de punta. De más está decir que fuera de los chequeos de rigor y las alcoholemias, no se llevaron a nadie. Y yo me quedé con la sensación de que a esta ciudad  le pasa algo. Que las cosas no funcionan y, si con eso me encontré yo, ¿qué queda para otros?

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1 comentario

  1. Pobre. Tengo muy presente lo que es soportar una de esas francachelas a que son – y fuimos – tan aficionados los petisos. Es ahí cuando me acuerdo de la frase aquella de Sartre: “l’enfer c’est l’otres” (el infierno son los demás).

    Ahora, en cuanto a Carabineros, no pretendo justificar su aparente indolencia en tu caso, pero tampoco me atrevería a culparlos. No solo deben verse sobrepasados por la cantidad de reclamos de una comuna entera, sino además y sobre todo, enfrentan lo mismo que denuncian profesores hoy en día: no puedes siquiera sancionar al alumno, que de inmediato se te viene encima una turba de apoderados, convencidos de que su hijito es siempre víctima. Y en este sector (también vivo en Las Condes) existe un agravante: por razones socio-económicas y culturales, los petisos se sienten superiores a la autoridad, que poco y nada puede hacer para intentar disciplinarlos, cuando los propios padres enseñan día a día a sus críos a infringir sutilmente la ley (evadiendo infracciones de tránsito, estacionándose donde les place, etc.) o enseñándoles aquella lección distorsionada, repudiable y estúpida según la cual “hacerse respetar” es un fin supremo, que justifica la prepotencia como medio.

    Créeme, si hubiese mejor educación desde los hogares, los teléfonos de Carabineros pasarían mucho más desocupados.

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