Reniego de las abundantes tarjetas con mensajes melosos dejados en buzones y casillas por estos días. No importa el tamaño del aguinaldo que uno reciba, siempre se saldrá para atrás repartiendo algún billete o armando cajas con comestibles a una extensa lista que, de pronto, “desean a usted y familia unas felices fiestas patrias”.
Detestables también son los fonderos con su quejas eternas que, sin embargo, los tienen año tras año levantando un próspero negocio que les deja millones en los bolsillos. Hasta pareciera que rogaran que cayeran una gotas para que, de inmediato, salten con su ruego de extender la fiesta unos días más para “recuperar” la inversión.
Y la TV vive una de sus peores épocas con sus apocalípticas advertencias de cuánto es lo que se puede subir de peso en estas fechas, si se come esto o lo otro, o bien intentando dilucidar esa duda científica de si es mejor poner la sal antes o después de tirar la carne a la parrilla. Todo, matizado, por supuesto, por animadores que repentinamente cambian sus estilosas vestimentas para aparecer con sus “tenidas-disfraz”, como si quisieran convencernos de que son un vecino más de Villa Alegre o Empedrado.
Pero lo peor está en la cueca que lo inunda todo. Sí, esa misma que permanece arrinconada once meses del año, y que de repente desempolvan y le ponen play a todo volumen para que haga mejor juego con promotoras de supermercados disfrazas de “chinas”, que no convencen con sus rostros urbanos y más bien regetoneros.
Cómo se extraña la honestidad de una buena cumbia, ojalá entonada por Tommy Rey en algún festival de pueblo. O también alguna de sus seguidores más jóvenes, como la “neocumbia” de Juana Fe o Chico Trujillo.
Cumbia… ¡Ese sí que es un baile infalible! Uno que todos están benditamente condenados a bailarlo bien, sea sobrio o con varias copas en el cuerpo. No como la cueca, con su aire de especialización y con la cual hay que elevar alguna servilleta usada encontrada por ahí porque ya nadie lleva pañuelos en los bolsillos.
No recuerdo una buena fiesta donde haya estado presente la cueca. Pero sí rememoro juergas inolvidables donde las tonadas cumbiancheras permiten algo no menor: democratizar la pista de baile. Con la cumbia somos un poco más iguales. Gracias a ella no hay expertos ni aprendices. En un “trencito”, las palmas del pobre se ponen en la cintura del rico como si fueran compinches de años.
Por suerte, frente a los huasos de etiqueta ahora aparece una nueva camada de gente joven que se encarga de rescatar la tradición de la “cueca chora” —esa misma que pareciera tener como “niño símbolo” a Lagos Weber—, que se menea según el gusto de cada cual y que tiene como precursores —siempre relegados en una segunda fila de la fama— a personajes entrañables como Pepe Fuentes, María Esther Zamora, Lalo Parra o Baucha.
Emparentadas, cumbia y “cueca chora” son iguales: democráticas, sin disfraces y bailables el año entero.




4 comentarios
Es cueca brava, no chora, esa es otra… y por lo demás tu baliarás cueca solo en septiembre… no generalices, no exageres y lo mejor no nos metas a todos en el mismo saco…
A pesar del comentario de Marta, que al parecer no entiende sobre las generalizaciones y si, que articulo representa a la pura verdad general del país, yo felicito al periodista..
Para los entendidos habrá diferencias entre las cuecas bravas y las cuecas choras, lo importante es que se baile, así como los argentinos bailan el tango. El sábado estuve en el parque Inés de Suárez y me encantó ver a la gente bailando cueca… allí la cumbia no existía.
Oye, Renato, ¿el periodista es tu hermano?
A mí me gustó mucho su otro blog donde vota por los cuatro. Tiene humor el chiquillo.
saludos
Felo