Es muy creyente. Sólo así se explica cómo una de las maquilladoras más importantes y con más trabajo de nuestro país dice que todo lo bueno se lo debe a “un angelito” y no a su esfuerzo y perseverancia. Taly Waisberg había hecho decenas de campañas y portadas de las revistas más importantes de Chile cuando sintió que su destino estaba en Nueva York. No lo pensó dos veces, consiguió una visa de artista y partió con dos maletas: una con su ropa y otra con sus maquillajes. De eso todavía no ha pasado un año y medio y ya ha trabajado para Oscar de la Renta, Marchesa y Chanel.

Los primeros contactos los hizo en el centro de Kabbalah, donde llegó a estudiar y a transitar un camino espiritual que había comenzado en Santiago. Luego se dedicó a mandar mails a las agencias que representan a los makeup artist más importantes. “Yo estaba segura de lo que quería y estaba dispuesta a sacrificarme para conseguir ese sueño. Me sentaba todas las mañanas con el computador… Hasta que un día me contestaron de Art and commerce que es una de las agencias más importantes y después de Susan Price, que es una muy pequeña pero tienen la representación de Maybelline Japón, y enseguida me convocaron para el fashion week de febrero 2013”.

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Taly conversa por Skype desde su departamento neoyorquino mientras termina de acomodar las compras del supermercado. Todavía le cuesta asimilar todo lo que consiguió en tan poco tiempo. No habla de casualidades, sino de una búsqueda interior consciente. Así justifica que, de la nada, le llegara un mail convocándola para asistir a Gucci Westman, la directora creativa de Revlon. Con ella trabajó para Oscar de la Renta el famoso desfile que trajo a Galliano de vuelta a las pasarelas y también para Marchesa. “Mi primer trabajo fue con él ahí, de repente me di vuelta y estaba Anna Wintour… casi me morí”, cuenta entre risas como un adolescente que recuerda en voz alta sus primeras travesuras.

Taly es metódica y obsesivamente prolija. Esos mismos detalles que la convirtieron en una de las favoritas de productoras y editoras chilenas se transformaron en su sello, y en su plus. Su primer trabajo editorial llegó de la mano de Peter Philip, el creador de los célebres looks de maquillaje Chanel. El medio: Harper´s Bazaar. ¿El fotógrafo? Karl Lagerfeld. “Estaba en el centro de Kabbalah cuando me llegó la convocatoria y por primera vez me puse nerviosa. Yo me siento muy bendecida, he conocido gente que lleva 14 años y recién ahora está empezando a hacer fashion week”, cuenta. Aquella vez su trabajo consistió en ser asistente de la asistente. “Yo era la que sostenía la caja y le ponía demaquillante a los cotonitos”, dice sin pudor.

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En los próximos encuentros ya la dejaron preparar la piel de las modelos, luego maquillarlas y finalmente Peter Philip confió en ella para que les tiñera las cejas. Fue el mismo Philip quien la convocó para trabajar con él en Vogue y, finalmente, quien la llevó a Dallas, donde Lagerfeld presentó su última colección para Chanel.  “El día del desfile le regalé un libro de protección de Kabbalah. Creo que él vio algo en mí. Le puse mucho empeño, pasión, lo di todo. Yo podría buscar una agencia que me represente y empezar mi propio camino, pero prefiero seguir asistiendo a los mejores, y pienso que él lo sabe”, asegura mientras prepara su agenda para la próxima semana de la moda de Nueva York. Su sueño, ahora, es trabajar con Pat MaGrath, algo así como ‘Dios’ en el mundo de la belleza. Está convencida de que podrá lograrlo. ¿Quién se atrevería a contradecirla?