A principios del verano en el hemisferio norte, una noticia comenzó a expandirse: las francesas estarían dejando atrás el topless. La revista Elle fue la encargada de advertir a sus lectores con un gran título en la portada que decía “La fin du topless à la plage?” (¿El fin del topless en la playa?). Para el semanal la respuesta era un sí, que tendría varias razones para dejar atrás uno de los emblemas de los soleados balnearios de la Costa Azul.




Todo habría comenzado con una encuesta hecha por el diario Le parisien y BVA un año antes llamada Los franceses y los senos desnudos en la playa, que entregaba porcentajes que dejaban atónitos a aquellos que pensaban que el país galo era aún el reino de los pechos al viento.




En 2013, 93% de francesas afirmaban usar una parte de arriba y 35% juzgaban “impensable” mostrar el pecho en público. Las más púdicas eran las chicas de entre 18 y 24 años. En cuanto a aquellas de menos de 35 años, apenas un 2% se atrevía a practicar el topless, contra 9% de las 35-59 años.
A pesar de que las mujeres están dejando atrás esta costumbre, los senos desnudos no traumatizan a los veraneantes. Según la encuesta, sólo 13% de los franceses se dicen shockeados de ver mujeres con el pecho descubierto en la playa.




Aparecido en los años sesenta, el monokini parece aún ser parte de sus espíritus: 87% de los sondeados concuerda con la idea de que el topless “es la libertad de cada mujer”. Dicho de otra forma, cada una decide si se quita la parte de arriba, o no.
A pesar de este resultado que parece un discurso de tolerancia, la emblemática práctica parece en vías de extinción. Porque aunque es poco cuestionada, no son muchas las que aún lo hacen.




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En los años sesenta emergió el topless en las playas, para conocer su hora de gloria una década después. Una de sus practicantes era Brigitte Bardot, quien fue de las primeras en sacarse la parte de arriba en Saint-Tropez. La relación entre mostrar los pechos y la liberación de la mujer ha estado arraigada en la cultura francesa como un signo de igualdad e incluso de emancipación. En los setenta, éste se convierte en un elemento fundamental del combate de las mujeres, quienes asumen su sexualidad. En la sociedad de los años 2000, híper sexualizada, que muestra cuerpos desnudos todo el día, este combate es casi obsoleto. Y lejos del simbolismo de sus principios, el topless no choca.




Los códigos han cambiado. Hoy andar sin la parte de arriba se hace cada vez más raro en Francia. Según lo que explican Elle y la encuesta habrían varias razones, tres más marcadas, para el supuesto descenso del monokini.
La primera, una preocupación creciente sobre la salud y los peligros del cáncer a la piel. La segunda es la percepción de la sociedad supermediatizada y un culto fetichista de un cuerpo perfecto, y la tercera sería el aumento del activismo relacionado con los pechos.




En cuanto a la salud, un 86% de las mujeres está de acuerdo con que el sol es peligroso. Las campañas contra el exceso de bronceado y por un diagnóstico para luchar contra el cáncer mamario parecen haber tenido recepción entre las francesas. Además, dicen, el bronceado ochentero, dorado y lleno de cremas estaría completamente fuera de moda.




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Otra explicación es una especie de vuelta del pudor. Veinte por ciento de los interrogados estiman que el topless va “contra la moral o la religión” y 39% piensa que es “impúdico”. “Nos encontramos en una sociedad en falta de referencias. Algunos tienen la necesidad de un marco, como aquel proporcionado por la religión”, explicaba producto del sondeo Jacqueline Feldman, socióloga y una de las iniciadoras del Movimiento de Liberación de las Mujeres, a fines de los años sesenta. Así, esta feminista apunta hacia nuestra sociedad, híper-erotizada, explicando que el mundo mercantil se habría apropiado del cuerpo y muestra a niñas bastante jóvenes desnudas para vendernos diferentes productos. “No me asombra que, por reacción, algunos tengan ganas de ser púdicos”, agrega.




Además, este estudio explica que si escondemos las pechugas es porque no se parecen a aquellas que vemos en las publicidades, revistas o películas pornográficas. Para entender mejor este fenómeno, el filosofo y escritor de El miedo del orgasmo Bernard Andrieu señala que “los senos reales difieren considerablemente del seno cultural. Facebook y las redes sociales nos alejan más que nunca de nuestros cuerpos vivos, porque ahí nos construimos una imagen idealizada a la cual nos identificamos. Difícil luego de confrontarse a su animalidad aceptando mostrarse medio desnuda”. Esta idea es la que ha llevado quizás a muchas, no solo en Francia, a acudir a los trajes de baño que ayudan a dar forma, agotando en las tiendas los sostenes con push-up o las milagrosas partes de arriba con almohadillas.




Tapar el seno para protegerse, así lo creen algunos especialistas. Ya que debido a la facilidad de encontrar pornografía en internet, el pecho desnudo es inmediatamente asociado a la sexualidad y las mujeres tienen menos ganas de exponerse. Este fenómeno de pudor está asociado al aumento del acoso que se puede sufrir ya sea en la calle como en la playa. Por eso, muchas jóvenes prefieren tener marcas de traje de baño antes que exponerse a comentarios desagradables.




Por último, el destape de las pechugas ha tomado otra vía durante el último tiempo, porque desnudarse puede tener un alcance transgresivo. Un ejemplo es el colectivo Femen, grupo feminista que se ha hecho famoso protestando con slogans inscritos en el pecho, teniendo como objetivo chocar para hablar de la causa que defienden. Aunque el cuerpo de la mujer siempre ha sido un arma de lucha, hoy su percepción es distinta, quizás es preferible no mostrar en ciertas instancias, para que pueda ser usado por la buena causa. El sociólogo Christophe Colera lo explica así: “Una vez el cuerpo desnudo, deseable, es concebido como un valor positivo, útil al bien común de la sociedad, no es de extrañar que se convierta en un vector de comunicación yendo a desafiar las leyes del pudor en el espacio político. Pero para no pasar por la exhibición gratuita, debe cargarse de nuevas connotaciones, negando su lado sexual como lo hacen las Femen”.




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Estas son algunas de las razones de por qué las francesas volvieron a ponerse la parte de arriba, dejando el lugar a sus vecinas como las porta-estandartes del desnudo playero, en especial las alemanas, españolas o croatas. Ya sea para cuidar su salud, por pudor debido al ataque constante de los medios que muestran cuerpos perfectos o para dejar el lugar a la lucha de algunas por sus pares, las francesas están cambiando, en especial la nueva generación.




Pero no hay que pensar que esta tendencia va a desaparecer por completo. Algunos entusiastas lo creen así, como el sociólogo Jean-Claude Kaufmann, autor de Cuerpos de mujeres, miradas de hombres, quien piensa que las ganas de broncearse sin marcas de sostén están todavía presentes. El retiene sobre todo de la encuesta que el 18% de las mujeres quieren asolearse en monokini, y que a pesar de que las más jóvenes son las más reticentes, de todas formas hay un 21% entre los 18 y 24 años que todavía está de acuerdo. “¡Una mujer de cinco, no es poco! El descenso aparente de la práctica no debe hacer olvidar que permanece un deseo subyacente”, explica.




Kaufmann dice que la razón de por qué se ven tan pocos monokinis los últimos veranos es un ‘efecto de arrastre’ ya que según él “en 1980, más veraneantes se quitaban la parte de arriba, empujando a las tímidas a imitarlas. Hoy, cuando algunos se visten de nuevo, otros dudan en desvestirse. Muchas mujeres están listas para practicar el topless pero esperan el buen momento. Eso puede ser una playa más tolerante”.
Habrá que ver cómo evoluciona la tendencia, pero como dice Kaufmann, siempre estarán las playas del sur este de Francia, como Saint-Tropez, Niza y otras, para recibir a las adeptas.