A los 14 años abandonó su natal pueblo Campegine, en la provincia de Reggio Emilia (Italia), y con tijeras en mano partió a probar suerte como peluquero. Rossano Ferretti (53) seguía los consejos de su madre, también estilista, y de su abuelo barbero de abrirse campo en ese mundo que desde niño lo apasionó. A los 15 ya trabajaba en Londres, donde le tocó vivir modas transgresoras como las de Mary Quant y Twiggy.

Los años siguientes fueron de empaparse del arte, la cultura, arquitectura y el diseño europeo.

Los años siguientes fueron de empaparse del arte, la cultura, arquitectura y el diseño europeo, mientras ofrecía servicios personalizados a celebrities de la moda y del lujo. A pesar de su aparente éxito, Ferretti no se conformaba; seguía inquieto, quería dar con el corte invisible que, a pesar de investigaciones, viajes y estudios, nadie se lo pudo enseñar…, hasta que él lo inventó.

Pasaron casi dos décadas para que Ferretti diera con el corte en caída natural en movimiento, “y fue cuando entendí que la técnica y las tijeras no llegarían al resultado perfecto si no incluía el movimiento corporal que acompaña al propio del cabello”. Así, el italiano revolucionó el mundo de la peluquería, el cual —a su juicio—, “lleva 40 años dormido”.
Las mujeres enloquecieron con lo que él denominó método Ferretti. Y vino entonces la apertura de su primer salón en Parma. El éxito fue tal, que siguió con Verona, Chiavari, Madrid, Venecia, Viena, Roma, Milán, Bolonia, Belgrado, Bombay, París y Nueva York.

Inteligente y revolucionario, le dio a cada salón el concepto y atmósfera de ultralujo. Ubicadas en ciudades y en los barrios más top, las clientas se encuentran con una decoración sofisticada que mezcla lo antiguo y moderno, el mejor servicio y los capuccinos más ricos de la ciudad. El estilista ha instalado algunos de sus salones en exclusivos hoteles —como los de Mumbai o Maldives— creando el nuevo concepto de peluquería destino.

Las celebridades lo prefieren. Angelina Jolie, Madonna, hasta Pippa y Kate Middleton han abandonado a sus peluqueros de siempre para irse con Ferretti, cuyo corte —dicen— podría llegar a costar hasta ¡cinco mil dólares!

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Hace unos días Ferretti estuvo en Chile, invitado al tercer congreso que la marca Kérastase ofreció en Isla de Pascua. Provocador, llamó a sus pares a dejar de ver la peluquería como un mero negocio, ponerle pasión, crear un método e incentivar el trabajo en equipo. Ferretti tiene una academia donde entrena durante seis meses a sus colaboradores y luego los destina en algunos de sus salones alrededor del mundo.

—Proviene de una familia humilde, ¿cómo terminó relacionándose con el lujo?
—Siempre fui de gustos finos; de niño con mis propinas me compraba una prenda al año, pero la más cara. Cuando a los 24 compré un reloj Vacheron Constantin de 1944, mi madre me dijo que nací en el hogar equivocado. Tengo un sentido del gusto y del lujo tremendo, poseo un beauty instint absoluto. Soy esclavo de la belleza, y mi motivación es seguir mejorándola, entregar una cultura diferente, gestionando los cambios de una época.

—¿Ha conseguido que vean la peluquería como un arte?
—Difícil. La gente que se mete a esta profesión muchas veces lo hace por necesidad, no por pasión ni inspiración. Es lo que quiero cambiar. Transformé la forma de vivir el cabello; antes era estructurado, se hablaba sólo de técnicas. Ahora el lenguaje es caída natural del pelo; he sido un pionero. El único que se atrevió y que fue un rompedor del sistema, fue Vidal Sassoon, que vendió su compañía hace 40 años. Desde entonces todos lo han copiado. Mi éxito es porque mi corte es maravilloso. Las chicas lo prueban, y no quieren otro en su vida.

—¿En qué consiste el corte?
—Es dar la posibilidad a un peluquero y a una mujer de vivir con extrema sencillez la belleza verdadera de su cabello. Se hace con una técnica que sigue la caída natural del pelo, cortándolo donde cae. La mayoría lo transporta, verticaliza, corta y hace mechas, ¡horrible! Cuesta entender la cultura de la belleza.

—Rechaza estereotipos y modas, pero habrá tendencias o clásicos que no mueren.
—Hace 15 años cuando la anorexia terminaba con la vida de las chicas, se demostró que el estereotipo mata. Masificar le va bien a la Iglesia, a la religión; al final la masividad no es más que pobreza, falta de cultura y desesperación. Cada mujer tiene su personalidad, particularidad y necesidad, ¡no a todas les quedan bien los flequillos! Por supuesto que en belleza hay olas que suben y bajan, y lo clásico sigue siendo el rubio. Todas quieren serlo, creen que se ven más sexies. Una morena, castaña o pelirroja no puede ser rubia, deben jugar con los tonos, de lo contrario, matan el pelo, su belleza y a ellas mismas.

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—¿Qué libertad les da a sus clientas para elegir?
—Les hablo y escucho; trato de entender su personalidad, y si las cosas están mal, prefiero no hacer nada para no arruinarlas. Aunque la que llega a Rossano Ferretti busca sencillez, un cabello hermoso, lucirse. Nuestro único objetivo es su bienestar, dejarlas guapas. Para eso requieres competencia en un mundo de incompetentes, lo que se ha convertido en el gran problema de las mujeres.

—¿Hasta dónde transa?
—Mis límites son no romper el pelo, dejar de respetar la belleza y a la persona. Nunca he hecho extensiones que lo maten, un bleach (decoloración) en un cabello negro ni keratinas por ser cancerígenas. Sin embargo, muchos insisten en hacerlas porque es dinero fácil. Hay falta de cultura tanto en peluqueros como en las mujeres.

—¿Qué impresión se lleva del trabajo que se hace en Chile?
—Es igual que en todo el mundo: hay buenos peluqueros, otros que quieren serlo y los que nunca lo serán.

—¿Alguna posibilidad de instalarse en nuestro país?
—Quiero abrir una peluquería en Santiago, el tema es encontrar el lugar adecuado. En cinco meses monto el negocio. Tengo mi ejército armado para la guerra. Suelo mandar dos estilistas de mi escuela a los salones para que durante cinco años enseñen al equipo local el método Ferretti. Para contar con un buen grupo de trabajo, lo esencial es ser leal con éste. La gente está obsesionada por el dinero, yo por la calidad de vida, el servicio y la felicidad.