Hay miles de personas esperando por ver el recital de Francisca Valenzuela y, en pantalla gigante, se proyectan imágenes del backstage. La cantante está frente al espejo y un tipo grandote, con barba y brazos morrudos, viste un ridículo pijama celeste de polar con cierre al frente. Sobre la guata, un círculo blanco con un arco iris y un labial. Es el maquillador Marcelo Bhanu, el mismo que hace algunos años atendía el local de Mac Cosmetics en el Portal La Dehesa, luego trabajó para Dior y hoy dibuja los rostros de modelos, actrices y celebridades.

#Maquillosito nació como una humorada, cuando le pidieron sacarse fotos para la primera edición de Reviste la calle, la revista del principal blog chileno de street style. “Me dijeron que me ocupara de la producción y yo quise ser un oso. El ´traje` lo compré en el Apumanque y una amiga diseñadora me hizo el logo”, cuenta. Hoy su personaje causa furor en las redes sociales y se convirtió en una suerte de marca registrada. La cantante —que en aquel recital terminó subiéndolo al escenario— tiene una reproducción de la foto de 1.40 metro en su casa de Los Angeles. Pero detrás del traje que avergonzaría a los creadores de Los Cariñositos, se esconde un hombre familiar y trabajador, que trazó su camino con la misma firmeza que empuña pinceles y delineadores,

Un auténtico autodidacta. Es relacionador público, no estudió maquillaje y aun así Carla Gasic, una de las makeup artist más importantes de Chile, lo convocó para hacer clases y luego lo llevó a trabajar al programa Mi nombre es. El acepta los desafíos con una gran cuota de inseguridad: “Siempre tengo miedo, o pienso que lo voy a hacer mal”, dice mientras salta frente al fotógrafo. 

Asegura que responde cada uno de los mensajes que recibe en Instagram y que los productos que regala son los que realmente ocupa. “Jamás voy a sortear nada que no me guste o no sepa cómo usar. Si me regalan algo que no me sirve, lo devuelvo”, asegura. 

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—¿Por qué decidiste abandonar tu profesión por el maquillaje?

—Fue de casualidad. Estaba trabajando en una oficina de comunicaciones y por medio de un conocido me dijeron que buscaban un vendedor de maquillaje con mis características. Fui a la entrevista pensando que jamás iba a quedar, pero me llamaron y me dijeron que empezaba al día siguiente. Los primeros tres meses en lo único que pensaba era en no perder el trabajo. Estuve unos años y cuando me echaron pensé en volver a la oficina… pero no lo hice. 

—¿Y qué pasó?

—Tuve que reinventarme, hacía trabajos chicos, cobraba poco y a noventa días, hasta que una vez me topé en una producción con (el fotógrafo) Nacho Rojas y (la productora) Natalia Schwarzenberg y ellos me dieron las primeras grandes oportunidades. Eso me validó dentro del circuito, y me empezaron a llegar mejores cosas. 

Han pasado siete años y recién hace tres que realmente vive del maquillaje. Puede darse el lujo de elegir, pero como es responsable y “fecha reservada es palabra santa” no deja trabajos comprometidos por mejores ofertas económicas. Esa mezcla de profesionalismo, humildad y talento lo ha catapultado a la cima. 

Sólo viaja en metro o en taxi. No maneja ni usa maleta de maquillaje y ni piensa en moverse de Lo Prado, un lugar donde todos se conocen y cuando alguien sale de vacaciones los vecinos se ocupan de regar las plantas: “Lo único que quiero es darle una mejor calidad de vida a mi mamá, a mi abuela, a mi hermana y a mi sobrino”, dice.

—¿Te cuesta creerte el cuento?

—Es que el hecho de que te paguen bien por hacer algo que te gusta es muy increíble. 

—¿Pero te sientes exitoso?

—Me va bien y me consideran… falta validarme mentalmente. A mis alumnos siempre les digo que si yo pude aprender, cualquiera puede.

—¿Cuál es tu sueño profesional?

—Quiero ir a Brasil, una industria súper desarrollada, y ofrecerme como asistente. Si tengo que volver a empezar, no me importa.