La Fuente de la Juventud pasó de ser una leyenda exótica a un asunto ubicado en nuestro propio ADN. No fue necesario viajar a un país lejano, sino encontrar el primer gen responsable de que una persona se vea menor —o mayor— de lo que dice su edad cronológica.

Se trata de una mutación del gen MC1R que descubrió el doctor de la Universidad de Rotterdam Manfred Kayser y que, por esas cosas de la herencia biológica, resultó ser el mismo que determina que una persona tenga la piel clara y el pelo rojo.

Por eso también se le conoce como el gen jengibre y algunos de sus afortunados dueños no estaban tan equivocados cuando respondían que el secreto de su apariencia juvenil estaba en sus cromosomas. Sería el caso, por ejemplo, de la colorina Julianne Moore, resplandeciente a sus 55 años y que suele decorar los PowerPoint de los científicos dedicados al tema.

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 ¿Ayudarán estos descubrimientos a la medicina antiaging?

 Según los expertos, será necesario esperar a que, junto a las variaciones del MC1R, se descubran otros genes involucrados en el proceso de envejecimiento.

“La tecnología genética también deberá avanzar para que puedan intervenirse los genes que controlan estos mecanismos y dirigirla a aquellas células implicadas, en este caso, las de la piel de la cara”, explica a CARAS el doctor Kayser, autor del estudio.

Lo que el laboratorio del biólogo molecular investigó fue la edad representada (o percibida) por 2.600 personas basándose en indicadores como “cantidad y localización de arrugas, manchas solares (homogeneidad del tono de la dermis) y sagging o falta de turgencia del rostro”, explica la genetista de la Clínica Alemana y profesora de la U. del Desarrollo Gabriela Repetto, quien conocía el paper publicado por la prestigiosa revista científica Current Biology.

“Ahora, la razón por la que genetistas están estudiando estos rasgos es, más que por razones estéticas, por la relación que existe entre verse más joven y tener una mejor salud, un asunto relevante para poblaciones que están envejeciendo como la europea”, explica Repetto.

Precisamente, el estudio de la U. de Rotterdam forma parte de uno mayor que siguió a miles de voluntarios por más de 20 años. De ese grupo, a una porción se les tomó muestras de ADN y fotografió para luego mostrar sus imágenes a terceros quienes debían ‘adivinar’ sus edades. Fue así como  se descubrió que quienes tenían la mutación del MC1R podían verse cinco o un año mayores (o menores) que el resto. El promedio fue de 2 años.

Más allá de la magia de este ‘elixir de la vida’ ubicado en nuestras células, la doctora Repetto explica que lo interesante es que los seres humanos somos una combinación de nuestros genes y del medio ambiente que habitamos. La proporción exacta nadie la sabe, pero en general la influencia genética en este tipo de características —como también del peso, estatura o incluso el C.I.— no es demasiado alta, a diferencia de rasgos como el color de los ojos.

“Y si en promedio son tan sólo dos años, resulta más recomendable cuidarse desde jóvenes de factores como la exposición solar”, dice Repetto.

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Candice Rudloff hace una inflexión.

La médico internista de la U. de Chile y especialista en medicina antiaging de la U. de Barcelona, estima que aproximadamente el 80% del envejecimiento de la piel es por el sol o el tabaco. Sin embargo —agrega—  descubrimientos como el del doctor Kayser plantean la interrogante de que el papel genético sea más potente de lo esperado.

Rudloff es experta en longevidad y ha seguido de cerca investigaciones médicas para en el futuro intervenir algunos genes relacionados con enfermedades crónicas como la diabetes o el cáncer. Por eso, más que el promedio sea de dos años, para la doctora del CCE (Centro Cirugía Estética) lo relevante es que la ‘percepción de juventud’ se mantenga en el tiempo. Eso de ser siempre una especie de ‘vieja joven’.

En el caso del MC1R , se trata de un gen que actúa sobre los melanocitos (células encargadas de pigmentar piel, ojos y pelo), pero también se podría inferir que trabaja sobre las células del sistema inmune y en los procesos inflamatorios que, finalmente, son los responsables de la oxidación y del envejecimiento.

Para Rudloff resulta novedoso que se trate de un gen relacionado con la piel pálida y el pelo rojo, pero aclara que los ‘beneficiados’ serían un subgrupo dentro de esta población, ya que es conocido que las pieles con menos pigmentación sufren más por el fotoenvejecimiento. En todo caso, los mecanismos de esta relación todavía se desconocen.

Faltan muchos genes antiaging por descubrir, insiste el doctor Kayser.  Por ahora, se sospecha que algunos relacionados con la obesidad cumplen un rol importante en verse mayor, ya que se trata de una enfermedad crónica que produce inflamación. Otra pista para rastrear en nuestro ADN son los beneficios asociados a la práctica de ejercicio gracias a su efecto positivo sobre la musculatura. Claro que éste debe ser moderado, ya que la actividad física que estresa demasiado el cuerpo provoca el efecto contrario: se ‘come’ la grasa subcutánea que mantiene ‘frescos’ los rasgos de la cara, algo que se aprecia en los maratonistas profesionales.

Mientras la ciencia corre su propia carrera por dar con la Fuente de la Juventud, lo recomendado es seguir un estilo de vida razonable. No correr 42 kilómetros, pero tampoco ponerse celosa de gente como la Moore o de la francesa Isabelle Huppert (63) que nacieron con el gen jengibre.

 Después de todo, la envidia, además de poner verde, arruga.