Tocaron el cielo con rock y moda. Naomi Campbell, Linda Evangelista, Christy Turlington, Tatjana Patitz y Cindy Crawford, doblando el hit de George Michael que bajo el nombre Freedom convertía  una pasarela en un escenario de irreverencia fashion. Todas con postizos descomunales creados por Guido Palau, el estilista británico, que desde ese momento se confirmó como el nuevo Leonard: aquel peluquero pre Revolución Francesa que volvió loca a una adolescente reina María Antonieta con sus creaciones capilares que imitaban galeones de altamar, e incluso enormes pajareras con aves exóticas chillando por los pasillos de Versalles.

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Nunca ha existido otro accesorio tan inmanente a través de los tiempos. De los trenzados egipcios que rendían tributo a deidades faraónicas y que en principio fueron creadas para esconder una miserable melena, después se convirtieron en icono de status. Cleopatra las exigía en tonos marfil o rojas, siempre utilizando el pelo natural de sus esclavas que provenían de tierras exóticas. Más extrañas eran las pelucas katsura, redondas y perfectamente alineadas, que eran usadas en el teatro tradicional japonés. Consideradas un objeto de belleza sublime, luego fueron las favoritas de geishas y cortesanas. El Renacimiento las dejó en desuso, salvo para la caracterización de personajes extranjeros o para bufones que entretenían a las cortes de Italia o Francia.

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Isabel I de Inglaterra logró el cambio. A medida que envejecía las trajo de vuelta, pero en lugar de tener un sentido estrictamente estético, las convirtió en una moda sanitaria. Para prevenir tiña y piojos, se aconsejaba el rape total y encima una peluca empolvada y generosa. Luis XIII cambió las coronas por postizos blancos y ondulados. Los hizo obligatorios para hombres de alcurnia, siempre y cuando llegaran a los hombros y cubrieran algo del pecho. Las más caras y finas siempre se elaboraban con pelo natural, ojalá cortado de alguien joven y fuerte como una forma de transmitir un sello de poder y vigor. En Estados Unidos, Thomas Jefferson, James Madison y otros próceres le dieron categoría de mando ante los ojos del estado. Hasta hoy, los países de la Commonwealth las mantienen como un accesorio fundamental para jueces y abogados.

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Sofía Loren, Gina Lollobrígida, Marilyn Monroe y Joan Collins hicieron de ellas un fetiche desde los años  ’60 a los ’90.  Aunque nadie olvida a una Carolina de Mónaco que recuperó el estilo bob francés con postizos para ocultar su cabeza despoblada, producida por una crisis nerviosa post muerte de su marido Stefano Casiraghi. Ahora son otras las que mantienen el poder del más antiguo de los postizos: los mejores amigos de las mujeres que enfrentan la pérdida de pelo por tratamientos de quimioterapia. Y la moda parece solidarizar con la tendencia. Rihanna tiene una colección de más de doscientas en su casa de Bahamas; Katy Perry las usa para mantener a raya su look de perfect women;  y la inolvidable Amy Winehouse rendía homenaje con sus moños altos a las divas negras del Montown. Pero ninguna fue más lejos que Lady Gaga. Fue ella quien hace cuatro años apareció en una fiesta benéfica en Londres con una peluca tan larga y negra que además le servía de vestido. Extravagante hasta el mareo, la creación de Guido Palau no hizo más que confirmarlo como el coiffeur de las nuevas María Antonieta, aquellas que no saben de guillotinas.