El y sólo él. Michael Jackson no sólo resume el pulso, la música y la moda de la década de los ’80. El artista –para su beneficio o no– también es el símbolo del despegue de la industria de la cirugía estética en Hollywood durante esa década.

¿Antes de él? Sí, hubo mucho bisturí. Del experimental, correctivo y cruel entre las luminarias de la pantalla. Una exploración médica por la búsqueda de la belleza perfecta frente a la cámara que ya se promocionaba, incluso en revistas, a inicios del siglo pasado.

Fue un camino largo y lento. Las estrellas tenían que unir las correcciones básicas disponibles por la medicina a un régimen de belleza de alto rigor (muchas veces peligroso), que se mezclaba con técnicas de iluminación y maquillaje para –como decía Gloria Swanson en Sunset Blvd.– estar listos para un close-up.

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Una de estas figuras fue Marilyn Monroe, quien recientemente volvió a los titulares por el anuncio de la subasta con sus radiografías de nariz y barbilla tomadas por un cirujano plástico. Entre el 9 y 10 del próximo mes los fanáticos podrán acceder a comprar las placas y notas que tomó el doctor Michael Gurdin en 1962, dos meses antes de que la rubia muriera de una sobredosis.
En los apuntes se hace referencia a un implante de cartílago en la barbilla que la actriz se habría hecho en 1949 (para su entrada en la industria con la cinta The asphalt jungle). El día que llegó a la consulta del doctor John Pangman quedó registrado en un programa de la BBC. A esa intervención se sumaría la rinoplastia que afinó su nariz. Esta última no está en el reporte recién descubierto, pero sí en variadas biografías de la sex symbol.

La incursión de algunas mujeres en arreglos de nariz está bien documentada a inicios de 1900 en Europa con Gladys Deacon, duquesa de Marlborough. Esta se sometió a un procedimiento popular en la alta sociedad que consistía en inyectar parafina caliente y dejarla enfriar para esculpir el perfil. Un método que no duraba un minuto. En el caso de la estupenda aristócrata tuvo pésimo resultado: con el tiempo el material fue deslizándose por su rostro, y la duquesa se recluyó para que nadie le viera la cara. Pronto, especialmente después de las cirugías reconstructivas de la I Guerra, las técnicas cruzaron el Atlántico y llegaron a Hollywood.

Una de las figuras de primera línea en sufrir la experimentación fue Mary Pickford (la ‘Julia Roberts’ del cine mudo). En la década del ’30, la millonaria estrella se sometió a un lifting que la dejó sin expresión. La prensa señaló que ni siquiera podía sonreír. Era como una máscara. Al igual que la condesa, también se escondió.

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Pese a este conocido resultado, la presión de los grandes estudios y la competencia por obtener papeles y mantenerse vigente –como hoy– siguió lanzando a los artistas al quirófano para un face lift. La técnica se fue perfeccionando, pero no óptimamente. La chispeante Carmen Miranda quedó –como dice el sitio web de la clínica cosmética The Beverly Hills Institute of Aesthetic and Reconstructive Surgery– con “eterna cara de sorpresa”. También reparan en que Lucille Ball estaba tan estirada que sus cejas ya alcanzaban la línea de la cabellera.
La búsqueda de detener el paso del tiempo con este mismo método sedujo al galán Gary Cooper en 1958, con pésimo final. Tanto que un periodista –dice la revista Allure- lo acusó de “esforzarse demasiado para parecerse a… Gary Cooper”.

Sin anestesia, la mayoría de las actrices vivían adictas a píldoras de dieta, ya que los estudios las pesaban y medían sus curvas regularmente. En aquel tiempo el poder de la industria sobre sus trabajadores era incuestionable. Los contratos tenían especificaciones sobre la imagen de las estrellas, que las seguían sin chistar.
En cuanto a las operaciones, todavía eran los días en que todo se concentraba en la cara (los implantes mamarios llegaron en 1961, con los cirujanos Thomas Cronin y Frank Gerow). El cuerpo se modificaba para la cámara con sostenes y vestuario. ¿Un ejemplo? En Leven anclas, Frank Sinatra usó calzoncillos con almohadillas, para que su derrière no se viera tan pequeño y chato, en comparación con el de su coprotagonista Gene Kelly.

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El look era un activo de los hombres del entretenimiento: Dean Martin tuvo una rinoplastia temprana y, pese a que eran notoriamente grandes, Clark Gable –al igual que unas décadas antes lo hiciera Rodolfo Valentino– se vio obligado a ajustar hacia atrás sus características orejas. Un arreglo que tuvo en secreto la dulce Debbie Reynolds y que sólo vio la luz en uno de los libros de su hija Carrie Fisher, quien relató que su mamá pudo evitar afinar su nariz pese a la presión de los productores.

También en papel contó su verdad Betty White, quien esperó más de treinta años para revelar en una biografía que se sacó las bolsas de los ojos en la década del ’70.
Entre los procedimientos menos invasivos, pero siempre experimentales para esos tiempos, estaba la electrólisis. Años antes de explotar como símbolo sexual planetario en Gilda, Rita Hayworth tuvo varias sesiones para eliminar el cabello y agrandar su estrecha frente.

Mientras, en la actualidad los efectos especiales son capaces de corregir desde cicatrices a tatuajes en postproducción. Y cuando muchas estrellas –como Kate Winslet y Catherine Deneuve– luchan contra el abuso del photoshop en las revistas, sus antecesoras abrían agradecido hasta el infinito esos recursos que llevan a la irreal perfección, aquella que define a Hollywood y sus luces.