Ama el verano y se le nota. Cuando aparece en escena con un short negro que hace lucir el bronceado de sus interminables piernas y el pelo suelto, Ana María Cummins impresiona con su estampa a quienes la ven por primera vez. Para muchos, la mujer más linda de Chile, irradia plenitud y se toma la escena donde llega.

Mientras posa para la lente de Javiera Eyzaguirre, es una de las pocas mujeres que pide evitar el photoshop. A los 27 años dejó las pasarelas, pero el oficio en el que brilló por casi una década se manifiesta en cuanto se escucha el sonido del primer flash y ella se transforma camaleónica en diferentes personajes: etérea, sexy y elegante.
Alguien de la producción comenta que está espléndida, a escasos metros ella muestra su mejor sonrisa. “Me inserté muy chica en el mundo adulto y quise retirarme joven para preparar el camino porque creía que con más años iba a ser más difícil enfrentarlo”, comentaría después.
Acostumbrada a los halagos, no concuerda con quienes a modo de piropo le calculan menos edad. “Cuando me miro al espejo no veo alguien más joven, veo a una mujer de 47 años pero en buena forma.

Si asumir que uno envejece es difícil, hacerlo bajo los focos de la televisión puede ser un auténtico vía crucis. Nadie lo sabe mejor que la animadora y empresaria Viviana Nunes. Aún no cumplía 17 años cuando ya se había convertido en un cotizado rostro que con una destreza envidiable supo mantenerse en primera línea por más de tres décadas. “Cuando cumplí 50 hice un cambio de switch y decidí que no iba a hacer más TV. Quedé cansada de la farándula. Estuve cinco años en el panel del desaparecido programa de Mega, Mira quien habla pero fue algo absolutamente forzoso porque tenía que pagar colegios y universidades. Uno como madre se ve obligada a hacer cosas que no siempre son las ideales. Ahora sólo volvería a algo que tenga que ver con mi edad y estilo. Nunca más estar por estar”.

Dice que la belleza ha sido un arma de doble filo que sólo con el tiempo ha logrado manejar. “Es un tema que en algún momento tuve que tratar con sicólogo. Piensa que empecé a hacer comerciales y fotografías cuando tenía apenas 15 años y desde ahí he sido figura y rostro. Sin duda un peso que hay que sostenerlo, mantenerlo y reafirmarlo. Por eso, siento que los años han sido una bendición porque te vas sintiendo cada vez más liviana. Tener harto kilometraje como que te libera”.

A los cuarenta y dos años, Carolina Schacht siente tan lejano el mundo del modelaje que durante los preparativos de la producción fotográfica y mientras los maquilladores y estilistas hacen lo suyo, ella se siente como en un deja vu. Bebe pequeños sorbos de su lata de bebida light —que reconoce es su debilidad— y observa los movimientos como la espectadora de una función. Pero cuando camina hacia el set, algo se transforma en ella. Avanza como una gacela y sus piernas cosechan piropos. Después de las primeras tomas, ya es la mujer que en 1989 ganó el cotizado cetro de Miss Paula.
Aunque trabajó durante muchos años en la revista Paula, fue madre muy joven, por lo que el bienestar familiar fue el centro de sus actividades durante los últimos veinte años. Con siete hijos, reconoce que recién en el último tiempo ha sabido hacerse el espacio para ella. “La mujer posee un lado maravilloso. Uno a los cuarenta y tantos tiene más capacidad de disfrutar y eso es lo mejor de la edad. En la vida pasan tan-tas cosas que no entiendes y el que no todo sea color de rosa a la larga es positivo. Hay que ir con la vida y no contra ella. Eso es lo más liberador, simplemente fluir”, afirma.

A estas alturas, el concepto de belleza que maneja pasa inevitablemente por un estado interno. “Ser bonita te abre puertas y te da seguridad cuando eres más chica pero no es prioridad para una vida real o armónica. Hoy la vanidad se complementa con otras cosas, con lo que te hace estar en armonía, es un trabajo que nace de adentro aunque suene cursi. Para mí la belleza se proyecta con la felicidad de tener paz, de estar contenta conmigo misma”, dice, al tiempo que reconoce que los mejores momentos que ha vivido fueron sus embarazos.
Aunque las cirugías no son una opción para mantener la belleza, tampoco las rechaza de plano.

Apenas la argentina Estela Mora pisa suelo chileno, sus amigas se pelean por alojarla. Y es que han pasado más de diez años desde que dejó el país para instalarse en Los Angeles junto a su marido Beto Cuevas e hijos, pero sus lazos con Chile permanecen intactos. “Dos días donde la Nina Mackenna, después me voy a lo de Claudia Guzmán. Cuando vengo es como si nunca me hubiera ido”, dice mientras abre su pequeña maleta desde donde empieza a sacar unas sandalias y accesorios para la sesión que está por comenzar.
Pese a que le costó años acostumbrarse, hoy asegura que no cambiaría por nada su vida en EEUU. Allá vive en una casa de cinco pisos en las colinas de Sherman Oaks, donde además funciona el estudio del vocalista del desaparecido grupo La Ley, de quien se separó hace un par de años pero que sin embargo continúa siendo su mejor amigo. “Es mucho más tranquilo y eso favorece la vida familiar, claro que uno se hace de un círculo pero eso no significa que deje de extrañar a las amigas y amigos del alma que están acá”, dice la ex maniquí que en 1989 partió de su natal Mendoza para probar suerte en el mercado capitalino, junto a su primer marido: un empresario argentino diez años mayor, de quien heredó su apellido.

“Con Beto tenemos la mejor relación. Ojalá que todo el mundo tuviera al marido como mejor amigo. Nos queremos mucho y la pasamos muy bien, nuestros hijos son la prioridad. Nos agarramos, no te digo que no, pero nos queremos. Al principio, cualquier relación que se desarma tiene un proceso, a veces uno está con más onda que el otro”.

Lea las entrevistas completas de cada una, en la edición del 15 de marzo.

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