Hubo un tiempo en que el embarazo era una especie de vacaciones de rutinas femeninas esclavizantes.

Una tenía licencia para ‘dejarse estar’, como se dice, comer rico y no preocuparse por el teñido y menos de estar regia para la foto. Y mucho, mucho menos era tema verse hot. ¡Si hasta la ropa que una usaba era perna! ¡Cómo olvidar esos vestidos con cuellos estilo babero o Peter Pan y harto vuelo, acompañados de zapatos de viuda pobre de posguerra. ¿Se acuerdan de Lady Di saliendo de la clínica Saint Mary, en Londres, con el príncipe Guillermo en brazos y una tela de lunares que le llegaba a la mitad de las pantorrillas?

Pero llegó la modernidad con internet, las redes sociales, las selfies, los doctores onderos, el fitness para embarazadas y toneladas de ropa y de productos con la promesa de un esteticismo sin pausa durante la gestación.

¿Y qué ocurrió?

Pues que toda esa paz y ese desapego de los vicios mundanos —al menos por los nueve meses y el periodo de lactancia— se acabó para muchas. C’est fini.

Es cosa de asomarse al mundo y observar: ropa interior del tipo sadomasoquista para futuras mamás; circuitos de deporte extremo para primerizas; dietas de hambre para nodrizas.

 ¿Y en las redes? La moda de las bumpies (selfies de embarazadas, o sea, doblemente odiosas) con casos como el de la modelo Sarah Stage quien al borde de parir subió fotos con un estómago ultratonificado provocando revuelo: unas la felicitaban llamándola gurú, ídola, y otras, muertas de envidia, la maldecían porque —según ellas— exigía a las mujeres estándares de belleza imposibles y, peor aún, ponía en riesgo la vida de la criatura. (En favor de la modelo hay que decir que se trató de un embarazo saludable). Lo mismo Shakira y su sexy sesión de fotos embarazadísima.

En realidad, a mí me da lo mismo lo que Stage o Shakira hagan con sus cuerpos y qué bueno que estén sanitas y felices. Lo que me inquieta es que hoy se mire con desconfianza una guata desaliñada y con estrías, pero en paz porque, al menos en mi caso, el embarazo y la lactancia fue una especie de paréntesis en medio del mercado cruel de las apariencias; un retiro de las vanidades del mundo.

Recuerdo que para mi primer embarazo nadie se fijó en la ropa que usaba ni en mi pelo o si engordaba demasiado. Mi ginecólogo se limitaba a vigilar que la guagua estuviera sanita, y yo, dentro de los límites de lo aceptable. Los comentarios no pasaban de un amoroso “te creció la guatita”. Mucho menos alguien tuvo el desatino de preguntar cómo iba la cosa con mi marido porque hay estudios que dicen que las hormonas de la maternidad a una la ponen algo inquieta, por decirlo de manera elegante.

Fui libre y feliz y tomaba helados sin culpa mientras caminaba por la calle muchas veces vestida con algo parecido a una cortina.

Pero las cosas cambiaron cuando quedé esperando a mi último hijo. Esta vez algunas amigas me interrogaban por qué no me ponía ropa maternal, pero ‘chora’ e insistían sobre qué tipo de gimnasia iba a practicar para “quedar flaca” después del parto. Me levantaban la blusa para mirar si tenía una “guatita bonita” o si se me había “desparramado como a fulanita” y entonces ya no clasificaría para mamá hot. Y hasta mi ginecólogo se puso latero cuando se quejó porque me pasé un kilo y medio más de lo que recomendaban las nuevas guías de obstetricia. Claro que el colmo fue cuando una conocida (ni siquiera se trató de una amiga) me preguntó si había tenido alguna propuesta indecente porque a muchos hombres las embarazadas les desatan los bajos instintos. Acto seguido, me citó un estudio del Journal of Obstetrics & Gynecology que explicaba que los criados entre el año y medio y los cinco por mamás que amamantaban hermanos tenían más fantasías cochinonas por el estilo.

 Ese último embarazo igual lo viví libre y feliz, pero ya no con la inocencia propia que otorga un vestidito cuello Peter Pan.