No soy celosa o, al menos, no tengo energía para sentir ese sentimiento vulgar y pariente de la envidia.
Nunca se me olvida una frase de Oscar Wilde que dice algo así como “Las mujeres feas son celosas de sus maridos. Las bonitas están muy ocupadas en estar celosas de los maridos de otras”. Y no es que me considere muy agraciada, pero no hay salud para preocuparme de cómo se movilizan las hormonas de José Ignacio. Simplemente, no tengo tiempo para ese tipo de vulgaridades.

Además, quien me tocó en suerte es un esposo ejemplar. Muy católico,  que cada cierto tiempo me vuelve a jurar amor eterno. Y aunque no le creo mucho, una tiene que comprarse el cuento si quiere vivir una vida decente.

Pero lo que no tengo de celosa lo tengo de digna y, por eso, el episodio con esa tal Emily Ratajkowski -modelo de cuerpo perfecto y cara de mala conducta- merece una columna. Aquí vamos.

Resulta que  la otra noche José Ignacio me dijo que sólo tenía ojos para mí, su linda mujercita. Se trata de una frase que usa al menos una vez a la semana, de preferencia los viernes para asegurarse de que no me ponga chúcara a la hora de cumplir con mis deberes maritales de fin de semana. La diferencia es que esta vez me lo comentó mientras hojeaba un pasquín muy concentrado y con cara de fauno capitalista. Su mirada libidinosa despertó mi curiosidad y, claro, no era una guía de panoramas lo que el perla estaba leyendo. En estricto rigor, ni siquiera estaba dedicado a la lectura sino que al comportamiento de un primate cualquiera que echa a andar su andamiaje sexual mientras mira ‘presas’ femeninas (No digo aquí ‘mujeres’ porque sería mucho pedir en estos casos).

Bueno, la dueña de estas ‘presas’ era la Ratajkowski, quien se hizo famosa luego de protagonizar un video clip casi, casi tal cual Dios la trajo al mundo.

Advierto que cualquier cosa que diga de ella no será imparcial porque escribo estas líneas aún humillada y ofendida. Y no por la modelo -cada quien se gana la vida como puede- sino por la hipocresía de José Ignacio. Pero lo digo igual y qué:  Emily Ratajkowski es una joven espigada con unas pechugas de esas que sirven de seguro de vida; piel canela; trasero como dibujado y ojos y pelo castaños tan luminosos que no necesita ser rubia. Ademas, es dueña de una boca amplia y pulposa que -me imagino- activa el cerebro reptil de la gran mayoría de los hombres sin el filtro de sus neuronas más evolucionadas.

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La modelo lidera varios ranking de sitios y revistas masculinas de dudosa moral como ‘la mujer más deseada’; ha seguido una carrera como actriz sin mucho éxito (ella se justifica diciendo que su voluminosa delantera le juega en contra) y tiene casi 15 millones de seguidores en Instagram, la mayoría hombres, que esperan que cada tanto ella les ‘regale’ una foto ligera de ropas; muchas veces técnicamente sin nada. Sin embargo, Ratajkowski se las arregla para caminar al filo de la legalidad, no por eso sin caer en comportamientos reñidos con la moral y las buenas costumbres, tal como ocurre con un candidato tan vivo como ella. Ahora, ¿cuál sería su secreto?

Un artículo del doctor en Psicología Leon F. Seltzer sugiere que el poder erótico de la modelo reside en su ombligo. Sí, leyeron bien, en su ombligo, ya que según los psicólogos evolucionarios los hombres se sienten instintivamente atraídos por las ‘depresiones’ del cuerpo humano. Y escribo aquí ‘depresiones’ porque cualquier sinónimo me haría sonrojar.

Así de básico y triste es todo. Presas. Ombligos. Depresiones. Cualquier accidente en la geografía de una mujer serviría para dejar al sexo opuesto como tetera del Diablo. Y como la actriz ya ha sido elegida como ‘el ombligo más sexy del planeta’, todo calza a la perfección.

Horrorizada por la vulgaridad, por el sinsentido de la existencia misma, le quité a José Ignacio el pasquín delator. Él trató de explicar lo inexplicable, por ejemplo, que se trataba de una revista de deportes. “Sí, claro”, le respondí, como dejándole en claro que el especial de trajes de baño de Sports Illustrated, era todo menos fútbol y, enseguida, me desplomé sobre el sofá agotada de tanta tontera. Este movimiento errático, dejó al descubierto mi propio ombligo y el muy degenerado no pudo evitar clavar sus ojos en ese rincón de mi anatomía que siempre mantengo cubierto como la mujer virtuosa que soy. La náusea sartreana inundó mi mente y, junto con alejar las manos de mi marido, le di una lata sobre los orificios y el absurdo de la vida que lo dejaron sin ganas de ver uno por un buen rato.

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