La conversación tiene lugar en el corazón de la Avenida Montaigne, la grande dame de las calles de la alta costura parisina, donde se encuentran el atelier y la Casa Ricci. Mientras nos ofrecen unos exquisitos -y preciosos- bocadillos y macarrones, todo apunta a lo mismo: el modo de ser y la cultura de esta ciudad donde la belleza impone sus códigos hasta en la bolsa para envolver el pan. Donde la política y la movida cultural discurren en los cafés de St. Germain des Prés y las tendencias de la moda se fraguan en torno a los anticuarios y boutiques que rodean los jardines del Palais Royal, y continúan por la rue Bonaparte.

Nina Ricci no se explica sin París. Como parte de su trabajo de branding de la marca, Peter Copping, su diseñador, nos arma un rápido recorrido por algunos de los lugares que a él le sirven de inspiración: la tienda de lujosas prendas vintage Didier Ludot, la perfumería Buly L’Oficine Universelle, la galería Chastel Marechal y el salón de té chino -atendido por sus propios dueños- Tch’tea room.

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Copping es británico pero lleva ya casi dos décadas trabajando en la alta costura parisina. Doce años como mano derecha de Marc Jacobs en Louis Vuitton y casi cinco con la Casa Ricci. Cuando en 1998 el Grupo Puig compró esta marca, se propusieron retomar la vanguardia con algunas jugadas estratégicas: apelar a una historia poderosa -la de María Ricci y su hijo Robert- y fichar a un director artístico que liderara esta nueva etapa. Ha sido un impulso muy cuidado, sin celebrities pero sí de la mano del arte y la cultura. Muy francés.

“Esta esencia viene de Madame Ricci”, afirma sin dudarlo Copping. “Lamentablemente no tuve la posibilidad de conocerla, pero era una mujer muy femenina y ese espíritu ha perdurado a través del tiempo. Su hijo Robert Ricci tuvo también gran influencia en la historia de esta marca. El tenía el mismo sentido y visión estética de su madre,  y pudo continuar su legado. Desde que asumí he intentado ser muy fiel a esta imagen romántica y femenina que ambos quisieron imprimirle a la empresa”.

Robert Ricci fundó la Casa Ricci en 1932. Era entonces un joven ejecutivo dedicado a la publicidad, pero su gran visión y cultura lo capacitaron sobradamente para tomar las riendas del negocio mientras su madre se dedicaba con devoción a la manufactura de cada prenda. Hija de la Belle Epoque, María Ricci poseía una dosis razonable de extravagancia como para construir la leyenda y hacer el trabajo duro a la vez. Era muy cuidadosa de su intimidad, pero se dejaba ver públicamente con sus llamativos collares de perlas, turbantes y sombreros blancos que usaba con gran elegancia, montada en un Cadillac blanco. En el taller, sin embargo, brillaba por su técnica y capacidad de trabajo, donde ajustaba el traje o pieza a pedido de cada clienta. Llamada “la reina” por sus modistas, se dice que aprendió cómo hacer un vestido en 48 horas.

Además del control de la empresa, Robert fue quien inició la producción de fragancias y con tal maestría que la perfumería se convirtió en la locomotora de la Casa Ricci. De hecho, fue el artífice de un hito en esta industria: la colección Cristal, nacida en 1946 al término de la Segunda Guerra Mundial, con la aspiración de un futuro pleno de ilusiones. Por eso las emociones que inspiraron a esta gran saga: felicidad para Coeur Joie, libertad para L’Air du Temps, la seducción de Fille d’Eve y Caprici, y la independencia de Farouche. De todos, L’Air du Temps (1948) superó todo pronóstico; 50 años después aún permanece como uno de los perfumes franceses más vendidos y se ganó la categoría de ‘clásico’.

Wp-450-Nina4La factura de cada una de estas piezas fue abordada como un objeto artístico. Robert Ricci y el perfumista Francis Fabron eran los cerebros de los aromas y Marc Lalique, su amigo de infancia, el artista de los cristales. Ambos se tomaron años hasta dar con las notas y con la botella soñada. L’Air du Temps –el nombre habla de una sensibilidad histórica con la post guerra– contó con el trabajo del escultor catalán Joan Rebull, a cargo del diseño del mítico frasco de las dos palomas. David Hamilton fue la cabeza de las campañas publicitarias durante dos décadas y hasta Andy Warhol, en los ’50, participó en el diseño de los escaparates de la firma. En 1999, L’Air du Temps fue elegido el frasco del siglo.

En 2006, bajo la tutela del famoso perfumista Oliver Cresp, la marca vuelve a dar en el blanco con la serie Nina… y el mundo ‘se comió’ la manzana (en tres años, vendieron más de 10 millones de frascos). El último capítulo se llama La Tentación de Nina, donde Cresp tomó lo mejor de la tradición pastelera francesa para dar con un perfume y un macarrón que despierta los sentidos y las fantasías tomando los sabores y aromas de frambuesa, limón, rosa y almendra.

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Nina Ricci capta la esencia femenina: qué es ser una mujer hoy”, asegura Oliver Cresp, al explicar una propuesta que se mueve con delicadeza entre la tradición y lo contemporáneo. “Para llevar esta esencia femenina y romántica a las colecciones lo decisivo es que sea relevante para la mujer actual”, agrega Peter Copping. “Eso se proyecta a través de las telas que escojo, de la paleta de colores, del tipo de mujer que proyectamos en los desfiles de modas y también en los books y fotografías de las campañas. He tratado de realizar una interpretación moderna, una nueva lectura del romanticismo. Sin embargo, no me gusta cuando la colección se vuelve unidimencional. Si fuese sólo romántica, creo que no sería interesante; prefiero jugar con diferentes elementos y mezclar piezas más deportivas como una chaqueta biker o un jeans con algo romántico. En este sentido, recuerdo una colección con muchas referencias a mi cultura británica, con moda urbana –street fashion y punk– que combinamos con el espíritu romántico francés. Esto me parece más dinámico”. 

—En una entrevista con la revista Grazia, dijo que podar rosas es lo que más lo relaja. ¿Qué importancia tienen las flores como fuente de inspiración de sus diseños? 

—¡Sí que me relaja! (y suelta una carcajada). Mi pareja es florista y con él tenemos una casa en el campo, donde consigo desconectarme. Las flores son un motivo con el que juego mucho en mis diseños, un elemento fundamental en el ADN de la marca. 

Se acerca a uno de los vestidos de la colección de verano que cuelga del perchero, con unos gladiolos en tonos lila y rosa estampados, y la muestra: “Aquí dispusimos las flores de tal manera que se fueran disipando… muy pálidas arriba y más intensas a medida que bajamos por el vestido. Para esta colección elegí flores grandes. Y para la colección de invierno (europeo) que está por venir, muchos de los encajes son floreados; quería que fueran como prints. Para otra colección usé diez modelos de estampados florales diferentes, de un antiguo archivo de un diseñador que le vendía impresos a madamme Ricci. Creo que así podemos proyectar femenidad y romanticismo, pero cada temporada trabajo con ellos de manera distinta. 

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—Se ha referido a la Casa Ricci como una típica marca francesa, que es ‘sexy pero no vulgar’. ¿Cuál es el límite entre sensualidad y vulgaridad? 

—Es una pregunta difícil, porque la diferencia es muy sutil. A veces puede ser la misma mujer la que lo define; por cómo camina, cómo se mueve, por su personalidad… eso puede marcar la diferencia. El mismo vestido nunca se verá igual en dos mujeres. Lo que determina que algo se vea sensual o vulgar es la forma de usarlo, y quién lo lleva. 

—Usted y la Casa Ricci destacan también el rol de París. ¿Por qué París y no Nueva York, Milán o Londres, por ejemplo? ¿Cuál es la relación entre París y el estilo que han buscado proyectar?

—El estilo parisino siempre me atrajo y desde el principio supe que quería venir a trabajar a esta ciudad. Solo estar aquí, en la avenida Montaigne, en el centro de París, es fantástico. Creo que somos muy afortunados ya que la boutique, el estudio de diseño, el atelier, está todo en un mismo edificio, en la calle más importante de la moda de esta gran ciudad. Una ubicación fundamental para lo que la marca representa. ¿Por qué París…? La mujer parisina es muy femenina y romántica. Si observamos, por ejemplo, a la neoyorquina, es una mujer más dura, más de negocios, una figura más asociada al mundo del trabajo.

—¿Y la francesa es más gozadora?

—Creo que sí, que es menos seria. En Nueva York todo gira en torno al trabajo. Aquí la gente trabaja duro, pero también disfruta la vida. Sale a comer a un lindo restorán, tiene largas conversaciones en un acogedor café. Toda esa cultura de los cafés es algo que existe desde el siglo pasado, en los años ’20, ’30, ’40 y sigue siendo parte de la cultura parisina actual.

—Ha trabajado con los mejores diseñadores de vestuario del mundo; fue la mano derecha de Marc Jacobs en Louis Vuitton. ¿Qué aprendió de cada uno? ¿Quién fue su maestro? 

—Difícil precisar a uno. Aunque como trabajé 12 años con Marc Jacobs, aprendí mucho de él. Marc recién llegaba a París, venía con una estética y una visión muy americana y todo era nuevo para él. Creo que ya entonces tenía muy presente que quería formar un grupo de diseñadores europeos. Era muy preciso para trabajar; en los fittings (pruebas de vestuario) podíamos pasar horas decidiendo si el vestido debía ser dos centímetros más largo o más corto. De él aprendí esa precisión, y la necesidad de detenerse en los detalles. 

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—El mundo de la moda está pasando por un particular momento debido al boom del mix & match y la fiebre por las propuestas de bajo costo. ¿Cómo visualiza entonces los desafíos para las casas de lujo? 

—Es un reto muy exigente. Debemos mantener nuestra posición, seguir siendo de lujo, en un rubro muy competitivo. Yo estoy convencido de que la atención que le dedicamos al detalle es algo que nos diferencia. Sobre todo respecto de aquellas marcas de bajo costo que a veces tratan de imitarnos, pero generalmente sin conseguir ese nivel de calidad. Nosotros nos jugamos en la calidad y la atención al detalle.

—¿En qué se inspiró para su próxima colección?

—La colección que acabamos de mostrar, la cruise collection, está inspirada en un libro de conmemoración de los 120 años de National Geographic. Son los cinco continentes en tres volúmenes. Me atrajo pensar qué significaba el estilo parisino para una mujer de Sudamérica por ejemplo. Me inspiré en imágenes de todo el mundo, las fusioné y las adapté a la estética parisina.