La idea era partir a las 15.00, pero resulta imposible. Atravesar junto a Luis Francisco Dotto (Pancho, 58) el lobby del hotel Conrad es una tarea titánica, a ratos imposible. Por un lado, está el ciudadano común y corriente que quiere inmortalizarse junto a él, y por otro los compromisos que se van sumando en los dos celulares que no paran de sonar. Mensajes y más mensajes. Una cena por confirmar, una entrevista radial, una nota para alguna publicación argentina… El dueño y creador de Dotto Models le hace honor a su fama de trabajólico con una incombustible sonrisa que envidiaría cualquier político.

Horas antes, un accidente automovilístico lo trajo de regreso a la parrilla informativa demostrando que el hombre que empezó a trabajar a los 14 años en un taller mecánico mantiene intacto su estatus de celebridad. En la noche, cuando pierda varios ceros jugando a la ruleta, seguirá sonriendo y despertando la simpatía espontánea de quienes se cruzan a su paso.

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Por más de una década su casa en el balneario se convirtió en el hogar de algunas de las chicas más prometedoras de su staff.  Las traía de todos los rincones de Argentina, se preocupaba de su alimentación y de que tuvieran la mayor cobertura de prensa posible. “Era un trabajo tremendo. Pensar que algunas nunca habían visto el mar, ¡imagináte! Hoy con la falta de sponsors armar ese cuento es completamente imposible”, confiesa, mientras mira hacia el horizonte cómo lo saludan desde yates cercanos.

No por nada, sus relaciones públicas tienen fama de ser insuperables. Y eso es algo de lo que pueden dar fe las maniquís Inés Rivero, Liz Solari y Yamila Díaz, además de Valeria Mazza, a quien conoció cuando era “una gordita con linda cara”, y Carolina Ardohain, a quien sacó de un local de ropa para convertirla en ‘Pampita’.

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“Cuando me dedicaba a buscar top models por el país tenía siempre entre 60 y 80 mujeres, más 30 o 40 hombres. Hoy no tengo ni la mitad. El negocio cambió y ya no es tan redituable como antes. Cuesta mucho dinero mantener lo que hacíamos”, reflexiona, sin un ápice de nostalgia. “Esa estructura gigantesca que tenía antes ya no la quiero. Ahora hay otras cosas que tengo ganas de hacer, otros proyectos que tienen más que ver con la marca y que encajan perfectamente con mi realidad personal actual”, dice.

El viento desordena su pelo, mientras bebe un sorbo de champagne, sube el volume del equipo y se mueve con una energía de veinteañero. “Ahora hay demasiadas agencias —reflexiona—, la mayoría de ex empleados míos o de gente con plata que los contrata para manejarlas, pero no hay nadie que facture ni la mitad de lo que yo facturé durante 20 años”. Hace un par de veranos, quiso homenajear al cantante Sandro que recién había fallecido y decidió cerrar su desfile con uno de sus temas emblemáticos. Días después asistió a otro evento en el que hicieron exactamente lo mismo. Se acercó a los organizadores y ellos sin el menor tapujo le dijeron: “Pero si sos el mejor, a quién más le íbamos a copiar”.

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A mediados de los noventa, en el peak de sus finanzas, el dueño de Italy Models, una compañía con medio siglo de vida, le ofreció comprar su agencia en una cifra que hoy rondaría los 15 millones de dólares, más el 50 por ciento de las operaciones de Milán, Nueva York, París y Argentina. En ese tiempo, su lazo con el fundador de Elite John Casablancas, fallecido el año pasado, era tan potente que decidió desechar la oferta. “Cuando le conté a John él me miraba como diciendo ‘este pibe está loco’”, recuerda. El hombre que descubrió a Cindy Crawford y Linda Evangelista, entre otras, también le criticaba su excesiva preocupación por las modelos. “Yo le decía que eran como mis hijas y él me respondía ‘pero no lo son’”. “Es que siempre me preocupe más por ellas que por mí”, confiesa.

Más tarde, cuando avancemos en su Mercedes Benz de 1969 por el tráfico de la ciudad, dirá que “en la Argentina la gente está esperando a ver qué pasa, que cambien las cosas para que volvamos a ser un país creíble primero para nosotros y luego para el mundo”. No menciona a la administración kirchnerista, pero frente a la consulta el lenguaje no verbal se impone. Encoje los hombros, levanta las manos con las palmas mirando hacia el cielo y en su rostro dibuja una mueca de molestia que evidencia desagrado.

La palabra retiro no está en su vocabulario. Tiene un terreno en la provincia de Entre Ríos donde está produciendo vinos y además está abierto a recibir ofertas que en el pasado desechó de plano. “El mundo está en una transición y yo también estoy viviendo la mía, tomándome mis tiempos y escuchando propuestas que antes me negaba a oír. Estuve muchos años diciendo que no al café con mi nombre, a los jeans… no a todo lo que se te pueda ocurrir. En un momento hasta me ofrecieron poner una inmobiliaria en Punta del Este y todo lo rechacé porque estaba cuidando la marca”, cuenta.

La puesta de sol se acerca e Indio emprende regreso al Yacht Club. Dotto toma el control de la nave, juega a capitanear y reflexiona: “Para mí siempre lo más importante fue el laburo. Nunca paré. Nunca. Hoy por primera vez estoy dándome más tiempo para mí”.