La depilación del área del bikini me provoca una contradicción vital, como todos los temas peliagudos. 

Por años mi única preocupación fue el rebaje del traje de baño y sólo en temporada de verano. El resto del año vivía como una criatura silvestre, a pesar de las insinuaciones de mi marido.

Pero de un tiempo a esta parte lo liso, lo lampiño e inmaculado se impone de manera brutal como sinónimo de belleza, erotismo y hasta de higiene. Me refiero a la llamada depilación brasileña.

Primero me negué rotundamente a seguir los dictados de la moda. Y no por feminista, sino porque alguna vez escuché en una catequesis que durante la Edad Media la Iglesia combatió los afeites por considerarlos rituales paganos, superfluos. Esta postura me quedó cómoda por un corto tiempo, ya que con tanta publicidad y filtración de selfies comencé a sentirme como fenómeno de circo. La cosa se estaba poniendo peluda.

Claro que antes de tomar cualquier decisión dolorosa decidí investigar.

Una amiga en onda pachamámica me sugirió el libro La defensa del pelo, donde la periodista Stephane Rose sostiene una tesis para nada descabellada: a la democratización de internet siguió la masificación del porno donde, por razones técnicas, un sexo femenino full rasurado sería más telegénico. La consecuencia de este bombardeo de imágenes es que mujeres incluso virtuosas están hoy sometidas a la dictadura de la cera o de las sesiones con láser.

Tras leer el texto, mi primer impulso fue despotricar contra el exceso de pornografía, pero seguí investigando y me encontré con que no todo es responsabilidad de internet.

El gusto por la depilación está profundamente arraigado en nuestros cánones estéticos y es algo que ya las egipcias practicaban utilizando caparazones de tortuga o grasa de hipopótamo. Los griegos la consideraban (la depilación) parte del ideal de belleza, ya que un cuerpo sin pelos evocaba juventud e inocencia tanto en hombres como en mujeres. Lisístrata, la heroína del dramaturgo Aristófanes, llama a todas sus congéneres a realizar una huelga sexual para terminar con la guerra; no se acostarán con sus parejas, pero sí los provocarán para que sufran y finalmente firmen la paz. Dice Lisístrata: “Pasaremos frente a  nuestros maridos con el delta depilado y arderán en deseos…”. Delta le decían entonces.

Parece que el gusto por un pubis rasurado lleva años; siglos, para ser justos. Ahora, ¿se trata de algo natural o es el reflejo de cómo el arte ha trabajado el ideal de belleza femenino? ¿O son las dos cosas?

Particularmente perturbador resulta el caso del escritor y crítico inglés John Ruskin. Este personaje del siglo XIX creció en una familia acomodada, culta y muy religiosa; siempre rodeado de tratados, pinturas y esculturas clásicas que forjaron en su mente la fantasía de una mujer hada, prerrafaelista. Su elegida debía ser pura, de piel inmaculada y, sobre todo, sin rastro de lo que es en realidad un sexo femenino en estado salvaje. Tanto así, que la biógrafa del escritor atribuye su divorcio de Effie Gray al trauma que le significó la visión inesperada del frondoso pubis de su angelical esposa. Esa primera noche Ruskin retrocedió horrorizado y el matrimonio nunca llegó a consumarse.

Por supuesto que se trata de una historia extrema, ya que la mayoría de los hombres no tiene ese tipo de escrúpulos y, al final, lo que manda es el llamado de la selva.

A ese instinto es al que apuestan algunas famosas que le declararon la guerra a la depilación íntima. Actrices como Cameron Diaz,  Gwyneth Paltrow Julia Roberts la consideran machista y peligrosa para la salud, ya que esos despreciados pelos sirven como una barrera protectora contra infecciones. Además tendrían una misión erótica al amplificar el papel de las feromonas, sustancias químicas clave en la atracción sexual.

¿Qué hacer? Enfrentada a tanta información contradictoria decidí que lo mejor es optar por la prudencia. No se trata de convertirse en un mamífero almizclero —peludo, fuerte y seductor—, pero tampoco en una especie mutante sin rastro alguno de pilosidad. Hay soluciones intermedias, bastante estéticas y cómodas.

Mejor preguntar al estilista y, sobre todo, a la conciencia.