—¡Qué asco!
—¿No te duele?
—¡Qué nervio!

Nadie nos comprende: la onicofagia —como se le conoce técnicamente a este acto tan sencillo— no es algo que se supere de un momento a otro. Un consejo: si conoce a alguien que padezca esta condena —es una condena, lo pensé millones de veces— mejor no pierda el tiempo y guarde silencio. El que se come las uñas lo seguirá haciendo porque haga lo que usted haga y diga lo que usted diga, el sujeto no controla ni su boca ni sus manos y sufre de una especie de sordera. Se empieza de a poco, de forma inconsciente, y no se para hasta que realmente duele.

Por años busqué los orígenes de esta enfermedad que da vergüenza, porque los que se comen las uñas —sobre todo las mujeres— sufren una sentencia silenciada que solamente entienden quienes… se comen las uñas. Pero se habla poco de este vicio (casi no existen textos no científicos) lo que contribuye en aumentar la aparente soledad de los adictos. Dicen que es una costumbre que se hereda, pero no es mi caso. Cuentan que ataca a la gente a la que no le dieron chupete en sus primeros meses de vida. La caricatura ridícula lo relaciona con el estado nervioso, pero eso no es totalmente cierto: la tentación llega en cualquier momento y no, como se piensa habitualmente, producto de un estado de ánimo. El impulso puede aparecer en la playa tomando sol y viendo una película cómica en la TV.

Los adultos suelen usar todas las fórmulas para que los niños dejen de hacerlo: desde el picante hasta las lociones que tienen un sabor amargo vomitivo. Incluso me llegaron a pagar por cada milímetro. Pero en mi caso no resultó nada y destrocé hasta las uñas postizas que alguna vez me puse en la adolescencia. La manicurista no podía creer, me dijo, que haya triturado su obra de arte. Jugaba a tenerlas largas: pegaba cinta adhesiva transparente en los diez dedos y hasta les daba forma con una tijerita. Luego las movía como los gatos. Era un sueño estúpido y válido que, pienso ahora con los años, se debe parecer al que tienen las personas sin dentadura que anhelan reírse sin taparse la boca.

Las ganas de comerse las uñas eran incluso más fuerte que la vergüenza de tener que esconder los dedos en todo —todo— tipo de situaciones. Porque nada —nada— se puede hacer igual si se tiene el complejo. Ni escribir con un lápiz frente a otras personas, ni agarrar una botella para servirle a los invitados, ni tomar con seguridad las manillas del Metro. Siempre piensas que te observan y reflexionan en silencio: “¡Qué asco! ¿No te duele? ¡Qué nervio!”.

Somos una pandilla silenciosa (sigo considerándome parte del grupo, por solidaridad). Constantemente estamos buscando a sujetos que carguen con la misma pesadilla —lo primero que le miro a la gente son las manos— y nos identificamos con cierto dejo de alegría sin necesidad de decir ni una sola palabra. Finalmente somos muchos, aunque la mayoría hombres. En Chile existen dos notables que se las trituran: el ex Presidente Sebastián Piñera y el senador Andrés Allamand, a los que parece no importarles lucir su evidente onicofagia (del griego comer-uña, según Wikipedia). Pero no a todos les da igual: hace algunos años visité a un flamante secretario de Estado y —pese a su fama de duro y avezado negociador— lucía unas preciosas uñitas de porcelana. No le duraron y, concluí después, se las debe haber comido como lo hice yo con mis postizas.

Con los años fui transformándome en una recolectora de historias. Una vez escuché que una niña pagaba a sus hermanos para que le prestaran sus manos y poder comerse sus uñas. Pero ni los casos patéticos me hicieron reaccionar como la frase de un amigo que me dijo lo más cruel y efectivo que se le puede señalar a un adicto: tu dedo pulgar se parece a un órgano sexual masculino. Nunca lo supo pero me rehabilitó.  No podía andar por la vida con diez órganos sexuales masculinos en vez de dedos.

Fui a una manicurista de confianza —alguien que no me tratara como si tuviera gangrena— y me entregué por completo. Trabajó pese a la falta de materia prima y repetí una y otra vez la operación, durante semanas. Las uñas alcanzaron un tamaño normal después de un par de meses y, desde entonces, nunca más me he podido permitir no llevarlas barnizadas. Las luzco de colores cítricos, a la francesa, como si jamás en la vida hubiese sido una adicta que usaba guantes hasta en verano para esconder sus manos.