Entré al centro estético de Jöelle Ciocco en Francia con la misma expectativa que una niña de cinco años viaja a Disney. O más, porque en el parque de Mickey nadie rejuvenece, y yo pretendía salir de allí con diez años menos. ¡Mínimo! Para amortizar la inversión…

Puertas afuera nada llama mi atención. Es un típico edificio parisino ubicado a pocos metros de La Madeleine. Adentro tampoco es muy distinto de las consultas que conozco. La gran diferencia llega cuando me entregan un formulario de unas cuarenta preguntas, algunas de las cuales encuentro insólitas, como por ejemplo: ‘¿A cuántos aviones se ha subido los últimos 6 meses? ¿Cuánto duraron los vuelos? ¿Va a trabajar caminando, en auto, en metro o en bicicleta?’. Contesto y espero sentada.

Jöelle llega como una verdadera celebridad. Pelo crespo color naranja furioso, tacos altísimos y un pequeño perro que no se le separa ni a sol ni a sombra. Me pide que la siga, y obedezco como monje a punto de iniciarse. Soy alérgica a los animales pero me da pudor decirlo y que mi experiencia de lujo tenga un final abrupto. Así que Nono, el animal, será testigo de mi sesión.

Jöelle llega como una verdadera celebridad. Pelo crespo color naranja furioso, tacos altísimos y un pequeño perro que no se le separa ni a sol ni a sombra.

La bata blanca que me pasan debe ser de, por lo menos, 800 hilos de algodón egipcio. Nunca me había puesto algo así de suave. Me recuesto y empieza el Grand Soin (asi se llama el tratamiento premium). Jöell me aclara que mi tipo de piel la tiene sin cuidado, y que me interrogará para conocerme y saber todo sobre mi estilo de vida —ahora tienen sentido las otras preguntas—. Me explica que no se trata de un spa donde la gente va a “pasarlo bien y relajarse”, sino de una “experiencia en la que vamos a trabajar juntas”.

Con ayuda de una gran lupa, revisa cada milímetro de mi cara. Se detiene en lunares y espinillas. Dice que manchas no hay, y sonrío. Así comienza lo que ella llama Epidermology, un protocolo personalizado de cuidados que busca devolver a la piel su propia belleza natural. Es que, según Jöelle, todo es tan simple como alimentar la dermis con principios que son específicos. “Mi función es hacer trabajar la piel para que ella misma proporcione lo que necesita. Una especie de gimnasia. No alcanza solamente con ponerse buenas cremas antiedad, tenemos que pedirle a la piel que haga un esfuerzo”, dice. Esta teoría, más sus años de experiencia atendiendo a celebridades de los cinco continentes, llevaron a los laboratorios de L’Oréal a contratarla como asesora para el lanzamiento de Revitalift Laser x 3, la nueva línea de productos que contiene Proxylan, y que promete un efecto similar al que se logra con un tratamiento de láser CO2 fraccionado.
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En lugar de haute couture, Jöelle habla de haute beauté. “Si conozco perfectamente tu condición de vida, tu historia y tu genética te voy a poder preparar algo personal y propio. Siempre nos hablan del interior, de la importancia de la alimentación y del espíritu, pero no nos hablan de lo exterior. Y el ecosistema en el que vivimos es, también, el ecosistema de nuestra piel”. La base del éxito —explica— es limpiar el rostro de manera correcta. “No de forma agresiva sino en función de lo que tienes que eliminar. Si estás pintada debe ser de una manera, si vives en un clima con mucho sol debe ser de otra. No importa si tu piel es grasa o seca, sino cómo vives, para ver qué es lo que tienes que limpiar”.

En mi caso, resultó que la cara “estaba sedienta”, y necesité una mascarilla espumosa de vitamina C que Jöelle preparó ahí mismo, moliendo unas pastillas con ayuda de un mortero. “Como es antioxidante, sirve para limpiar, purificar y reposicionar las energías. En el fondo, permite a la piel que respire correctamente”. Luego aplicó aceite fragmentado de ricino que es emoliente para ablandar mis labios resecos y conversamos sobre el clima de Chile. Jöelle me rogó que minimizara las exposiciones solares: “Es que tienes una genética muy bella y no quisiera que la estropearas”, dijo. Y fui feliz.