Pero desde Nefertitis a las top models, los íconos de belleza de la historia comparten un rasgo indesmentible: el poder de una presencia que, prácticamente, no necesita explicación.

Durante el Renacimiento, para ser las más deseadas, a las mujeres se les pedía algo más que ser bonitas. Tenían que ser ilustradas, con abolengo, instruidas, muy lectoras. En Venecia, recostadas sobre divanes con pasamanería y perfumadas con especias de Oriente, ellas dictaban la pauta estética. Entonces cortesanas —que hoy serían prostitutas caras—, eran la piedra angular de la política y de una sociedad secular que se jactaba ante el mundo y Roma, de su libertad de credos y costumbres. Había mujeres de las más variadas culturas y códigos de belleza: nórdicas, eslavas y orientales, mezcladas como una exótica pintura que quería dejar atrás la oscuridad de la Edad Media. “Lejos del analfabetismo propio de una época, ellas eran capaces de influir en decisiones de Estado”, sostiene Isabel Cruz, historiadora UC y académica de la Universidad de Los Andes especialista en historia del arte y de las costumbres.

Claro que no siempre fue así: “La idolatría del bello sexo es una invención del Renacimiento; hay que esperar a los siglos XV y XVI para que la mujer conozca su apogeo en cuanto a personificación suprema de la belleza”, escribe el filósofo francés Gilles Lipovetsky, en su libro La tercera mujer.
Lipovetsky explica que, salvo excepciones, en las culturas primitivas no existió “una supremacía estética de lo femenino”. Tampoco en la Grecia Antigua, donde “las expresiones de admiración hacia la perfección física viril son más frecuentes que las concernientes a las mujeres”. Es más, hasta antes del Renacimiento la mujer era considerada un arma del Diablo. Recién a partir del siglo XVI la ecuación cambia y se consagra la belleza femenina “elevada al rango de ángel, superior al hombre tanto por su hermosura como por sus virtudes”, explica Lipovetsky.
Con todo, todavía conservaban algo de las proporciones que desde la antigüedad se consideraban sinónimos de virtud por su capacidad de hacer prosperar la especie. La socióloga e investigadora del Museo de la Moda, Acacia Echazarreta, precisa: “Todo aparece en las arcaicas alegorías de la maternidad. La mirada estaba puesta en el concepto de reproducción”.

En la cultura egipcia, por ejemplo, apareció Nefertitis como símbolo de belleza celestial: un cisne de ojos rasgados y cuello largo sin vestigios de exposición solar en pleno corazón de Africa. El mismo modelo que después convertiría a Cleopatra en ícono de una civilización que aspiraba a lo divino a través de la belleza. La historia nunca lo olvidó: representó un referente también por todo lo accesorio que rodeó ese canon estético: se acompañaba de bálsamos, esencias, flores, pelucas rectas y se hacía pintar unos enormes ojos que después serían inmortalizados en el cine mudo por Louise Brooks, y luego por la estilizada Twiggi, en los ’60.
Después los griegos sumaron el mente sana, corpore sano. Los hombres eran apolos desnudos, y las mujeres lucían telas que se ajustaban a proporciones atléticas y también maternales.

La oscuridad de la Edad Media, en cambio, dejó curvas y exuberancia en segundo plano. A esta época marcada por el arte religioso le debemos las siluetas débiles, encorvadas, pero con una nueva exaltación de lo ‘aparentemente’ virginal, como los cuadros de Il Bosco, el flamenco que prefería una belleza etérea en medio de los cánones religiosos. Más allá fue el pintor Jean Fouquet, recién inaugurado el Renacimiento, que pintó a Agnès Sorel como una madonna que muestra el busto sin escrúpulos. Ella fue la amante preferida del rey Carlos VII de Francia, la gran favorita de la historia, la primera en tener hijos ‘ilegítimos’ y ‘nobles’ al mismo tiempo. La belleza del linaje de las Sorel les dio fama en todo el imperio.
“La Sorel desafía a su época, parece una virgen voluptuosa, con cánones de cara pálida, labios rojos, piel lechosa y frente limpia como signo de inteligencia”, explica Echazarreta.

LA ENTRADA DEL MAQUILLAJE LO CAMBIA TODO. Catalina de Médicis, la italiana que llegó a ser la mujer de Enrique II de Francia a los 14 años, fue una innovadora en materia de belleza. Impuso en la corte el uso del corsé para conseguir una ‘cintura de avispa’ y calzones ‘para dama’ que permitían montar a caballo como una amazona. Protectora de Nostradamus y amante del rapé para curar jaquecas, no tuvo reparos en importar toda la fastuosidad culinaria de su país a la corte francesa. Distinguida y misteriosa, tuvo que resignarse, sin embargo, cuando su marido eligió como amante a Diana de Poitiers, duquesa de Valentinois, otra bella cortesana de antología. El mayor capital de Diana: la juventud y una belleza descrita como sobrenatural, que ella cuidaba al punto que murió de una sobredosis de oro líquido que ingirió pensando que tomaba un elíxir de vida.
El siglo XVII representó un cerrojo para la exhibición del cuerpo desnudo. Aparecieron las gorgueras para tapar el cuello como abanico cerrado y ocultar el escote; se impuso el concepto de una segunda piel, pues se consideró que el cuerpo en sí mismo no era digno de exhibirse, salvo que estuviera cubierto de ropajes y joyas. Por eso Luis XIV, el Rey Sol, fue quien implantó las pelucas, el polvo de arroz en la cara y los tacones. También a una larga lista de favoritas, entre ellas a Madame de Maintenon, llamada la Belle Indienne (Bella de las Indias) por haber pasado parte de su infancia en las Antillas en misión política de su padre. En Versalles, las favoritas siempre fueron una institución: Luis XV tuvo como compañeras reales a Madame de Barry y a Madame de Pompadour. La primera llegó a la corte después de trabajar en una tienda de modas, La Toilette, y nunca le importó que a sus espaldas dijeran que era una ‘prostituta de lujo’. La segunda, distinguida y bien educada, forzó al rey a hacer una copas de champán del mismo tamaño y forma de sus ‘pechos perfectos’. Su aporte fue llevar lo exótico a la cuna occidental: exigió aromas, té, esencias y porcelanas de todos los dominios conquistados por Francia, combinando moda y nuevas costumbres. Aparecieron los vestidos con falsos, como enormes canastos, donde la relación cuerpo-arquitectura, con hombros anchos, era ideal para que la cara quedara al centro de la estructura corpórea. Más de un metro de talle, otro metro de pelo y, en el medio de todo, un rostro empolvado pero lejano a la vez. Sólo María Antonieta, la mujer del débil Luis XVI, logra el cambio. Retorna a lo natural, se desliga del corsé, minimiza los maquillajes y opta por la influencia de la campiña inglesa: con telas livianas que regalan movimiento y libertad.

Con Yeyette, o Josefina, llega la moda Imperio. Con aire provinciano (nació en las Antillas francesas que eran controladas por su padre), tenía una figura larga, estilizada, el pelo rubio largo y ondulado. “Ella trae de regreso lo helénico, el blanco Vesubio”, confirma Isabel Cruz. Su belleza y elegancia le dio fama y los hijos que tuvo de su primer matrimonio (Hortensia y Alejandro) se casaron con los herederos de las coronas más importantes de Europa.
Los rasgos andróginos, tan fuertes en la época contemporánea como síntoma de igualdad sexual, venían de mucho antes.  Ninguna tan adelantada y misteriosa como Amandine Dupin, la escritora francesa que en el siglo XIX escondió su rebeldía bajo el nombre masculino de George Sand y que no tuvo reparos para separarse del Barón Casimir Dudevant. Escandalosamente partió con sus dos hijos a París y se convirtió en la musa de los impresionistas. Para las galas, era elegante y femenina. En la calle, aparecía con sombrero, levita y bastón: como un hombre más. Seguramente fue la única que se olvidó de esos enormes faldones, con estructura metálica interior, que permitía acortar las distancias con el sexo opuesto.

LA BELLE ÉPOQUE TRAE MISTERIO. La belleza está en la noche y el cabaret, donde Jane Avril domina la escena. Dueña de una vida difícil y conocida por la prensa de la época: la bailarina de can can fue abandonada por su madre alcohólica en una institución mental. En el hospital comenzó a bailar para entretener a enfermeras e internos hasta que cumplió 16 años. Se instaló en el barrio latino de París, consiguió un contrato con el Moulin Rouge y fue la mujer que inmortalizó Toulouse-Lautrec para sus afiches de vodevil. Sólo ella parece ser la antesala que abre un nuevo siglo, con cine mudo e imborrables imágenes en blanco y negro.
“A lo largo del siglo XX, la prensa femenina, la publicidad, el cine, la fotografía de modas han difundido por primera vez las normas y las imágenes ideales de lo femenino a gran escala. Con las estrellas, las modelos y las imágenes de pin-up, los modelos superlativos de la feminidad salen del reino de lo excepcional e invaden la vida cotidiana”, señala Lipovetsky.
En materia de belleza, la pantalla grande ha sido un terremoto: Greta Garbo, Simone Signoret y Marlene Dietrich. Deseadas por los soldados en el frente de batalla, y admiradas por esas mujeres sumisas que soñaban con un cambio de estatus en sus hogares. Y luego, en los ’50, llega Marilyn como una bomba rubia para ilustrar los improvisados campamentos en los ejércitos. En esos días, la prensa femenina glorifica el uso de cosméticos para acrecentar el encanto. Y Zsa Zsa Gabor resume el nuevo optimismo estético: “No hay mujeres feas, tan sólo mujeres perezosas”. Como dice Lipovetsky: “Con el maquillaje, los ejercicios para mantener el cuerpo en forma, los artificios de la elegancia, ya no hay excusa para la fealdad”.
La nouvelle vague trae a Brigitte Bardot y después a la belleza distante de la Deneuve. Y el neorrealismo italiano aporta a tantas como la Loren, la Cardinale y a una sueca llamada Anita Ekberg que se pasea por la Fontana di Trevi como una antigua deidad romana.
Tan distante de los parámetros que traería Twiggy, la modelo del cuerpo escuálido y de los ojos grandes, que venía a ser la réplica de la cultura del less is more que había impregnado la arquitectura y la cultura de los años ’60 con sus líneas rectas. En Chile, la pauta de belleza y estilo la dictaba una inolvidable Marta Montt.

El allure de las viejas monarquías europeas retorna y resplandece: son los bríos de una elegancia clásica, pero esta vez con influencias doradas de Hollywood. Tamara de Lempicka, Grace Kelly, Carolina de Mónaco y Diana de Gales quedan en la retina y en las portadas como un nuevo paradigma. Confluye todo en un estilo ‘multiétnico’, como dice Isabel Cruz. Los criterios estéticos se democratizan. “El look afro se pone de moda, y proliferan las imágenes de bellezas negras, asiáticas y minoritarias. En 1983 una joven negra, Vanessa Williams, accede por primera vez al título de Miss América. Más recientemente, Naomi Campbell, imponente Black Magic Woman, fue a su vez portada de Time”, escribe Lipovetsky.
El fin del siglo XX y comienzo del XXI consagra la generación de las top models que imponen la belleza-industria, apoyada por la publicidad y la moda, donde tienen mucho que decir las celebrities del cine y la música…