¡U! ¡Equis! ¡U! ¡Equis! ¡U! ¡Equis! Repetir de manera exagerada y continua estas letras hasta sentir esa molestia que da cuenta que el trabajo está bien hecho. Antes del lifting o los tratamientos en clínicas estéticas, esta era la forma en que las abuelas, madres y tías nos enseñaban la técnica para evitar la papada.

Y este tipo de sabiduría todavía se escucha en bocas de chicas del nuevo siglo, que ni conocieron —más allá de fotos— a esas parientes de antaño. De ahí que parece entretenido recuperar esos consejos. No como curiosidad, sino que como homenaje a esas mujeres.

Bastantes años antes de la revolución de Jane Fonda, mi mamá Chita Norambuena realizaba su ‘gimnasia de pechuga’. Y me enseñaba: “Siempre derecha, brazos al frente y codos abiertos. Ahora, junta las palmas, presiona y suelta. Repite varias veces”. Yo no tenía mucho ‘por delante’, pero la imitaba y después les enseñaba a mis compañeras de colegio (aunque no era necesario para ninguna de nosotras).

Así fui preguntando por más ‘retrodatos’. Y, de paso, conocí más de amigas y compañeras de trabajo. Todas coincidían en el orgullo del consejo de su antepasada, como en la precisión de técnicas  e ingredientes de estos secretos previos a personal trainers o industria cosmética.

Paula, aunque estaba en tacos altos y vestida de oficina, no tuvo problemas en replicar lo que le enseñó su abuela Ligia Olazo: Se acostó, levantó las piernas con los pies “siempre juntos”. Y aunque no veía gran novedad en el ejercicio, ella me mostró su particularidad: “En esta posición empiezas a dibujar los números en el aire. Te aguantas para no tocar el suelo. Así apretas poto y piernas. Mi hija está en 4º Medio y también los sabe”.

Doña Hortensia, la mujer más elegante de Sagrada Familia en la década del ’40, también era admirada por su piel. A su nieto Germán le contaron que esta matriarca nunca dejó de usar como exfoliante una pasta hecha con leche de su campo con cucharadas de azúcar. Mejor que spa.

En Santiago, con más vitrinas a las que acceder en los años ’50, Rebeca Avaria recurría a su jardín de postal: Buscaba romero y se lo ponía al agua tibia para lavarse el pelo. “Aseguraba que evitaba que se cayera. También usaba la misma hierba en tinas calientes. ‘Esto reafirma la piel’, me decía”, relata su nieta colorina. Y aunque su Mamama no está, sigue sus instrucciones con las plantas que ahora ella riega en su casa nueva.  

Una virtud extra de estos secretos de belleza: construyen la propia historia.