Si no fuera por su pasaporte, sería muy difícil adivinar que nació en Santiago y creció entre la capital y el sur de Chile, donde vivía su abuela y parte de su familia de ascendencia alemana. Patricio Walburg habla español con acento francés y se considera a sí mismo un “ciudadano de mundo”. Lleva más de veinte años fuera del país y desde que terminó sus estudios de ingeniería comercial en la Universidad de Chile se dedica al rubro de la cosmética: “Pensaba que iba a trabajar en finanzas, en un banco, pero entré al grupo L’Oréal y así comencé mi carrera internacional”, cuenta. El ejecutivo, que hoy es el director general adjunto de Lancôme Internacional , también trabajó para la misma compañía en Brasil, Venezuela, México y España.

“Empecé como jefe de producto Lancôme, lancé Biotherm en Chile y surgió la posibilidad de ir a Brasil, que si bien está al lado es un mercado completamente diferente. Trabajé en Helena Rubinstein y de ahí vine a los headquaters en Francia (2002). Luego trabajé en Venezuela, volví a Francia y de ahí a México (2008). En 2010 me instalé en España y ahora estoy aquí”, enumera, como quien relata una aventura. Cada mudanza —casualidad o no— coincidió con alguna crisis internacional. Aguas turbulentas que Patricio supo surfear con naturalidad. “Lo fundamental es tener una mente abierta que esté dispuesta al cambio, porque una crisis no es una oportunidad sino que son miles de oportunidades. Hay quienes se ponen a llorar y quienes venden pañuelos. Yo prefiero vender pañuelos”, dice.

Fanático de los deportes, es maratonista de montaña y esquiador. Sus primeros pasos montaña abajo, los dio en El Colorado, y suele usarlos como metáfora para referirse a su estrategia para sortear períodos económicos complicados: “Tienes que saber bajar la pendiente, no puedes ir en contra”.

—En momentos de crisis las marcas cosméticas suelen verse beneficiadas por el llamado “efecto lipstick“. ¿Podría explicar esta relación?

—Sobre todo en los momentos más difíciles queremos vernos bien. La sociedad de hoy lo que busca es vivir sin ataduras, y por eso la comunicación de la belleza también ha cambiado.

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—En los últimos años Lancôme ha tenido una especie de “rejuvenecimiento”. ¿A eso se refiere?

—Lancôme siempre ha sido la marca de la transmisión, ha pasado de generación en generación, y lo que ocurre es que ahora hay más generaciones que conviven, porque aumentó la expectativa de vida y el mundo digital también ha abierto la puerta a la globalización. La belleza no tiene límites, y las ideas, tampoco.

—¿Qué factores se tienen en cuenta hoy día para desarrollar nuevos productos?

—Los factores sociales, las fórmulas, cómo lo podemos ofrecer dentro del catálogo, o si hay una necesidad puntual. Hay muchos estudios detrás de cada lanzamiento. Hoy existen los llamados global shoppers que son los que van por los aeropuertos buscando productos innovadores. Luego se adaptan a los distintos mercados, como el caso de la línea de brightening que es más asiática. Los perfumes también varían de un continente a otro. En Asia usan menos perfume que en Europa o Latinoamérica. Pero en términos generales el catálogo es muy similar.

—¿Y la mujer latinoamericana qué busca?

—Mucho tratamiento y maquillaje. La brasileña es un poco distinta, cuida primero su cabello, después el cuerpo y en tercer lugar el rostro. La base es algo bastante universal, pero la belleza latina está muy unida a la europea, especialmente a la española. Son mujeres que invierten en cosméticos, les gusta verse bien y le dedican tiempo. En uso de productos las campeonas son las asiáticas, que ocupan hasta 8 por ritual. La mujer latina hace un mix entre lo que es tratamiento y maquillaje, pero invierte más minutos por día.

Patricio Walburg es más que un domador de crisis. “He tenido la suerte de lanzar grandes productos, y lanzar marcas también, en los diferentes países que he vivido”, dice en un español afrancesado sentado en la mesa de su oficina en las afueras de París.

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La marca de la rosa —que este año celebra sus 80 años— tiene productos icónicos como el perfume La vie est Belle, que hoy es número uno en Francia y segundo en toda Europa. Y un éxito mundial como Génifique, que marcó un hito en la cosmética.

Caballero, bien vestido y prolijamente peinado —como cualquier parisino de pura cepa—, el ejecutivo que solía pasar los veranos en la casa familiar de Concón se atreve a vaticinar el futuro del rubro: “Estamos recién en el comienzo. Hay mucho por hacer, sobre todo a nivel polisensorial. Permanentemente aparecen nuevas texturas, funciones, los musk que usaban nuestras abuelas hoy están absolutamente de moda, o productos innovadores como los cushions, que son nuevos conceptos. Hay generaciones que llegan al mercado como los llamados millenials, y a la vez los seniors que buscan respuesta a sus necesidades. Hay nuevas texturas galénicas que las aplicas a la piel y se transforman, porque la investigación que hay detrás es muchísima. También una innovación potente en los cleansers, nuevas formas de limpiar el rostro que es el principio de toda rutina de belleza”, comenta.

Es viernes a última hora y ya no quedan empleados en las oficinas generales de las marcas de lujo del grupo L’Oréal. El ejecutivo no se muestra apurado, y ante la ausencia de secretarias llama un taxi. Lo espera, abre la puerta y se despide: “Vender belleza es una suerte y sobre todo en una gran marca como Lancôme”.