Una cara bonita es como un helado:

Aunque no es  ley, es conocido que la gente más atractiva es tratada de mejor forma que la menos agraciada. Esta injusticia de la naturaleza llevó a la profesora de Derecho y directora del Centro de Abogacía de la Universidad de Stanford, Deborah Rhode, a escribir el libro El sesgo de la belleza: la injusticia de la apariencia en la vida y en la ley. Por fin alguien que decía las cosas por su nombre porque el asunto puede ser serio: ser ‘dejado de la mano de Dios’ puede significar, incluso, una condena más larga en la cárcel. Rhode exigía una explicación  —ella misma confesó sentirse discriminada— y una de las respuestas vino de la sicóloga Ingrid Olson.

Según esta profesora de la Universidad de Pennsylvania, la belleza está grabada en nuestro cerebro de la misma forma que un helado: su sola presencia afecta nuestro juicio, ya que evoca las cosas buenas de la vida. Para demostrarlo, Olson mostró a un grupo de voluntarios fotos de gente linda y de no tanto. Y lo que descubrió es que una cara bonita precede una buena palabra o un razonamiento positivo de forma casi refleja. Pero esta predisposición sólo ocurre con caras atractivas y no si ante nuestros ojos ponen la casa o el vestido soñado. ¿Y qué fue eso de que la suerte de la fea la bonita la desea? Puede ser cierto, pero trabajan el triple.

El secreto de los irresistibles:

Según la ciencia, los humanos preferimos una cara promedio a una que se pase de la raya de tan exótica. Claro que estamos hablando de una ‘algo medio’ en términos matemáticos y no de una de aspecto normal hasta el bostezo. Científicos de la Universidad de California, San Diego, y de la Universidad de Otago, Nueva Zelanda, usaron fotos de personas reales y, por medio de un programa de computación las mezclaron creando un rostro promedio que —sorpresa— resultó ser el más atractivo de todos. ¡Por fin algo de sentido a eso de que los hombres prefieren a la ‘chica de la próxima puerta’ y no a la vampiresa de turno! Sin embargo, tras este descubrimiento no hay nada demasiado romántico. En realidad, se trata de un asunto de comodidad de nuestro cerebro que tiende a escoger lo que le parece más conocido, familiar y confiable. Según los investigadores, cada vez que conocemos una nueva cara, nuestras neuronas trabajan almacenándola en una especie de archivo caratulado simplemente como ‘cara’ y en el futuro, cuando nos enfrentemos a otra, buscaremos puntos en común. Y como los rostros promedios siempre están más cerca de este prototipo, resultan agradables.

Wp-Rostro-193La selección sexual trabaja a veces en sentido inverso favoreciendo las llamativas colas de los pavos reales o, en el caso de los humanos, los ojos claros, una mutación genética ocurrida hace miles de años en el norte de Europa. O sea, un rostro equilibrado más un ‘qué sé yo’ sería el secreto del éxito de los irresistibles.

Menos lindos de lo que creemos:

No hace mucho circuló un viral de Dove decidido a subir la moral a las mujeres. “Usted es más hermosa de lo que piensa”, era su mensaje. Para demostrarlo, la marca contrató a un artista forense que dibujó dos retratos hablados de una mujer: uno descrito por ella misma y otro por un tercero. Al final se comparaban ambos dibujos y, claro, siempre la versión del tercero era la más hermosa. Al parecer, todas las invitadas se tenían poca fe. La intención de Dove era noble: fortalecer la autoestima de las pobrecitas mortales. Pero la verdad, ya sabemos, es cruel.

Y en este caso, toda la evidencia científica sugiere que lo natural es creernos mejor de lo que en realidad somos. Este fenómeno se conoce en biología evolutiva como ‘sesgo positivo’ y no sólo nos lleva a pensar que somos mejores personas sino que también opera como una especie de ‘espejito, espejito’ buena onda. ¿Cuando se toma una foto el 80 por ciento de las personas siente que el ángulo no le hizo justicia? Pues bien, un experimento conjunto de las universidades de Chicago y Virginia (EE.UU.) fotografió a un grupo de hombres y mujeres y luego las imágenes fueron manipuladas para que parecieran mejor o peor de lo que en realidad eran. Acto seguido, los participantes debían reconocer cuál era su foto real y para eso les presentaron tres imágenes: una alterada positivamente, otra que los perjudicaba y una tercera sin ningún tipo de retoques. ¿Resultado? La mayoría eligió el retrato favorecedor. Y de verdad que ‘se la creían’ porque en una prueba de control fue esta imagen fotoshopeada la que los participantes reconocían más rápido como propia. ¿La explicación? Nuestro cerebro ubica con mayor facilidad los objetos que ya tenemos representados en nuestras mentes. Pero esta elección halagadora no corrió cuando se debía reconocer a un extraño: ahí la fotografía que se identificaba más rápido era la real. ¿Significa esto que nos creemos la muerte? Nada de eso. Este autoengaño es necesario para sobrevivir; para cada día encresparnos las pestañas con fe y salir a conquistar el mundo convencidas de que ahora sí nos vemos bien.

El mito de la mujer objeto:

Gomero o como se le llame, tendría una explicación biológica. Simplemente, opina la sicóloga Sarah Gervais,

nuestras mentes procesan de forma diferente las imágenes de hombres y mujeres, viendo a los primeros como a ‘un todo’ (personas) y a las segundas ‘por partes’,

nuestras mentes procesan de forma diferente las imágenes de hombres y mujeres, viendo a los primeros como a ‘un todo’ (personas) y a las segundas ‘por partes’, tal como se desmembraría a un auto o a una casa. Lo único que mitiga esta brutalidad es que detrás no hay mala intención, sino sólo procesos de percepción de la realidad que han evolucionado con nosotros desde que nos erguimos en dos patas en las praderas de Africa. ¿Quiere espantarse otra vez? Hombres y mujeres compartimos este sesgo. La Universidad de Nebraska-Lincoln realizó una investigación donde a un grupo de participantes se les presentó fotos de mujeres y hombres completos y vestidos, es decir, de personas.

A continuación, se les mostró pedazos de los mismos sujetos (brazos, piernas, labios, cinturas, etc.) y se les preguntó a qué personas correspondían. Pues bien, los voluntarios reconocieron con mayor facilidad los rompecabezas femeninos. ¿Qué significaría esto? Según Gervais, que durante la primera ronda de presentación de imágenes (fotos completas) las mujeres fueron percibidas ‘por partes’ lo que facilitó la posterior identificación de las distintas piezas de sus cuerpos. Los hombres, en cambio, fueron percibidos como una totalidad. ¿Y por qué ambos sexos cosificaron el cuerpo femenino? La explicación sería evolutiva: ellos dirigen su mirada a los indicadores de juventud y fertilidad de una posible pareja, mientras que ellas se fijarían en cómo anda la competencia. Nos comparamos. El mundo está lleno de ejemplos. ¿Quién se ha dado el trabajo de examinar por partes a Obama? Su mujer, Michelle, en cambio, ha sido desmembrada de pies a cabeza… Como sea, sus brazos son la envidia de cualquiera.

La pista oculta que revela nuestra edad:

Wp-ETaylor-193Elizabeth Taylor es una de esas bellezas inolvidables, literalmente ‘de película’, que incluso ha desafiado a los científicos a descubrir el secreto de su atractivo. Pues bien, además de contar con un rostro con las proporciones y la simetría perfectas, la sicóloga de la Universidad de Harvard, Nancy Etcoff tiene una teoría más novedosa: el contraste entre el color violeta de sus ojos, su piel blanca y el pelo negro habrían aumentado exponencialmente la belleza de la actriz. Bueno, seamos francas, un porcentaje mínimo nació con estos genes privilegiados… pero todavía es posible mantener la fe. Una investigación de la Universidad de Gettysburg, Pennsylvania, descubrió que entre las señales que las personas usan inconscientemente para descifrar la edad de una mujer (y, por tanto, su belleza) es el contraste entre las facciones de su rostro. Según el profesor Richard Russell —quien realizó el estudio junto al departamento de investigación de Chanel—, con los años los labios pierden su rojo natural, los ojos su brillo, las cejas se aclaran y la piel que rodea estos rasgos se vuelve más oscura.

Es decir, hay menos contraposición. Ahora, para hacer justicia a nuestras abuelas, la sabiduría popular descubrió esto mucho antes y la mejor prueba es la forma cómo se viene usando el maquillaje desde hace miles de años. En Mesopotamia usaban piedras semipreciosas molidas para contrastar ojos y parpados, y muy conocida es la forma en que los antiguos egipcios aplicaban el delineador para destacar sus ojos. Ya a comienzos del siglo XIX, en pleno Romanticismo, hombres y mujeres tomaban vinagre para verse pálidos y ellas pellizcaban sus mejillas a falta de rubor en barra. Hoy, la idea de la cosmética es verse natural, pero el principio del contraste sigue vigente. Es curioso, pero la mayoría nos obsesionamos con las arrugas cuando tratamos de camuflar la edad. Sin embargo, la persona que tenemos enfrente, inconscientemente, examina cuán vivo o apagado luce nuestro rostro y luego saca sus propias conclusiones. Lección: no se olvide de la importancia de ‘una manito de gato’.