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TV: La cacería

La desaparición y asesinato de 14 niñas en Alto Hospicio marcó no solamente la historia policial chilena, sino también la conciencia del abandono en que vive buena parte de la población más pobre del país. Eran chicas de una comuna formada por una toma de terreno de familias sin casa, en el borde de la pampa. Un paisaje desolado. A partir de 1998 algunas de esas familias veían cómo a cuentagotas iban desapareciendo muchachas sin que las autoridades parecieran preocuparse. La policía explicaba que no desaparecían, sino que se fugaban para prostituirse. El gobierno respaldaba la tesis, sin medir el daño que provocaba a los padres de las niñas: además de la desesperación ahora sumaban la vergüenza del escarnio público.

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TV: [ELLOS LA HICIERON] El sueño del capitalismo popular

Hubo alguna vez un candidato a la presidencia que sugería en sus campañas políticas que toda su fortuna había surgido de su trabajo constante y resuelto. En su versión de los hechos, las empresas que manejaba habían tenido su origen en un negocio infantil que consistía en criar y vender pollitos. Aquel candidato, evitaba referirse a que su pertenencia social lo dispuso desde su nacimiento en la cúspide de la élite chilena, con una prodigiosa carga de herencias sobre sus espaldas y una tupida red de parientes e intereses entre la clase alta. Mencionar ese aristócrata trampolín para la prosperidad no era útil para los efectos que esperaba.

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El cuerpo no miente: la desgracia ajena como entretención

Hubo una serie llamada Lie to me, en donde un experto en lenguaje no verbal descubría criminales con solo mirar sus gestos. La serie, protagonizada por Tim Roth, intentaba ser una especie de CSI, solo que en lugar de tecnología para recoger evidencias, se concentraba en la observación de los movimientos del cuerpo de los sospechosos. Pequeñas reacciones musculares que el especialista captaba al vuelo y resolvía difíciles casos. El mismo gancho utiliza el programa El cuerpo no miente
de Canal 13, solo que en lugar de ficción lo hace en el formato docurreality.

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Paquita Salas: una joya de plástico fino

La serie española del momento no es sobre asaltos a casas de moneda, ni sobre viajes en el tiempo. Tampoco es un culebrón de época. La serie de la que todos hablan es cómica, sentimental, absurda y hasta romántica, se llama Paquita Salas y es protagonizada por un actor con sobrepeso (Brays Efe) que interpreta a una representante de artistas cincuentona tan entrañable como torpe. Un placer que se hace fugaz en sus dos temporadas de cinco capítulos cada una. En los episodios de 30 minutos se reconcentran guiones que mezclan personajes reales y de ficción con ese desparpajo ibérico que tiende al exceso, la rutilancia y la verborrea deliciosa. Diálogos propios de una cultura que llena de palabreo la vida, en todos sus recodos, y transforma cualquier discurso, en un gesto de pasión que lleva al gozo. Paquita Salas fue estrenada en una plataforma web, pero su éxito fue tal que ahora está en Netflix.

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Pasapalabra, una metáfora de la meritocracia

Durante la primera mitad de los ’80, la mayor parte de la programación de la televisión chilena estaba dedicada a programas de concursos. Los había en los de mediodía y en la noche, gente que competía por ganarse una licuadora, un calefón o un auto.