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Todos somos Grecia

A veces me da por las preguntas raras. Voy del haikú japonés, tipo ¿cómo suena el aplauso de una sola mano?, a la aporía, ese razonamiento en el que surgen paradojas irreconciliables, como cuando al pensar en la nada se supone la existencia de algo, que se supone no existe. No lo hago tanto de manera ociosa y mecánica, motivado por alguna fantasía edificante –como la tan chilena “kinoterapia”- o por pesimismo inverso –“¿qué habría pasado si no me diagnostican a tiempo…?”- como por genuino deseo de conocer la verdad. Uno de mis tópicos favoritos dice relación con la naturaleza humana y su supuesta bondad o maldad intríseca, las motivaciones verdaderas de los actos y especialmente en plan autocrítico-autoflagelante.

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Palabra de hombre

A primera vista poco parecen tener en común un escritor italiano ya entrado en años, célebre y respetado en tanto académico de enorme peso intelectual, con otro japonés bastante más joven reconocido representante de la cultura popular. Y es que mientras Umberto Eco ocupa solemne su espacio propio dentro de la elite de la inteligencia más ortodoxa, Haruki Murakami destaca en los escaparates a medio camino entre el súper ventas y el escritor puro, ese que tiene algo que decir y lo dice con una artesanía propia, única e irrepetible. Por eso probablemente después de varias miradas tampoco se encuentren similitudes evidentes entre ambos y no sería raro, ya que bien podrían no tenerlas del todo, aparte del hecho simple de ser hombres y dedicarse a escribir. Pero lo cierto es que bastaría simplemente eso para discernir un tenue vínculo entre las respectivas últimas obras de uno y otro, “Número Cero” y “Hombres sin mujeres”, aunque a algunos más letrados que yo les parezca forzado. Ya verán.

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La gente está muy loca

Existe una idea generalizada de que algo no anda bien en la psiquis de los chilenos. Ciertamente, basta con ver las noticias para formarse la convicción de que es un problema que afecta a toda la especie humana. Sin embargo, a pesar de cierto rasgo auto flagelante egocéntrico (nos encanta creer que somos los más algo del mundo) de vez en cuando aparece algún estudio serio que confirma este triste liderazgo: en nuestro país las patologías mentales son epidemia.

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Qué le pasa a Chile

Durante los últimos días he estado particularmente intolerante con mi prójimo. Suena a inicio de confesión pechoña y mamona en extremo. Pero que nadie se equivoque, es una observación científico/técnica: mi capacidad de empatizar o, mejor dicho, para sobrellevar aquello que en idioma anglozajón llaman “bullshit” está al borde del límite –sin duda en virtud de la regla del rendimiento decreciente– y debo hacer grandes esfuerzos para recordar que cada uno tiene su infierno, qué nada de lo que hacen los otros tiene que ver con nada más que su propia neuro-programación, por lo que uno no se debe tomar nada personalmente, ni hacer suposiciones, etc. Consciente como estoy de que la mayor parte de la energía síquica homo sapiens está invertida en los llamados mecanismos de defensa –que tienen la particular función de “proteger” al yo de la realidad– por lo general experimento más conmiseración que molestia frente a la penosa falta de autocrítica, el protagonismo del ego y la tan chilena costumbre de responsabilizar a otros y victimizarse para eludir consecuencias o personalizar los conflictos, además de toda suerte de descalificaciones, desprecios, traiciones y ordinarieces del alma.

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¿Dónde están los sabios?

Si los chilenos no estuviéramos presa del más profundo sopor de la consciencia seríamos capaces de darnos cuenta de que somos un pueblo realmente privilegiado. Es cierto que padecemos injusticias e incomodidades, cual más, cual menos, y aunque la desigualdad vergonzosa dé la impresión de que “la gente” lo pasa peor que “los de arriba”, a fin de cuentas a la hora estirar la pata no debe ser ninguna gracia presentarse ante la parca como un sujeto tan pero tan pobre que solo tuvo dinero. Ya lo dijo aquel sabio que predicó en el monte la suerte del que ríe al último.