Era una tarde de diciembre de 2012 cuando el franco-canadiense Philip Larratt-Smith (35) caminaba nervioso por las calles de Shinkuju, un barrio de Tokio. Estaba a pocos minutos de visitar por primera vez el estudio de Yayoi Kusama en Japón. “Cuando entré no había más ruido que el de un pincel pintando sobre una tela”, recuerda Philip. Sin querer interrumpir, se quedó sin decir una palabra a un costado de la artista y miró cómo nacía una nueva obra de la mujer. Sobre una mesa, uno de los asistentes de Kusama dejó un plato con rodajas de manzana verde. “Tuvieron que cortarla, disculpa. Lo que pasa es que les da miedo que me suicide”, dijo la japonesa. “Oh, no. Por favor no lo hagas… Te necesitamos para montar el show”, le contestó Philip con una sonrisa nerviosa.

El efecto Kusama estalló en Latinoamérica en 2012 bajo la curatoría de Philip junto a Frances Morris. Colas interminables, personas acampando y toda una revolución cibernética en las redes sociales, ha sido el factor común de todos los países en los que Obsesión infinita se ha instalado. Chile tampoco ha sido la excepción al fenómeno de esta exposición, que ya ha sido visto por más de 2 millones de personas entre Argentina, Brasil y México y que se quedará en el Corpartes hasta el 7 de junio. “Revela la mente de Kusama”, dice su curador sobre las más de 100 piezas que se exhiben entre esculturas, videos, pinturas e instalaciones en una cronología que va desde 1950 hasta 2013. 

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Alucinaciones, millones y millones de puntos en colores flúor e infinitas repeticiones, dan cuenta del trastorno mental con el que carga la artista hasta el día de hoy. Nacida en la ciudad de Matsumoto, Japón, Yayoi Kusama (86) tenía diez años cuando comenzó a pintar patrones de lunares, que fueron lentamente dando cuenta de una obsesión y delirio y que hoy la coronan como la polka-dot princess o princesa de lunares de la escena del pop art. “Comencé a sufrir alucinaciones visuales y auditivas desde pequeña”, escribió la artista en su autobiografía Infinity net, una de sus tantas publicaciones. 

—Se habla de una “caída” o “desaparición” del arte de Kusama a principios de los ’70. ¿Qué fue lo que ocurrió con ella cuando llegó a Japón?

—Intentó replicar las obras que había hecho en Nueva York en Tokio, pero se encontró con una sociedad mucho más conservadora y finalmente, no lo logró. Fue en ese minuto cuando decidió internarse en un hospital.

Desde ese entonces, el hospital psiquiátrico Siwa es su actual hogar. “Como es una internación voluntaria, ella puede salir cuando quiera”, agrega Philip. Es así como, hace ya 38 años, la artista está radicada en la ciudad de Tokio y sólo se mueve —siempre escoltada por tres o más asistentes— en una cuadra, donde también está su estudio y taller. A pesar de estar internada, sus repetitivas alucinaciones y la obsesión no han cesado. “Es adicta a todo lo que se propone. La última obsesión que he notado, es la de su fama. Pero no cualquier tipo de fama. Ella no está interesada en verse en una portada de revista, sino que en la cantidad de gente que ve sus shows. Me pregunta cuánta gente va cada día y cómo va todo en Latinoamérica”, afirma el curador. Lo mismo ocurre con su fascinación con el sexo. A pesar de haber contado en su autobiografía que tiene un profundo trauma con las relaciones sexuales y que jamás tendría, es una de las temáticas más repetidas de su arte. 

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Su rutina también sigue patrones. De lunes a viernes comienza a pintar a las nueve de la mañana. Sólo hace un break y luego sigue hasta las cuatro o cinco de la tarde. A veces tiene reuniones, con artistas y otros curadores que la visitan. “Pero no quiere perder el tiempo juntándose con gente, prefiere pintar”, dice Philip. Después de terminar su jornada en el taller, vuelve a acostarse. Los fines de semana también se repiten. Apenas se despierta toma el periódico y lo lee completo y después escribe poesía.

—¿Cómo ha mutado la lectura que hace el público sobre el arte de Kusama con el paso de los años?

—Creo que mucho de lo que ella construyó en los ’60 fue muy radical para ese entonces. Han tenido que pasar muchos años para que finalmente las personas lo entiendan y lo aprecien de verdad. Hoy estamos en eso.

A pesar de que los sicodélicos pensamientos de Yayoi Kusama han causado furor a nivel mundial en sus exposiciones, la artista ha tenido que lidiar con una profunda depresión. “Un día puede estar muy arriba y es la mejor artista del planeta y al día siguiente, no quiere saber nada del mundo y tiene instintos suicidas”, cuenta Philip. La primera vez que vio a Yayoi en el Tate Modern de Londres, la artista llevaba puesto un conjunto de chaqueta y pantalón rojo y debajo llevaba una blusa roja con lunares blancos. “Se veía muy feliz ese día. Era Yayoi Kusama como la conoce el mundo entero. Pero era su imagen pública, no la Yayoi que conozco (…) ella es muy vulnerable. Siento que hago el papel de protector con ella. Claramente, somos amigos, pero lo que más siento es que la protejo”. 

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—¿Cómo proyectas el arte de Kusama?

—Definitivamente seguirá pintando hasta que no pueda más. Su meta es ser famosa en todos los rincones del planeta. Tiene la ambición de transformarse en una marca global y lo más interesante, es que siempre está en el lugar preciso en el momento indicado. Pero la verdad es que básicamente, Kusama quiere dominar el mundo.