Estuve por unos días en Chicago con tiempo para recorrer y perderme por las calles. Había estado antes, pero me quedaban muchas cosas pendientes por hacer y conocer. Nunca he visitado la ciudad en pleno invierno. Me imagino que el panorama es muy distinto.

Al llegar al aeropuerto de Chicago, tuve que encontrar el bus que me llevaría a Evanston, ciudad universitaria donde me quedé (a 40 minutos aprox. de Chicago). El nombre del terminal de buses me encantó: “Kiss’N Fly”. Evanston es una ciudad muy bonita, tranquila, llena de universitarios, ardillas, bicicletas, parques, playas y está a orillas de un lago.

Antes de viajar, siempre busco información en Internet sobre los lugares a donde iré. Esta vez, además de las páginas que me entregaban datos de la ciudad, encontré otras que me contaban de las actividades diarias, muchas gratuitas.

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Así que partí a pasear por las calles. Mi idea era ir recorriendo sin destino definido, con permiso para desviarme y meterme a cualquier parte. Además, me interesaba ver algunas de las actividades que había encontrado en Internet. Caminé por la gran Michigan Av., una calle preciosa en el centro de la ciudad donde no sabes a donde mirar.

La duda es si detenerse en los interminables y preciosos edificios –cada uno con alguna historia–, en las elegantes, tentadoras y muchas veces inalcanzables tiendas, en los preciosos arreglos de plantas de las veredas, en sus puentes y vistas, mirar los botes recorriendo el río o la gente.

También quería ver qué pasaba a la orilla del lago, así que caminé desde Michigan Av. hacia el lago del mismo nombre. Genial el panorama. A sólo unas cuadras del centro, del metro, de los buses y oficinas, te encuentras con el lago, sectores de playa con un grupo de gente adulta haciendo carreras con el pie amarrado, y otras personas nadando y tomando sol. La orilla del lago a lo largo de la ciudad tiene amplias veredas para los deportistas, donde muchos corren, otros andan en bicicleta, caminan o patinan.

Durante el verano son muchas las actividades gratis que hay en la ciudad. Yo sabía que habría música en la tarde en el Millennium Park, por lo que después de mi caminata por el lago, me fui para allá. Un lugar lleno de cosas para ver, como el pabellón de conciertos Jay Pritzer, las fuentes de agua The Crown Fountain, el Cloud Gate y algunas esculturas.

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El parque comenzaba a llenarse de música. Ese día había un grupo de Puerto Rico tocando. Lleno de gente, todos con sillas, chales, aperitivos, bailando, pasando una tarde y noche genial. Había que quedarse y participar.

Difícil escribir en tan pocas líneas todo lo que se puede hacer en esta ciudad. Caminé muchísimo, y el metro y buses me llevaron a todas partes. Recorrí museos de arte y de historia, subí a las torres altísimas para ver la ciudad desde lo alto. Observé Chicago de día, al atardecer y de noche.

Conocí el sector financiero, las calles de los espectáculos y teatros, una de las tiendas de materiales de arte –donde pasé horas queriendo traerme todo–, y el acuario de la ciudad. Anduve en bote para mirar la ciudad desde el agua, el Navy Pier, la preciosa y gran Buckingham Fountain (que es una de las fuentes más grande del mundo) y el Lincoln Park Zoo, distinguido como el zoológico más antiguo de Estados Unidos. También recorrí Northwestern University y Evanston en bicicleta.

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Fui al barrio de moda de Wicker Park, un lugar lleno de bares, restaurantes, tiendas de moda, estudios de artistas y galerías de arte, donde se pasean style hunters y fashion bloggers en los alrededores de las estaciones Division, Damen y Western de la línea azul del metro.

Y muchas cosas más. Pensé que me sobraría tiempo estando 15 días, pero no, nuevamente me quedaron muchas cosas por conocer.

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