Inconfundible con su pelo negro bien atado en una cola, los ojos grises y su andar agitanado, la bailarina Sara Nieto llama la atención desde lejos. No puede ser otra aquella silueta delgada que con cigarrillo en mano se pasea ante la puerta de su instituto de danza en calle Cerro Colorado, en Las Condes. 

Lo cierto es que esta uruguaya —quien conserva el acento pese a sus veinte años hechos en Chile— tiene más dulzura de lo que proyecta su imagen pública. Detrás de ese carácter reservado, estricto, existe una abuela de dos nietas, que se desvive por enseñar y por alcanzar sus sueños. “Me he propuesto metas alcanzables, ya no estoy para imposibles”, dice mirando directo, desde el otro lado de su escritorio, en una oficina estrecha y poco iluminada, atiborrada de artículos para ballet y fotos familiares.

Con 67 años y casi veinte sin subirse a los escenarios, Sara ya cumplió con uno de sus sueños: dirigir su propia compañía de ballet. Lo hizo de la mano del Teatro Nescafé de las Artes, donde montó su tercer espectáculo para estas vacaciones de invierno: La Cenicienta.

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“Es un trabajo enorme; todos los bailarines son profesionales clásicos que no tienen dónde trabajar porque el Municipal cuenta con pocos cupos y muchos se quedan sin tener donde desempeñarse. Así que tenemos un plantel de base y, además, cada temporada hago audiciones porque siempre nos estamos renovando. Es lindo —reflexiona—. Me encanta trabajar con gente joven y que tiene ganas de bailar”.

La idea, hasta ahora, es montar dos obras al año: en julio (para las vacaciones de invierno, desde que el año pasado partieron con Coppelia) y diciembre, luego del éxito alcanzado a fines de 2014 con El Cascanueces, obra que pretenden transformar en una tradición navideña. “En todas partes es un infaltable en Navidad, pero el Teatro Municipal no siempre lo da. Es una oportunidad; se trata del espectáculo con más ganancias, lejos. Entonces, ¿por qué no montarlo todos los años?”.

Con esa misma pasión Sara se ha tomado su vida entera. Partió en el ballet a los tres años. A los ocho sus padres la inscribieron en la Escuela de Danza del Sodre, la más prestigiosa de Uruguay. Obtuvo su primer protagónico a los 16 años como el Hada de los confites de El Cascanueces.

En 1980, ya casada y con dos hijos, aterrizó en Chile contratada por el Teatro Municipal de Santiago y después de seis años ya era primera bailarina, sitial desde el que logró el centenar de presentaciones. En 1996 Sara se subió a un escenario por última vez, otra vez en el Teatro Solís de Montevideo, su ciudad natal.

Hoy asesora nada menos que a Julio Bocca en su rol como director del nuevo Teatro Sodre en Montevideo. El famoso edificio estuvo inhabilitado durante cuarenta años luego de un devastador incendio. Pero desde hace cinco se encuentra refaccionado y con el artista argentino al mando. “Formó una compañía con bailarines maravillosos; uruguayos, argentinos, brasileños”. Con él, Sara hace poco estuvo montando Giselle.

Eso, mientras que en Chile con su compañía en el Teatro Nescafé de las Artes cuenta con un staff de una treintena de personas, incluyendo a los bailarines. “Es harto trabajo; antes tenía sólo la escuela de ballet que funcionaba desde las tres de la tarde hasta las ocho de la noche y nada más (dice sobre su instituto de danza en Cerro Colorado). Pero ahora debo preparar las coreografías, los ensayos. Es un trabajo agotador, pero me encanta, adoro estar cansada y estresada. Me gusta estar así, activa”.

Comparando ambas experiencias, la uruguaya y la chilena, Sara no duda en reconocer que, más allá de la cercanía geográfica, culturalmente existe un mundo de distancia. “Con Giselle llegamos a vender catorce funciones, todas repletas. Allá la gente habla de ballet, es muy popular. Acá das obras de teatro y no va nadie. Más que el teatro, la ópera o el ballet, la gente prefiere ir al cine… No quiero criticar a los chilenos, pero los fines de semana, ¿cuál es el panorama? Ya, salgamos el sábado, y vamos a cenar. Nadie dice vamos al teatro y después a comer. En Uruguay y Argentina es al revés: nadie va a comer si no va primero al teatro”.

—Las comparaciones son odiosas. Pero siendo así las cosas, ¿por qué prefiere seguir en Chile?

—En Uruguay no me necesitan. Acá por lo menos aporto un granito de arena para que la gente tenga más conocimiento del ballet. Puedo entregar un poco más. Y quién sabe si más adelante logre montar más de dos obras al año. Soy realista, voy piano, piano.