Cuando Filipa Eyzaguirre (29) decidió dedicar sus días al arte, nadie se sorprendió. Mucho menos su madre, Francisca Valenzuela (50), quien desde hace tiempo ya vislumbraba el talento de su hija. Ella misma había consagrado su vida entera a esta pasión, estudiando Licenciatura en Arte en la Universidad de Chile, para luego especializarse en pintura en el Corcoran School of the Arts & Design en Washington. Por ello, en el instante en que su hija le confesó que deseaba seguir sus pasos, Francisca pudo entrever cómo el legado familiar continuaba vivo. Al parecer, el amor por los pinceles era cosa de sangre. “Vengo de una familia de artistas. Mi mamá es pintora, mi abuela también pinta y mi tía es escultora. Así que crecí en un ambiente en donde el arte siempre estuvo presente”, confirma Filipa.

Desde niña visitaba los talleres familiares y, sin miedo a ensuciarse, creaba esculturas y coloreaba las telas. Entre la solemnidad y el desorden de los talleres, sacaba afuera todo su potencial de niña, experimentaba y, de a poco, descubría su capacidad. Para profesionalizarse, estudió Bellas Artes en la Universidad Católica de Chile y después trabajó en España, Francia y Canadá. Coronando una carrera que despegaba con la misma fuerza con la que crecía la de Francisca. Así, madre e hija, unidas por la misma pasión, lograban una conexión única. Los pinceles se transformaron en el cordón umbilical de una relación que, desde entonces, se levanta intacta.

Hoy, son vecinas de taller. Inmersas en su universo de colores, Francisca y Filipa hacen gala cada una de un estilo diferente. Impronta que las destaca y ubica en el panorama artístico chileno. El trabajo de Francisca está marcado por un juego entre materiales y colores, que se caracteriza por una libertad de expresión en donde las líneas se funden en una vastedad de matices. Filipa, en tanto, investiga el tránsito mismo de las personas, su movimiento y devenir, lo irrecuperable en yuxtaposiciones y tejidos superpuestos. “Luego de años desarrollando nuestros propios métodos, nos preguntamos cómo sería juntar estos trabajos para hacer dialogar las obras”, dice Francisca. Tras esta idea, surge “De lo transitorio e irrecuperable”, una exposición que pretende transmitir la fugacidad de la vida y la levedad del universo, un eje que las dos desarrollan y que estará abierto al público desde el 26 de abril al 16 de mayo en la Galería de Arte La Sala.

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A través de una conjunción de sutilezas, las artistas intentan transmitir lo que pasa actualmente en el mundo y que, para muchos, transita imperceptible. “Por un lado, cada vez somos más sofisticados gracias a las tecnologías, pero hay una esencia animal que nos alarma y que se puede ver en todo lo que está pasando. Las migraciones, la brutalidad, los genocidios. Todo eso lo plasmamos en nuestras pinturas, pero cada una lo hace con su estilo”, dice Francisca, quien, además, acaba de convertirse en ganadora del Premio Elena Caffarena 2016 en la categoría arte, por un trabajo que también desarrolló codo a codo junto a Filipa.

“Vida Nueva” fue un proyecto que concretaron en colaboración con niñas en riesgo social de la Fundación María Ayuda. Francisca entregó sus obras para que las jóvenes depositaran su talento, interviniendo libremente los lienzos. Filipa, en tanto, cooperó en la parte teórica. A través de estas pinturas, las artistas intentaron transmitir parte del maltrato y abuso sexual que se vive en Chile. Algunas de estas obras fueron seleccionadas por el Banco Mundial en Washington para ser presentadas en la exhibición “1 in 3”, dedicada a la violencia de género en el mundo. Una seguidilla de colaboraciones que viene a demostrar un potencial artístico que va mucho más allá de los genes. Madre e hija logran una unión de formas, colores y texturas. Así, De lo transitorio e irrecuperable se levanta como el puente de conexión entre dos lienzos, en una combinación perfecta entre talento y linaje.