Al recorrer los salones de la Galería Borghese, en Roma, quedas casi sin aliento entre las más sublimes obras de Bernini, Caravaggio, Botticelli, Tiziano y Rafael. La visión es casi un sueño de historia del arte; la historia de la Humanidad pareciera esculpida y pintada en sus paredes y sobre esos pasillos del más exquisito mármol.

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Por estos días, entre las obras de los grandes maestros de la antigüedad, se mezclan las de un genio de nuestro siglo, un escultor de la moda: el tunecino Azzedine Alaïa. En la retrospectiva, que abarca los últimos 30 años de su trabajo, es posible ver algunos de sus más icónicos modelos, los que proyectan femineidad y sensualidad en cada milímetro de tela; los que destacan las curvas y formas femeninas con delicadeza y esculpen el cuerpo de quien los luce. ¡No es casualidad que antes de dedicarse a la costura haya estudiado escultura en la Escuela de Bellas Artes de Túnez!

Allí estaba el vestido de satín bordeaux que en el ‘85 –cuando yo salía del colegio– lució la exótica Grace Jones en su papel de “chica Bond” junto a Roger Moore en “En la mira de los asesinos” y también el dorado que fue creado originalmente para Tina Turner. Hay más de 60 creaciones que son la razón de que nombres como Philippine de Rothschild, Greta Garbo, Victoria Beckham, Sofia Coppola y Michelle Obama se hayan rendido a sus creaciones y que Naomi Campbell lo llame sencillamente “papá”.

Las yuxtaposiciones entre las obras clásicas y los modelos de Alaïa fueron cuidadosamente logradas por Mark Wilson, curador de la muestra y antiguo conocido del creador tunecino, quien consiguió la fluidez visual entre las piezas históricas del museo y las creaciones del diseñador.

En mis oídos sonaron las palabras de Iván Grubessich, el diseñador chileno que trabajó junto a Alaïa en París y a quien el diseñador llama familiarmente “ciseaux”. Con él había conversado de la muestra antes de ir a Roma y sus comentarios le daban una perspectiva más cercana al mirar cada detalle de los tejidos y cortes de cada pieza. Allí estaba el vestido blanco, largo, de gasa, con aplicaciones de tachas doradas en sus bordes, creado en los tiempos en que Iván pasaba horas y horas aprendiendo en el taller. El peso es impresionante, me dijo, pero sólo él logra el control de la creación manejando el soporte y el equilibrio del diseño; gracias a ello, quien lo lleva solo siente la ligereza de una creación única.

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Es que sus diseños parecieran simplemente envolver el cuerpo de la mujer. ¿Sensualidad? Sí, en su más delicada y elegante representación. Sigue los músculos del cuerpo, sus formas, su movimiento, destaca la figura femenina… crea una segunda piel. Para ello elige con absoluta dedicación cada tela o las inventa y las producen para él, mezcla texturas y trabaja con la aguja y las tijeras, con la misma precisión que un escultor sobre su obra y logra hacer aparecer la elegancia natural del cuerpo femenino.

Alejado de la farándula y aun así reverenciado por sus pares, por las grandes modelos y por su fiel y muy exclusiva clientela, es un hombre de carácter reservado que muestra sus colecciones cuando se siente listo para ello. Las Semanas de la Moda ni le preocupan ni le presionan. Su agenda creativa es exclusiva e independiente y cuando cita para una presentación, el mundo de la moda se vuelca para celebrarlo.

En fin, mi visita a Roma fue un baño de arte y belleza y mi paso por la Galería Borghese un verdadero sueño de sensualidad y elegancia atemporal.