Probablemente en algunas décadas, cuando ni el entrevistado ni la periodista estén sobre la Tierra y este texto quizá ni siquiera pueda hallarse en una biblioteca, todavía nuestros hijos y nietos podrán observar las cerca de 250 esculturas de Mario Irarrázabal en el Parque San Borja. Quizás habrán crecido con ellas como parte del paisaje urbano de Santiago y —como sucede con el arte— marcarán momentos trascendentales de sus respectivas vidas. Entremedio de las obras, tal vez, darán un beso o llorarán en silencio después de una pena dura. En algunas décadas más la vida de la gente seguirá su curso, como la nuestra y las de los que vinieron antes, y ahí estarán las obras del escultor, como pequeños tesoros de metal en medio de los árboles y el pasto.  

Fue un sueño concebido por casi dos décadas: un museo al aire libre, con toda su obra, al alcance de los ciudadanos comunes. Una especie de ejercicio democrático. Sin muros ni luces artificiales y con la naturaleza cambiando el color del bronce. Por años ofreció sus esculturas a diversas instituciones en todo Chile y una mezcla de desidia y burocracia nunca permitió que Irarrázabal tuviera éxito. “No me había dado cuenta de lo difícil que era hacer un regalo”, señala con humor el artista sobre su inédita donación. Fue la alcaldesa de Santiago, Carolina Tohá, la que finalmente se interesó por aprobar el proyecto. Y ahora cinco estudios de arquitectos intentan ganar el concurso público que dará forma definitiva al Parque Museo Humano del San Borja, que se abrirá al público entre fines de 2016 y 2017. 

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Irarrázabal no lo dice pero, seguramente, el esfuerzo por su museo unipersonal se explica por las ganas inmensas de no repetir las historias tristes de algunos escultores chilenos. Y es él mismo quien las relata con cierta amargura. “El caso de Samuel Román fue muy traumático. El murió con la intención de dejar un galpón enorme que tenía en Macul con sus obras. Pero la familia, salvo un hijo, lo único que hizo fue deshacerse de todo”. Y sigue con Marta Colvin: “Ella entregó un fundo enorme a la Universidad del Biobío a condición de que en ese campo, en Chillán, conservaran la casa donde vivió e hicieran un pequeño museo. Pero una parte de la familia no estaba de acuerdo y tiene una colección por otro lado. Algo similar sucedió con  Lily Garafulic”. También habla sobre el legado de Juan Egenau: “Un gran escultor chileno, un gran profesor de la Universidad de Chile. La familia se quedó con algunas piezas, el Museo de Bellas Artes tiene una, pero no quedaron publicaciones buenas de él. Entonces, para efectos de un escolar o un extranjero, es igual a que Egenau no hubiera existido”. A veces, cuenta Irarrázabal, llega gente de fuera y le pide conocer de escultura chilena: “Y yo no sé qué hacer”. 

Lo grafica con el siguiente ejemplo. Un ejercicio de ciencia-ficción, dice él. “Supongamos que cada poema de Neruda fuera una obra única, como es el caso de las esculturas de piedra o madera. Y que todas se hayan vendido, porque el hombre tenía que vivir. Entonces, habría un verso de Neruda en Tokio, otro en Londres y alguno en Santiago, en la Biblioteca Nacional. El resto estaría en manos de gente que compró y que tendría pedacitos de Neruda en sus casas. Eso sería Neruda. El patrimonio se acabó, nomás. Y recuperarlo es muy difícil. Se puede, pero es un trabajo tremendo y costoso”.

—Tampoco parecen haber lugares adecuados para el arte en el espacio público.

—Lo mejor que hay en Chile para mostrar esculturas en un lugar público es la Universidad de Talca. También está el proyecto La Pastora de Las Condes, que es bonito y reúne ocho esculturas de cierto calibre. El que originalmente era un buen proyecto, pero la antigua corporación lo destruyó, es el Parque de las Esculturas en Providencia. Comenzó con cierto rigor, pero luego se empezaron a recibir donaciones de todo tipo. Para qué decir el Parque Bicentenario de Vitacura, que podría haber sido algo precioso. Pero ahora se meten cosas sin criterio alguno y ya es casi como un chiste.

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—¿Qué es lo que ocurre en Chile?

—Es una pregunta lógica: basta ir a Buenos Aires para darse cuenta de lo que es una ciudad latinoamericana con un nivel cultural veinte veces más grande, a pesar de su situación económica, donde el Estado finalmente se hace responsable. Me llama la atención, por ejemplo, que en Chile no exista un Museo de Arte Contemporáneo. Y ¿en qué consiste? No puede tener un signo peso. O la falta de signo peso, que es el caso del museo de la Universidad de Chile, que no tiene presupuesto y no es capaz de asumir el papel que le corresponde. Debería tener la misión de velar constantemente por dar a conocer y estimular a valores jóvenes. Y eso por mucho tiempo se ha dejado en manos de las galerías, lo cual es bastante complejo.

—¿Porque tienen un objetivo comercial?

—Porque las galerías, efectivamente, tienen un objetivo comercial. Lo lógico sería que hubiese un sistema como en Alemania, por ejemplo: salas de exposiciones estatales en todas las ciudades. Y después algunas a nivel nacional. A mi juicio, el arte en Chile está a la deriva. La institucionalidad cultural es muy débil y el tiempo va pasando y se demoran las cosas. Por ejemplo, si se hace una aberración total, como instalar una escultura horrible de 30 metros, no hay ninguna autoridad que saque la voz. Son todos unos cobardes. Los directores de la escuela de arte, del museo, del Consejo de la Cultura, ¡todos!, ¡todos cobardes!

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—¿Qué medidas tomaría usted?

—Sin dudarlo iniciaría un proyecto de Museo de Arte Contemporáneo liderado por un extranjero. Para borrar un poquito todas las peleas internas y la falta de visión. El Museo de Bellas Artes yo también lo tendría en las manos de un extranjero. 

No existen museos unipersonales en Chile, salvo el de Federico Assler en el Cajón del Maipo, que no es del Estado y existe gracias a la iniciativa del propio artista. Un modelo que Irarrázabal ha mirado con atención es el de Eduardo Chillida en el País Vasco, el impresionante Chillida-Leku, donde se pueden apreciar las enormes piezas del escultor en un predio inmenso y bello. En el Parque Museo Humano, cuenta, “la mayoría de las piezas estarán al aire libre para que todo el mundo las toque y les saque fotos”. Además, tendría unos dos pabellones pequeños: uno para cobijar las piezas intermedias y otro para las más delicadas y menos importantes. Como Irarrázabal es tremendamente ordenado con su archivo, también se podrán contemplar fotografías y bocetos de sus esculturas, además de los poemas inéditos del artista que van ya por su cuarto volumen.

Habrá un ejemplar de cada una de las esculturas que ha creado y todas las que alcance a realizar hasta su muerte. Las piezas se encuentran en su casa-taller de Peñalolén y, como caballos esperando arrancar al filo de una carrera, parecen impacientes por salir a la calle. El artista las muestra con delicadeza antes de la conversación: un rito previo con el que pretende decir –sin explicitarlo- que en ellas se encuentran todas las respuestas: “Toda la obra mía es una sola obra. Si la divides, es como si a una película o novela yo le sacara partes”, señala para explicar por qué buscó con tanto ahínco su propio museo. “Yo tengo ciertos temas que son clave —como lo femenino, la pareja, lo mágico de la vida, los derechos humanos, lo religioso—, pero me gusta que haya contrapunto. Puede haber una escena espantosa y al lado una figura de una mamá dando a luz. Así yo veo la realidad y así la he vivido. Todo tiene claros y oscuros”.

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Muchos años antes de que la donación a Santiago tuviera visos de realidad, Irarrázabal imaginó un museo al aire libre cercano a su casa, para los pobladores de su comuna. Pero iba a tener obras muy distintas al Parque Museo Humano: en cerámica, muy lúdicas y de colores. Alcanzó a hacer cinco, el proyecto no resultó, perdió todo el dinero, pero en esta conversación el relato le sirve al artista para reflexionar sobre sí mismo: “Yo siento que soy alegre y optimista”. Y claramente lo es: casi siempre se le ve risueño y tiene un humor cándido, particular. En los 80, por ejemplo, en un catálogo publicó una frase de su pequeño hijo Emmanuel: “Mi papá es famoso. El perro del vecino también es famoso”.  Además, Irarrázabal bromea sin problemas con la cojera que lo acompaña desde la infancia después de contraer polio en ambas piernas: “Camino chueco, pero busco el camino derecho”, escribió alguna vez. Pero ese mundo luminoso no ha marcado sus obras: “Me sentí responsable de dar cuenta de todos los problemas sociales de Chile, de la pobreza y después de los asuntos políticos. Siento que tengo una parte del alma que no se ha expresado bien. Es una deuda que va a quedar pendiente”.

Mario Irarrázabal Covarrubias, a sus casi 74 años, ha tenido muchas vidas. Y su existencia —como el conjunto de su obra— tiene cierta complejidad.

Es el tercero de siete hermanos varones que se criaron en una casona inmensa del abuelo senador en calle Catedral con Teatinos. Cinco familias, 31 primos, patios con caballerizas, 13 empleadas. Su padre era un abogado reconocido: Raúl Irarrázabal, diplomático del Partido Conservador, un hombre público y de derecha. Su madre, Elena Covarrubias, “sabia y callada. Siempre acataba”. Cuando Mario tenía siete años se mudaron a un nuevo hogar en Providencia: “Mi papá era una persona ambiciosa y se construyó una casa en Marchant Pereira con Eliodoro Yáñez con el mejor arquitecto de la época, Alberto Cruz Eyzaguirre”. Era una copia de un ala del Palacio de Versalles: idénticas las molduras y hasta las ventanas. “Yo era muy de derecha, como reflejo de mi papá”, relata el escultor en una mañana fresca de primavera. “Estaba muy orgulloso de la casa, de las estatuas de mármol, de las pinturas”. Hasta que el colegio —el Saint George— influyó en cambiar de a poco su forma de ver el mundo: “Empezamos a ir a misiones, a conocer la realidad. Construíamos casas en las poblaciones. Comencé a darme cuenta de que había otro Chile”.

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En algún momento de su adolescencia deslizó el proyecto de ser artista: “Pero mi papá me dijo de frentón que eran todos homosexuales”. Lo que permitía una familia tradicional como la Irarrázabal era ser abogado, ingeniero, médico y —con una mezcla de dolor y orgullo— hacerse cura: “Y me fui al seminario, porque tenía vocación religiosa”. Cuenta que su decisión tuvo un fuerte componente social. En 1959 tenía 19 años y viajaba a Minnesota para ingresar al noviciado de la congregación de Santa Cruz, de los curas del Saint George. Luego en Indiana estudió Filosofía, en la Universidad de Notre Dame. En Estados Unidos, dice, tuvo sus primeras lecciones de democracia: “Mi apellido, fuera de ser impronunciable, no tenía valor alguno. Y ser latinoamericano, tampoco. Tenía sentado al lado al hijo de un granjero y, al otro lado, al hijo de un banquero. Cada cual valía por lo que era. Gradualmente me rebelé contra lo que había sido mi vida hasta entonces”.

Después viajó a Roma para estudiar teología en la Universidad Gregoriana —escuela de papas y obispos—, donde nació un nuevo Mario Irarrázabal. Con el 96 por ciento del apoyo de sus compañeros, resultó electo dirigente universitario, con un programa de reforma académica bajo el brazo. Su gestión fue un éxito: lograron cambiar al rector y el sistema de estudios. Si antes todo era en latín, se incluyó el inglés, el francés y el italiano. Los textos también se modernizaron. Antes de regresar a Chile, sin embargo, hizo una parada de dos años en un destino esencial en su vida: Berlín Occidental. Lo esperaba el escultor alemán Waldemar Otto, a quien había conocido en Estados Unidos. Entre 1967 y 1968 se formó con el artista y se cobijó en su familia. De paso, dice Irarrázabal, viajaba continuamente a la RDA y conoció “lo peor del comunismo”. “Otras personas como Michelle Bachelet vivieron lo mejor de ese mismo sistema. Pero yo lo encontré espantoso”.

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Entonces, con el Concilio Vaticano II en el cuerpo, pero también con el antiestalinismo, regresó a Chile en 1969, después de diez años. Pronto colgó la sotana, sin traumas: “Yo fui todo el tiempo evolucionando y fueron pasándome cosas. Nunca tuve una crisis, como el resto, y nunca sentí que estuviera dejando nada. Simplemente no quería ser parte de un aparato de poder. Porque yo decía que quería seguir a San Francisco de Asís. Hasta el día de hoy tengo una fe fuerte, pero soy súper crítico”.  Y en esos años de ambiente político polarizado, Irarrázabal se sentía un hombre de izquierda y comenzó a participar de los cambios sociales del gobierno de Allende. Sus posiciones antipartidistas y de no-violencia activa, sin embargo, no se entendían del todo entre sus amigos de la Unidad Popular. 

Pero nunca llegó a militar y, según señala, no participaba de ninguna agrupación o movimiento. Por eso hasta ahora no se explica las razones que llevaron a la DINA, en 1974, después del golpe, a tomarlo prisionero. Estaba en la casa de unos sacerdotes del Comité Pro Paz cuando llegaron Miguel Krassnoff y Osvaldo Romo. “Me acusaron de ser contrabandista de armas con Moscú y de pertenecer a la célula número 3 del MIR. Todo era surrealista”, señala Irarrázabal. Su padre había sido el primer embajador de Augusto Pinochet en Alemania y algunos de sus hermanos, amigos de Jaime Guzmán, del incipiente gremialismo y cercanos al Opus Dei. “Sospecho que deben haber pensado ‘En algo debe andar metido’, como la mayoría de la gente de derecha de esa época”, recuerda ahora Irarrázabal.

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“Me llevaron a Londres 38. Por no comer, no dormir, por los nervios, empecé a tener alucinaciones. Comparado con lo que le hacían al resto, las torturas y los interrogatorios que me hicieron eran sencillísimos. Me pegaban, pero nada de cosas eléctricas, quizá por el cargo de mi papá. Siempre estábamos vendados y esposados y ellos hacían sonar las metralletas para simular un inminente asesinato. Sacaban a uno de la pieza y volvía hecho pedazos. Nunca sabías si eras el próximo. A mí me interrogó un psicólogo de la DINA. Me preguntaba por la relación entre la Iglesia Católica y los partidos. Sospecho que éramos dos o tres grupos, de unas 15 a 20 personas. Nunca te llevaban al baño cuando lo necesitabas, era parte de la tortura. Al cuarto día nos trasladaron al Estadio Chile. Fue una experiencia muy hermosa, aunque suene muy extraño. Viví momentos de solidaridad, de cariño. Después de otros seis días, el obispo Sergio Valech y un hermano abogado ligado al mundo de los derechos humanos me fueron a buscar. Diría que estuve prisionero dos años. Así de fuerte”.

Desde entonces, Mario Irarrázabal realizó por muchos años arte de protesta. De alguna forma, cuenta, “sentía una obligación de dar a conocer el horror”. “Está claro que la tortura marcó mi obra. Pero por mi fe y por ser partidario de la vía no violenta tengo una actitud de no revancha”. ¿Su gran lección de ese tiempo oscuro? “Que todos tenemos la opción de ser tremendamente malos y tremendamente buenos”, reflexiona el escultor. 

A diferencia de lo que ocurrió en su infancia, su mundo actual está lleno de mujeres: además de su esposa Rina, cuatro de sus cinco hijos son niñas. Y habla de ellos con tremendo orgullo, en esa mañana fresca al aire libre, a metros de su casa y de su taller. Ahí están todas sus esculturas, que observan la escena como si tuvieran vida propia. También deambula por el patio la gata Juanita, que a diferencia del perro del vecino, no es tan famosa.