Lleva una década dedicado al interiorismo. Estudió diseño de ambientes y objetos en la Universidad Finis Terrae y luego partió a Barcelona para un master en la Universidad Politécnica de Cataluña. “Ahí confirmé que ésta era mi pasión”.

El gran paso fue a comienzos de este año, cuando tras una década a cargo de los proyectos del área de interiorismo y diseño de una gran inmobiliaria, se independizó y creó Cristián Preece Experience Design, precisamente con el objetivo de “generar experiencias de diseño”.

Junto a un equipo integrado por una arquitecta, una diseñadora y otra decoradora, trabajan con encargos de particulares e inmobiliarias desde los primeros planos hasta la obra final, proyectando la funcionalidad de los distintos espacios, así como la materialidad de los ambientes y, por último, la decoración. “Una cocina bien diseñada, por ejemplo, permite que los tiempos de preparación sean más breves”, explica.

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Hoy su estudio trabaja con una segunda vivienda en el Cerro El Morro de Zapallar (el arquitecto es Jorge Figueroa) donde el encargo de los propietarios es “sentirse cómodos y poder andar descalzos, sin presiones ni tener que cumplir con el deber ser”, cuenta.

Se suma un proyecto —ahora en etapa de planos— de una gran casa en Las Condes, donde el desafío es otorgarle calidez más allá de la amplitud (contempla un total de 1.000 metros cuadrados construidos).

En la “Venecia de América”, nada menos que en Fort Lauderdale, Preece presenta a CARAS su último proyecto. Una casa a orillas de uno de los tantos canales que caracterizan a este exclusivo sector de Miami. “La vivienda era demasiado gringa; amarilla por fuera, tiesa por dentro, con muebles muy pesados”, cuenta al tiempo que reconoce que se trató de un desafío tremendo: “Tuvimos que darle soltura, hacerla acogedora”. Los propietarios pedían espacios íntimos, lo que se logró con una paleta de tonos neutros en combinación con otros más cálidos, de grises y beiges —o greige, como él define—  y materiales que incluyeron tapices de lino, cortinas de gasa, mucha madera, espejos envejecidos, plantas tropicales y un programa de iluminación que contribuyó a acentuar la calidez.

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El día que entregó el encargo, Preece aplicó su sello: recibió a los dueños con velas, flores, música. “Fui al supermercado y en el refrigerador les dejé todos sus alimentos favoritos, desde el yoghurt griego hasta una buena botella de vino blanco muy helado. También contraté una nana y saqué una sola llave para todas las cerraduras y así hacerles la vida más simple. Eso es lujo para mí: poder sentirte relajado, cómodo. En un espacio donde puedes tener un sofá de un metro de profundidad y transitar sin chocar con nada. En el fondo, ¿qué es el lujo? Poder alcanzar la felicidad”.