Frío mediodía de una primavera mentirosa de octubre. Matilde Pérez Cerda (95 años, viuda, un hijo), mira de reojo desde un rincón de su casa en Las Condes. El jardinero corta el pasto y a ella le pica la nariz. Días antes, y como toda una rock star, llegó a la Fundación Telefónica para el lanzamiento de su retrospectiva Matilde x Matilde, Espacio móvil —abierta hasta enero del próximo año—, donde en casi dos mil metros cuadrados hay una condensación de su obra, desde lo figurativo, pasando por lo geométrico, hasta su creación cinética. Allí también se van a colgar los antiguos teleféricos pintados especialmente por ella, a fines de octubre.
En las paredes de la exposición hay escrita una de sus tantas sentencias. Una que la ha caracterizado en su carrera y que nos hace entender mejor por qué, a estas alturas de su vida, sigue creando. “El movimiento es el problema de la vida. Si tú miras el universo, es movimiento. Y tu vida, si vas para una esquina o para la otra, es un permanente movimiento mental”.




“SU MAYOR VIRTUD ES LA TENACIDAD. ESA CONSTANCIA CONTRA VIENTO Y MAREA, esa conciencia de ella misma, de su misión, de no claudicar nunca. Y su coherencia entre pensamiento y acción. Siempre fue de una misma línea. Ella, de cierto modo ha tenido un exilio permanente en lo artístico. Y optó por mantenerse… Más de alguna vez le ofrecieron que pintara de nuevo retratos, cosas que se vendían, pero ha tenido tesón, conciencia de un camino”, reflexiona su hijo, Gustavo Carrasco, quien la acompaña a todas partes y explica el porqué de la admiración generalizada que provoca la figura de su madre.
Matilde, contra toda probabilidad, sigue más vigente que nunca. Su obra, con los años, ha cobrado el peso de un yunque, y su hijo Gustavo, su nieta Catalina y la productora Morgana Rodríguez son la triada que empuja el carro de su potente legado.




“Trabajar con Matilde es como tener el Tao Te Ching al lado, un aprendizaje constante… No hay apuro, pero estamos estableciendo las bases para una Fundación Matilde Pérez, para trabajar con gente joven”, cuenta Rodríguez. A lo que Catalina Carrasco, su nieta diseñadora, agrega: “Toda su obra fue concebida desde una metodología proyectual, la que comenzaba con una etapa de bocetaje en papel milimetrado y que luego se iba desarrollando hacia distintos soportes, lo cual le permitió continuar su investigación cinética durante toda la vida, incluso sin tener los recursos para concretar sus obras. Ella siempre supo el valor de su trabajo y por lo mismo se preocupó de guardar, lo que es muy importante para la investigación que se está realizando para su Catálogo razonado”.




UNAS SEMANAS ANTES DE LA INAUGURACIÓN DE MATILDE X MATILDE, SE SUBIÓ A LOS AVIONES que la llevaron a Europa y Estados Unidos. Homenajes en Pinta Londres 2012—donde fue nombrada por la BBC ‘la reina de la cinética’— y en Nueva York. Algo que Nicanor Parra, que tiene un par de años más que ella, evita a toda costa. Pero Matilde no le hace el quite a la bulla. Aunque nos cuenta —con coquetería cansada— que ya no está para esos trotes.
Ahora, y luego de pasar el chaparrón de aplausos y saludos nacionales e internacionales, nos recibe en su salón. Se mueve con dificultad, pero elegante. Con collar, falda pied-de-poule y unos pequeños tacones.
“Enferma no estoy, pero cuando el cansancio gana, uno ya no habla”, dice sentada delante de un antiguo mural que pintó en los primeros años de su carrera y rodeada de decenas de teteras, que siempre la han enloquecido.




—Serán esos viajes que ha dado en avión…
—Ahhh, pero eso me encantó. ¡Precioso!, me invitaron y anduve haciendo venias para todos lados, sonriendo lo mejor que podía. Todo eso fue en un transcurso muy corto. Pero ya no me gusta que me anden apurando. ¡Que la ropa! ¡Que la están esperando! ¡Termino poniéndome una pilcha arriba de otra!
Matilde advierte que no quiere aburrirnos con sus quejas. Recuerda que su primer viaje a Francia, ese que la llevó en 1960 a hacer una beca y a contactarla con Víctor Vasarely y el arte cinético, lo hizo en barco y que ahí se enamoró del país que le abrió las puertas a la inmortalidad. Ella, de algún modo, nunca volvió de Europa.




—En muchos lados escriben que nació en 1920 y usted es de 1916…
—¡Y qué les importa a ellos! A mí me conviene que me quiten un poquito de años…




—¿Qué le parece que con todos estos homenajes y retrospectivas todavía no le entreguen el Premio Nacional?
—No me lo van a dar nunca, porque no soy marxista. No me lo van a dar porque yo no le convengo a la izquierda.Muchas veces pensé que me lo deberían haber entregado, pero no me daba rabia. ¿Qué le iba a hacer? Yo he hecho lo que he podido nomás.




—A los cinco años ya quería ser pintora.
—Era tan chiiicaa. Ahora, con los años, pienso: ¿Cómo esa poroto, flaca como un pellejo iba a decir eso de que quería ser pintora? Mi papá me dijo: niñita, qué estás diciendo. Mi mamá murió cuando yo nací y ella era bastante pintora y no es raro que haya visto algunas cositas y pude haber pensado que por ahí estaba mi onda.




—¿Qué es para usted la geometría?
—Es maravillosa… No tiene nada fijo y siempre se aprende algo nuevo. Yo estaba buscando un campo propio y allí lo encontré.




—Porque usted partió su carrera con trabajos figurativos y murales.
—Como todo el mundo, haciendo tonteras. Despegarse de eso cuesta mucho, porque como que te están diciendo quédate aquí, quietita.




—¿Cómo vivió la decisión de dejar hijo y marido para irse a estudiar a Francia?
—Muy simple: hablé con mi suegra. No me iba de viaje a tomar aire. Yo quería avanzar, ser más. ¡Era una beca! Y nadie abrió la boca, se quedaron calladitos. Aunque mis amistades me decían que estaba loca… Para ninguna mujer es fácil, aunque ahora es distinto. En la época mía era de lo más extraño. Pero era mi vida.




—¿Qué le pasa cuando recuerda esos años en Francia?
—Me da felicidad. Me interesaba la cultura que había ahí ¡Si uno no va a París a conversar con el pequén!




—¿Cómo pintaría Chile?
—Rosadito como la bondad. Porque este pobre país nunca le ha dado a los que se lo merecen. Siempre alguna cosita poca por ahí…




—Usted siempre se las buscó sola.
—Nunca fui quieta, si hubiera sido así, estaría sentadita esperando que me dieran mi cuarto de hora, para que me entregaran algo.




—¿Qué opina del arte como símbolo de estatus?
—Una huevadita. Si la gente quiere comprar cuadros, nadie los sujeta, pero muchos lo hacen sin conocimiento. Yo nunca anduve ofreciendo los míos.




—¿Alguna vez se imaginó vivir 95 años?
—Estoy en los 80 nomás… ¡Te lo digo en serio!




—¿Qué piensa sobre el panorama cultural en Chile?
—¿Existe?  No veo mucho en los jóvenes, si no les dan todo con platita, no se mueven.




—¿Qué le interesa hoy?
—Lo más simple de todo: pensar.




—¿Y qué piensa sobre la muerte?
—Cuando uno se muere, se muere nomás… No tengo problemas con eso.