Vengo llegando de San Pedro de Atacama, tenía mis recuerdos de la última vez que fui, hace 20 años. En ese entonces ya era un lugar mágico, pero era muy distinto a lo hoy vi. Eran muy pocos los sectores comerciales, te encontrabas con menos alternativas, pero con el paso del tiempo las calles comerciales se llenaron de restoranes, agencias de turismo, farmacias, banco, etc.

Todavía existe el Takha Takha, el lugar donde acampé en esos años. Esta vez alojé en uno de los muchos hoteles del lugar, ” La Aldea”,muy rico.

Queríamos recorrer San Pedro y los alrededores, pero no con los tour tradicionales, ni con tiempo limitado en cada lugar, así que arrendamos una camioneta para tener libertad absoluta. Claro que manejar dentro de San Pedro tiene su dificultad, es un pueblo con calles no planificadas como estamos acostumbrados, son estrechas, siempre quieres doblar en la que tiene el sentido contrario, hay sectores peatonales, solo te puedes estacionar en lugares especiales para estacionamientos y otros detalles.

Mapa en mano partimos nuestro recorrido, cargados de botellas con agua, algunos sándwiches y con ropa para las distintas temperaturas que te vas encontrando según el sector.
Nuestros mejores guías eran los Carabineros y el Volcán Licancabur de 5.900 metros de altura, punto de referencia indiscutible, ya que se ve desde distintos lados del salar.

Lugares geniales

La Laguna Cejar,un panorama imperdible, bañarse y flotar como si estuvieras en el Mar Muerto, gracias a la alta concentración de sal. (No meter la cabeza).

Al costado hay otra laguna no bañable, donde se pueden ver flamencos.

Después de bañarme quedé absolutamente blanca, repleta de sal, así que me ví obligada a un buen baño en los pozones Los Ojos del Salar. Son dos pozones de agua dulce, como de 3 mts. de profundidad, en la mitad del desierto, muy cerca de la Laguna Cejar. Por el mismo camino un poco más allá, nos encontramos con la laguna Tebinquiche. Todo esto es administrado por la Comunidad Atacameña de Socaire.

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Seguimos el recorrido hacia la Laguna Miscanti y Laguna Miñiques a 4.100 mts. de altitud. Muy bonitas, de un color azul intenso, pero solo se puede recorrer donde está marcado el circuito. No se puede llegar a las orillas y los flamencos se ven de lejos. Sí se veían gaviotas andinas volando alrededor de las lagunas y volcanes, además de Vicuñas en la rivera.

A la bajada llegamos a Peine, un pueblito antiguo, enclavado en una ladera mirando el salar, en el sector sureste. En medio de una quebrada, bajo un alero de rocas, se pueden ver pictografías, que según la información que había en el lugar, estas pinturas “representan a lo menos tres estilos, y posiblemente épocas distintas de la prehistoria local, donde se practicaron ritos chamanísticos vinculados con la mitología y creencias de los antiguos pobladores de estos territorios”. Este lugar, formó parte del Camino del Inca, siendo uno de los principales tambos para caravanas que se dirigían al valle de Copiapó.

En el afán de seguir conociendo, nos metimos hacia el centro del desierto, en un camino de sal compactada tan suave como el asfalto. A lo largo del trayecto habían varios letreros que decían, ¡peligro zona de hundimiento!, seguimos hacia adentro. En esta zona, el paisaje cambia radicalmente, ya no vemos tierra, solo agua y sal. Primero unos humedales, cruzados por arroyos entremedio del salar y con una vegetación a ras de suelo. Con unas vistas preciosas a los volcanes.

De ahí en adelante, el paisaje cambia y se transforma en grandes costras de sal. Al internarnos más, llegamos a una laguna con grandes pedazos de sal emergiendo dentro del agua, donde la vista se parece a los hielos del sur austral de Chile. Caminar sobre esta superficie blanca, gruesa y quebrajada, es una experiencia increíble.

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Seguimos un poco más adentro, hasta que llegamos a una parte en que la camioneta empezó a hundirse y arrancamos rápidamente.

Un lugar precioso, absolutamente recomendado, muy poco visitado ya que no está en los circuitos turísticos tradicionales.

Otro día por el camino a Toconao, paramos a ver el cementerio. Siempre me han llamado la atención los cementerios del norte y en esta fecha (primeros días de noviembre) estaban más decorados que nunca, llenos de color. Cada familia hace coronas y arreglos de papel para sus familiares enterrados, todos se esmeran en sus creaciones, ya que hacen competencia entre ellos.

De ahí nos fuimos rumbo a la laguna Lejía, que está enclavada a los faldeos del volcán Lascar, que está activo, de hecho, es posible ver su fumarola.
Camino a la laguna paramos en el apartado pueblo de Talabre. Allí nos encontramos con un gran sector con petroglifos en la Quebrada de Kezala, donde nos topamos con un zorro y sus crías. Esta es una larga quebrada donde sus rocas están talladas con petroglifos, en su mayoría figuras de animales, (llamos, guanacos, pumas, flamencos, ñandues, culebras), un sol, algunas figuras humanas de Chamanes. La gente de la zona los cataloga como los seres que hacían el nexo entre los Dioses y lo terrenal.

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La gran mayoría de estos petroglifos están señalizados, pero hay varios más que uno puede ir reconociendo en el camino. Hace años que he recorrido distintos sectores de Chile buscando petroglifos (no soy experta para nada), pero con la práctica de buscarlos, el ojo se va afinando y aprendes a distinguirlos más fácilmente. No en todas partes se ven a primera vista, todos se ven distintos, dependiendo de las horas del día o si les das sombra, los aprecias mejor. Me pareció ver en la diferencia de sus trazos, que habían de distintas épocas. También pudimos ver una pictografía que representaba a un camélido con forma humana.

Es importantísimo cuidarlos a lo largo de Chile, es una pena ver como hay personas que los han rayado o sacado del lugar original. Cada petroglifo o pictografía está hecha en un lugar especial.

Seguimos rumbo a la laguna Lejía. Grandes planicies de color amarillo dados por la vegetación de paja brava, una gramínea altiplánica que crece entre los 2.800 y 3.600 de altura aprox. y donde pudimos divisar un grupo de alpacas y también de perdices cordilleranas, mucho más grandes que las tradicionales y con un plumaje maravilloso.

Lejía es una gran laguna entre medio de los volcanes y cerros, que al medio día se veía de color café, con una orilla blanca de sal y donde pudimos ver gran cantidad de flamencos muy cerca nuestro. Esta gran suerte de haberlos tenido tan cerca es quizás debido a que no había nadie más que nosotros.
Seguimos internándonos por el camino y nos encontramos con cerros de tierra y piedras, de color rojizo y en medio de este gran pedazo de tierra…, sectores con grandes trozos de nieve.

Al día siguiente, partimos en búsqueda del Valle del Arcoiris, habíamos escuchado que era un lugar muy bonito, por sus tierras de distintos colores.

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No fue fácil encontrarlo ya que no hay  ninguna señalización, seguimos gracias a un mapa, el instinto y a una niña de la zona que nos guió. Con solo entrar al valle uno queda impresionado con cerros, formaciones irregulares, colores, etc. Dentro de un mismo cerro te encuentras con sectores rojos, otros verdes, otros verdes oscuros, blancos, etc.
Había que acercarse y tocar, cada color tenía una consistencia distinta, la roja era polvo, la verde, eran pequeñas piedras verdes con incrustaciones como puntos de distintos tamaños negros que brillaban. Tenía razón de llamarse “Arcoiris”.

En el camino al este valle nos encontramos con un lugar que nos llamó mucho la atención. Una formación al borde del estero, rocosa pero que parecía de yeso, con miles de formas curiosísimas, a primera vista llama la atención por su apariencia, pero si te detienes puedes ver distintas caras, chorreos, agujeros, etc. Como es de color blanco hace recordar las obras de Gaudí.
Me imaginaba cientos de caras, figuras, que me hacen pensar que era un lugar sagrado y con algún significado.

Recorrimos muchos lugares más, se hicieron cortos los días con esta forma de conocer sin los tours tradicionales, ya que hay más tiempo para destinar a cada lugar. Quedaron varios pendientes por conocer.

Increíble conocer sitios así de lindos, en un fin de semana con San Pedro de Atacama repleto de turistas, en todos estos lugares a donde fuimos, no había absolutamente nadie más que nosotros.

Me encanta encontrar estos lugares que se mantienen agrestes y no intervenidos por el hombre. Claro que para todos estos recorridos, es indispensable andar en camioneta. San Pedro ha cambiado en estos años, pero sigue siendo fascinante y ¡muy entretenido!.

 

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