Tras esta icónica carpa de líneas azules y amarillas se esconde todo el esplendor, la fragilidad y la identidad circense. Nueve días de trabajo, 70 camiones y unas 200 personas son necesarios para montar el Cirque du Soleil, una verdadera ciudad andante. Sus 17 mil metros cuadrados y 20 metros de altura se componen por el escenario —el Grand Chapitea—, la carpa de los artistas y la Vip Rouge.

Los siguen oficinas, talleres y la cocina que los reúne a todos. Esto convierte al Cirque en un lugar familiar. Bien lo sabe Patrick Flynn, el manager general de Kooza. “Este espacio se convierte en un pueblo más que en un sitio de trabajo. Llegamos muy temprano en la mañana y nos vamos muy tarde en la noche. Es un sitio de unión y de diversión. Los artistas, técnicos y productores vienen a aprender inglés, a hacer clases de yoga y toda una serie de actividades lúdicas, humanas y culturales. Con esto enriquecemos su experiencia y formamos justamente eso, la vida de pueblo”, cuenta. En medio de acentos británicos, argentinos, españoles, estadounidenses y chilenos, entre otros, montan la escenografía, el sonido y hasta las sillas. Cada trabajo cumplido termina con un “good job!” o un “bien cabros”, seguido de un aplauso colectivo. Y cuando ya está todo listo, poner un pie en la carpa del show te hace viajar de inmediato.

La mundialmente aclamada compañía canadiense se identifica por su mezcla única entre el circo y el teatro… pero esta vez es diferente: en Kooza —que en el idioma sánscrito significa caja— hay una vuelta al pasado, un regreso mucho más cercano a la tradición circense.

“Es un tributo. Volvemos a las raíces, a lo esencial del circo. Por eso hemos quitado mucha máquina y automatización y vemos lo simple: personas haciendo cosas extraordinarias. A diferencia de Corteo, por ejemplo, que tenía 30 motores que movían cosas, aquí hay sólo dos. Todo el resto es esfuerzo humano y eso se comunica al público y ellos responden, ya que con esto recuerdan al circo de su infancia”, explica Flynn. Se encienden las luces y luego, como si saliera de una caja de sorpresas, el trickster salta delante del inocente. Tienen colores similares, pero personalidades muy distintas.

El primero es encantador, sofisticado y a la vez rápido y ágil. Es el creador del mundo de Kooza y, como todo en este espectáculo, su nombre remite a una figura que en diversas mitologías es relacionada a carnavales. De él no se puede decir mucho más, porque como explican desde el Cirque, es un misterio y toda una revelación. El inocente, por su parte, es un melancólico e ingenuo.

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Podría ser un niño perdido que descubre este nuevo mundo, aunque ni en Kooza saben cuantos años tiene. Juntos transitan por esta historia de tradición que tiene dos puntos claves: las acrobacias y el arte de los payasos. La primera tarea la cumplen los nueve números que prometen tener al público al borde de su asiento. Los clásicos aros llegan de la mano de una de las mejores del mundo en esta especialidad, que con fluidos movimientos, destreza y hasta contorsionismo, hace girar hasta siete de ellos a la vez. Luego, una báscula lanza al aire a los acróbatas, que realizan saltos mortales que terminan incluso con zancos metálicos atados a sus piernas.

Uno de los momentos más emocionantes de todo el espectáculo es el del Charivari, donde el grupo de los House Troupe realiza pirámides humanas, volteretas en el aire y un temerario salto, que hay que ver para creer. Y cuando uno piensa que los artistas del Cirque han llegado al límite de la destreza humana, un grupo de jóvenes contorsionistas presentan un nuevo enfoque armónico de este arte: posiciones innovadoras, velocidad y movimiento al unísono que crea imágenes de escultural belleza.

Pero no es la única vez que Kooza da un paso más. El dúo de monociclo también muestra una nueva versión del clásico número, con un pasajero más en acción. Dos artistas recorren el escenario en un continuo baile de pareja donde se combinan el equilibrio, la acrobacia y la fuerza física. Individualmente, los gimnastas también sorprenden. Uno de ellos crea una torre de siete metros, montando ocho sillas y equilibrándose arriba de ellas haciéndolo parecer muy sencillo. Otra artista cruza el escenario en un trapecio, transformándose en diversos personajes que interactúan con los protagonistas.

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La tensión máxima se vivirá con dos actos: el alambre alto y la rueda de la muerte. En el primero, caminar sobre la cuerda floja no es suficiente para la sexta generación de la familia española Quirós, quienes realizan saltos y movimientos en el aire mientras la cruzan. Y el peligro lo sentirá hasta el público con la rueda, que es un verdadero desafío a la gravedad, que para los dos protagonistas de este acto, no existe. “Todos estos números son de un nivel de acrobacia nunca antes visto. Aquí tenemos algunos de los actos más peligrosos y complejos de circo, que dejan al público boquiabierto y los afecta emocionalmente.

De repente en este espectáculo, como no pasa en otros, el público se pone de pie después de una presentación para aplaudir, porque realmente se sorprenden por lo que han visto”, detalla el manager. Los escalofríos y el asombro que vive el espectador es la magia que tiene el Cirque du Soleil, pero ésta no está completa sin el humor y la comedia. El rey de los locos, un burlesco siempre despeinado y con una corona que tiene vida propia, sus bufones chiflados y extravagantes y un perro desquiciado que persigue a todo el mundo y es imposible de controlar, interactúan con el Trickster e Inocente, sacando risas a quienes los ven. Todo esto con una rutina tipo slapstick —como la de Charles Chaplin— que el creador de Kooza, David Shiner, integra muy bien, ya que él también fue payaso.

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Todo este viaje se completa con la música. Una combinación de influencias indias, poperas y afrocaribeñas acompañan a Inocente y al público. La banda —que en todo espectáculo de esta compañía toca en vivo— se ubica encima de la entrada de los artistas, en el Bataclán. Desde ahí también parten los números aéreos, tal como se hacía en la antigüedad. Por esto la estructura le da —como dice Flynn— un saborcito del circo tradicional de hace 100 años. Y como todo en Kooza tiene un porqué, los trajes igualmente intentan evocar esto. Muchas líneas, colores, y obviamente sombreros, le dan a cada personaje un look circense… pero dándole una vuelta especial, como sólo el Cirque du Soleil sabe hacer. Termina el show y la familia del circo canadiense se va a tomar una cerveza en Bellavista o a comer algo al Barrio Lastarria.

Disfrutarán de Chile hasta el 31 de julio, cerrando así seis meses de gira en Sudamérica. El siguiente destino es Australia, donde estarán por un año, luego dos en Asia del Pacífico. ¿Y qué pasa con Inocente y con el público? Desde el Cirque lo explican bien. “Inocente llega al fin del camino de Kooza como alguien nuevo, más integrado y colorido, tras descubrir en este mundo la alegría en la vida, la amistad y lo que es la maravilla. El público, por su parte, va a sentir una vuelta a su niñez. Si recuerdan la primera vez que fueron al circo, si quedaron maravillados, esa será su reacción. Se van a sentir muy involucrados en el show, porque eso es Kooza, una caja de sorpresas”.