Fue un artista underground que usó como pizarra rupturista las murallas y avisos publicitarios del Metro de Nueva York. Parece contradictorio para un muchacho que creció admirando e intentando copiar los dibujos de Walt Disney y las creaciones de Dr. Seuss, el legendario caricaturista autor de recordados textos como The cat in the hat y How the Grinch stole Christmas.
Es cierto, la cúspide la alcanzó en la Gran Manzana, pero sus primeros trazados los hizo en Reading, Pennsylvania, donde nació en 1958. Con su aspecto de chico nerd con sus lentes de marco negro, el muchacho, al terminar el colegio, se matriculó en la Ivy School of Professional Art, una escuela de arte más bien enfocada al mundo publicitario y comercial. Estuvo dos semestres y se retiró. Sin continuar estudios formales, Haring siguió en Pittsburgh leyendo y practicando por su cuenta.

En 1978 decidió mudarse a Nueva York, donde se convirtió en estudiante de la School of Visual Arts (SVA). Fue en el ambiente neoyorquino donde encontró su hábitat natural en medio de una comunidad artística “alternativa” que no era parte del circuito habitual de las formales y pomposas galerías de arte de la urbe. Fue en ese entorno donde se hizo amigo de artistas como Kenny Scharf y Jean-Michel Basquiat. En medio de un agitado circuito plagado de músicos, escritores y graffiteros, Haring fue adquiriendo renombre gracias a exhibiciones que empezó organizando de manera preferente en el mítico Club 57 y otros lugares apartados del circuito más formal del arte.
Inspirado en artistas como Jean Dubuffet, Pierre Alechinsky, William Burroughs o Brion Gysin, Haring comenzó un trabajo de independencia creativa gráfica que tuvo como pilar fundamental la primacía de las líneas simples. Eso sí, siguió mirando con atención especialmente las creaciones de Christo —con el Running Fence— y Andy Warhol.
Siendo estudiante de la SVA, experimentó con variados formatos, hasta que en 1980 encontró el medio que se convertiría en su más exitoso soporte gráfico: los paneles en desuso con fondo oscuro en las estaciones del Metro. Así, entre 1980 y 1985, el tren subterráneo de Nueva York se convirtió en su “laboratorio” de experimentación artística. Y, poco a poco, las siluetas lanzadas por Hering se fueron haciendo cada vez más comunes y reconocidas por los transeúntes.

“SU TRABAJO, ESO SÍ, NO LO REALIZABA A ESCONDIDAS, sino de manera abierta y pública. Dibujaba frente a los usuarios que esperaban el Metro y por eso es que también fue arrestado en muchas ocasiones. Keith pensaba que el arte debía estar abierto y disponible para el público, más allá de las galerías y museos. Lo interesante es que logró ser respetado por la gente de la calle y por los circuitos más tradicionales del arte”, explica desde Nueva York a CARAS Julia Gruen, directora ejecutiva de la Fundación Keith Haring.
Su nombre no quedó circunscrito a las calles y andamios del Metro. Comenzó a adquirir creciente reconocimiento, especialmente después de exponer en la Westbeth Painters Space y luego en la Tony Shafrazi Gallery. Una fama que también se internacionalizó gracias a su presencia en el Documenta 7 (Alemania) y la Bienal de Sao Paulo.
“Su vínculo más importante con América Latina se dio porque un amigo estaba casado con una brasileña. El matrimonio tenía una casa en Bahía y Keith fue muchas veces allá e hizo unos murales en la propiedad, los cuales se conservan hasta hoy”, explica Julia Gruen.
Haring amplió su popularidad en la calle y en el mundo publicitario. Así, diseñaba desde afiches para clubes y teatros, pero también para grandes compañías como Swatch y Absolut. El mismo Haring se encargó de buscar una salida comercial a sus creaciones. Lo hizo cuando, en abril de 1986, abrió la Pop Shop, una tienda en la cual ofrecía poleras, afiches y magnetos con sus dibujos.

POR SUPUESTO, LA DECISIÓN DEL ARTISTA FUE CRITICADA en el mundo del arte. En medio de esta controversia, Warhol estuvo de su lado. Quizá parte de este afecto y otros grandes del arte tenía que ver con que Haring se preocupó de no dejar de lado una veta social, pintando gratuitamente medio centenar de obras alrededor del planeta, desde hospitales hasta orfanatos. Una de ellas, hoy afamada, es la que hizo en 1986 y que llamó Crack is wack, la cual da cuenta de la extensión de la droga en Nueva York. También destacan un mural por el centenario de la Estatua de la Libertad —que hizo junto a cien niños—, un trabajo que realizó en el exterior del hospital Necker en París y otro que pintó en el Muro de Berlín antes que cayera. Londres y Tokio fueron urbes que se sumaron a su periplo creador que no paraba de cautivar.
“Su obra es sintética y enigmática; sugerente, provocativa. Más que un graffitero, es un artista con formación que es capaz de hacer un cruce entre la alta y baja cultura. Quizás encontramos algo de él en la obra de Bororo y Benmayor, por el tema de la simpleza y el color”, explica Jorge Padilla, subdirector académico de la Escuela de Artes de la UC.
En 1988 Haring fue diagnosticado con Sida. Un año después se creó la fundación que lleva su nombre, cuya tarea central está dedicada a la búsqueda de fondos para ayudar a organizaciones vinculadas con la enfermedad. De hecho, el artista dedicó parte importante de sus últimos años de vida  a exponer sobre su mal y a generar activismo y conciencia respecto del flagelo.
Poco a poco la luz creadora del artista se fue consumiendo. Atrás quedaron colaboraciones y proyectos con personajes como Madonna, Grace Jones, Bill T. Jones, William Burroughs, Timothy Leary, Jenny Holzer y Yoko Ono. Su trabajo de líneas simples donde trató cuestiones como la vida, la muerte, el amor, el sexo y la guerra fue extinguiéndose.
Haring murió a los 31 años, el 16 de febrero de 1990. Desde entonces, su trabajo se desparramó ya no sólo por los espacios del Metro, sino que también  en los más afamados museos del mundo, donde el graffiti, gracias a él, pudo entrar y ser expuesto como arte en serio, respetado y admirado.