Dibuja jardines a la antigua, aunque no deja de lado la impresora. Una combinación de dos escuelas, que Juan Grimm va desarrollando como un diálogo espontáneo con la naturaleza. “Eso nos falta, conversar con nuestro paisaje”, dice en su oficina, un taller con vista a una minijungla que ha creado para él y su equipo.

Estuvo 18 años sin publicar un libro. “El primero fue junto a la UC, un ensayo de mis pensamientos y proyectos, con un propósito formativo para los futuros arquitectos y paisajistas. Esa vez Monserrat Palmer, que estaba a cargo de las publicaciones, me dijo que pensaba que en 15 años más estaría listo para otro lanzamiento”. Casi no se equivocó. Pasaron 18 años hasta que llegó el momento de este libro llamado Juan Grimm junto a Editorial Puro Chile, Hatje Cantz y los escritos de Mathias Klotz, Mitzi Rojas, Aniket Bhagwat, más los cuadernos de viaje del propio Grimm. Un momento propicio además porque cumple 30 años desde que hizo su primer jardín a Domingo Castaño. “Es un lugar que sigo visitando y revisando, he visto crecer esos árboles y he podido ir interviniendo en su desarrollo”.

—¿Siempre revisita sus proyectos?

—Me encanta. Pero se me hace difícil. Los especialistas dicen que debo haber hecho más de 600 jardines y eso significa que debo tener más de 600 clientes. A veces me encuentro con personas que me dicen “el jardín que me hizo está precioso” y, la verdad, a veces ni siquiera tengo un recuerdo. Supongo que a un doctor que tiene dos mil pacientes le debe pasar lo mismo. Algunos proyectos, sin embargo, los sigo con más frecuencia, como el de Pedro Tomás Allende, en Quillota. He trabajo con él durante más de 30 años, desde que hice las primeras hectáreas”. De joven pensaba que sería artista, pintor o escultor.

Portada-foto-total_juan-Chungara

“Era algo que evidentemente venía conmigo”, pero finalmente optó por arquitectura porque le parecía interesante. Entró a la escuela de la Católica de Valparaíso, considerada la más vanguardista de esos años, un lugar influenciado por el espíritu de Amereida, un camino para desarrollar una nueva poética frente al espacio. Después prosiguió sus estudios en Santiago y egresó con el honor de haber ganado la segunda Bienal de Arquitectura. “El premio era ir a Italia, pero no pude por la edad. En cambio, partí a la India, algo que fue mejor, concluí después”. Luego empezó a trabajar como ayudante de Esmee Cromie, experta en diseño ambiental, quien lo invitó a la cátedra de composición y paisajismo de la Universidad de Chile. “En otras palabras, empecé a dar clases sin nunca haber hecho un jardín. Pero lo curioso es que yo sabía cómo hacerlo”.

LA NATURALEZA COMO BIBLIA

La evolución de su trabajo, con las mejores imágenes captadas por el fotógrafo Renzo Delpino, están en estás páginas con proyectos en lugares como Coelemu, Valle Sagrado en Perú, Chiñihue o Montevideo en Uruguay. “Me atrapa la idea de poder conversar con el paisaje, de dialogar con él. La naturaleza es mi biblia. No hay nada peor que llegue un arquitecto y rompa un paisaje que costó millones de años en formarse. Eso es muy terrible. A menos que seas un brillante como Frank Lloyd Wright, que hizo una casa en una cascada. Y la cascada sigue siendo una cascada”.

Desde su pensamiento, el paisajismo es una labor de conservación, “a veces hasta de ir suturando, recomponiendo, restaurando lo que la mano del hombre ha ido dejando como una huella. No se trata de que un jardín sea bonito, sino que sea un aporte en favor de la naturaleza y, por qué no decirlo, también del planeta”.

juangrimm3

 

—Cuando recorre el país, ¿dónde siente que el chileno ha ido perdiendo la calidad de su entorno?

—Cuando voy por la carretera, por ejemplo, de Santiago a Valparaíso, puedo confirmar que existe algo mucho peor que los carteles. Son los muros cortados a los lados, esas pendientes dramáticamente cercenadas, con cemento adherido. Eso es destruir nuestro hábitat. Ahí te das cuenta de que la labor del paisajista es ser además una suerte de guardián de los ecosistemas.

—¿Y cuidamos nuestros árboles?

—Eso es muy lamentable. Aquí muchas veces son las empresas eléctricas las que podan, la mayoría de las veces en favor de que el cable pase correctamente. En Inglaterra los podadores tienen décadas de experiencia. Otra aberración es que a mucha gente le encanta tener bandejones de césped, al estilo inglés. Se olvidan que son pastos para lugares lluviosos, se gastan en verano cientos de litros que se evaporan apenas pasada la media hora.

—¿Los chilenos no queremos nuestro paisaje?

—Creo que sí, pero lo maltratamos. No nos convencemos de que es lo más lindo que tenemos. Obviamente es un problema más profundo de políticas culturales. A los niños en Chile debieran estar hablándoles de árboles chilenos en la primera parte de su educación, enseñándoles su función, lo importante que es preservar la naturaleza.

—Existe la idea de que el paisajismo es algo propio de la elite, ¿se puede cambiar eso?

—Bueno, ese es uno de los objetivos del libro. Ir más allá de la simple noción de que esto se trata de algo bonito. Pienso que esa idea viene de tiempos pasados, de la época en que Luis XIV junto al paisajista André Le Notre hicieron de Versalles un lugar impactante, reservado para la corte. Y, claro, esa noción quedó. Pero no es la única afortunadamente.

—¿Hemos pecado, atentando contra Santiago?

—El gran pecado ha sido no ser consecuentes con nuestro entorno natural. Se nos olvida que el desierto, por el cambio climático, está cada vez más cerca de la Zona Central. Sin embargo, continuamos plantando tuliperos, una especie que se da mejor en zonas como Washington, que necesita millones de litros de agua, humedad y frío. El liquidámbar se puso de moda porque toma un color rojo en algunas estaciones, pero levantan los suelos y necesitan un gran espacio para crecer. Es como si uno anduviera vestido de short en un clima gélido. Los bandejones de las calles no debieran ser de pasto, sino de plantas nativas, o de gravas. Y para qué hablar de la tropicalización de nuestro litoral con palmeras.

—¿Saldremos de esa oscuridad?

—Hay personas que están en eso, como Mónica Musalem que es una beata de la vegetación y trabaja por propagar nuestras plantas nativas a través de su vivero. Lo bueno es que nuestros paisajistas están atentos a eso. No olvidan que fue Oscar Praguer, un paisajista alemán que llegó en los años 40, que nos dejó grandes ejemplos, como el Parque Providencia. El se enamoró de nuestra flora, puso pataguas y peumos un poco siguiendo las pautas propias de nuestras quebradas, de nuestra geografía. Su último trabajo fue el Club de Golf, en avenida Kennedy, un lugar que tengo la suerte de ver desde la ventana de mi casa.

juangrimm4

—¿La arquitectura tiene alguna responsabilidad en el deterioro del paisaje?

—Claro, por ejemplo cuando los edificios no dejan ver la cordillera, o cuando encapsulan la identidad de un río torrentoso como el Mapocho. Santiago nunca ha sido correctamente planificado, no como Buenos Aires que fue proyectado siguiendo códigos europeos, con grandes avenidas y espacios nobles.

—¿Cómo proyectó el Templo Bahá’í en Peñalolén?

—Fue un trabajo de casi 12 años. Es un templo que tiene nueve lados y eso significó hacer nueve caminos, nueve fuentes de agua, como un espiral. La idea es que, con el tiempo, ese paisajismo se funda con la naturaleza de ese lugar cordillerano, que no se sienta donde termina el jardín y donde empieza la flora nativa.

—Los plátanos orientales son una especie introducida, ¿habría que eliminarlos?

—Yo entiendo que hay gente que debe sufrir mucho, pero se trata de una alergia que dura quince días. Se nos olvida, o no sabemos, que alrededor nuestro hay especies que nos producen alergia todo el año. En lo personal soy un defensor de los plátanos orientales, se trata de un árbol de rápido crecimiento, que aguanta infecciones y sequías. Es de gran nobleza y por eso en Francia, España e Inglaterra lo siguen usando. Santiago sería otra ciudad si apostáramos por ellos con más convicción.

—¿Cuáles son sus árboles favoritos?

—Los peumos en la Zona Central, los coihues en el sur y hacia al norte los chañares y también los pimientos.

—Los Vilos siempre aparece como uno de sus lugares favoritos del país, ha dicho que es como una cicatriz.

—Se trata de un lugar de una gran fuerza geográfica, donde la tierra parece desmembrarse hacia el mar a través de rocas y pequeñas islas. Eso permite que sea una zona de gran riqueza de fauna y flora, con lobos marinos y aves migratorias. Se da una tremenda escasez de agua, hay fuertes vientos y muchas salinidad lo que se traduce en una vegetación que crece de manera achaparrada, de arbustos peinados por el viento y por los temporales frente al mar. Eso para mí tiene mucha identidad, una expresión infinita.

—Tiene casa también. ¿Qué experimenta cada vez que va?

—Lo mismo que siento cuando estoy en un bosque de araucarias en Nahuelbuta. Un goce superior, emoción pura.

—¿Cree en Dios?

—Evidentemente, como creo también en la evolución de miles de años de cada cosa, donde uno tiene la suerte de vivirlas a veces por un par de segundos. Somos fugaces, no vivimos más que una milésima de tiempo y, así y todo, logramos conmovernos. La araucaria chilena es un ser vivo emocionante, puede haber una tormenta y ella no se mueve. Pero abajo, a sus pies, habitan helechos, musgos, toda una vegetación que sobrevive como una espuma donde descansa ese vetusto árbol. Es en eso en lo que yo más creo.