Como la cebolla de guarda, es un hombre y un artista de muchas capas. Como sus cuadros, a los que hay que mirar y volver a mirar. Como los astros, está en eterno movimiento, en permanente búsqueda, fiel a una causa: el cambio constante. Quería ser músico y terminó pintor. A los 55 años, su producción artística lo sitúa como uno de los artistas contemporáneos chilenos con mayor presencia internacional. A sus pies, una obra compleja y fecunda, con tópicos que dan cuenta de traumas, caos, la violencia de la guerra, desolación, el dolor, la destrucción, el vacío. Una visión apocalíptica que evoca, inevitablemente, la novela The Road (La Carretera) de Cormac McCarthy.

Partió a Nueva York en 1981 y ahora vive en la calle 50 del East Side de Manhattan. Allí tiene su vida, su hogar, sus amigos, su taller, donde trabaja doce horas diarias (“es mi opción y obsesión”), en silencio, solo. Se levanta a las cinco y media de la mañana, lee cerca de hora y media y luego parte a lo que él llama el campo de batalla. A las seis de la tarde abandona los lienzos, los acrílicos, los óleos, los químicos, las pinturas, la cera, el fuego, los ácidos, el yute, el cloro y los polvos de mármol y cierra las puertas porque mañana será otro día.

Anda en bicicleta, camina bastante, visita galerías de arte. Le gusta comer y cocinar. Viaja mucho por el mundo y duerme poco. Admite que “tiendo a aislarme porque soy bastante ermitaño de alguna manera y muy social de otra. Bien dual”.

Wp-tacla-450-2

Sin embargo, Jorge Tacla Sacaan anida un sentido de pertenencia como chileno. “Así como hay un acento español en mi inglés, hay una marca en mi trabajo por haber nacido y haberme criado acá, y por la historia que tuve en este país”. Tenía 14 años para el Golpe. “Había conocido a Víctor Jara y ahí hubo una marca muy fuerte. Me impresionó que lo mataran, como a muchos, y que la gente desapareciera. Me di cuenta del odio que había”. Sin embargo, aclara que no dejó Chile por el Golpe sino que “iba en búsqueda de mi lugar en el mundo del arte. Habría sucedido tarde o temprano y, quizás, antes”.

Según ha dicho, su obra recibe influencia de Sigmar Polke, Gerhard Richter, Francis Bacon, Jackson Pollock, y de su amigo Juan Downey, pionero del videoarte. Recuerda a Gonzalo Díaz, Adolfo Couve, Matta y Eugenio Dittborn como importantes referentes.

En la Bienal de Venecia de 2013 Tacla estuvo presente con dos cuadros. Luego, sin demora, se enfrascó en el proyecto Identidades ocultas con la Fundación Rockefeller, en Bellagio Center, Italia. En forma paralela está preparando la muestra Tale of Two Cities, que se exhibirá en el Bruce Museum de Greenwich, Connecticut, a partir de mayo. Esta trata sobre la relación entre el artista, su taller y la ciudad en que vive. Son tres artistas de Beijing y otros tres de Nueva York. Ese mismo mes exhibirá las obras que mostró para la Bienal de Venecia en la Tierney Gardarin Gallery, en Nueva York. En su calendario también está marcado el 6 de junio: entonces inaugurará la muestra Identidades Ocultas en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, en Santiago.

—¿Cómo se plasman estas identidades en la tela?
—En esta serie la materialidad tiene una semejanza con la vulnerabilidad de la piel humana, haciendo de esta piel, trabajada con cera fría, un lugar sensible a las agresiones psicológicas y físicas. Aquí no hay un traspaso representativo. Lo que sí se deja ver es el registro de los traumas por el desquiciamiento de la condición humana.

Wp-tacla-450

La lista de distinciones recibidas y exposiciones montadas por Tacla es interminable. Y todo indica que tiene para rato. “¡Estoy recién empezando! Ahora entiendo el peso de la pintura, de lo que espero poder hacer. He logrado limpiar todos los gestos y actitudes que tiene mi trabajo para poder darle el peso que necesita para que tenga vigencia y permanencia”.

—Tú eres tu trabajo.
—Sí, me defino a través de él. Se puede conocer más mi trabajo que a mí. No hay definiciones para explicar mi obra, que tiene una especie de doble vida. En realidad no son dos sino cinco o seis. No tengo un hilo conductor en el cual todo concepto que utilizo se desarrolla dentro de una estructura pictórica que es la misma para un tema que para otro. Frente a cada temática tengo una actitud distinta, una mecánica  y materialidad diferentes. Mi trabajo tiene varias lecturas, una en cada capa y cada una es de un día.

Tacla posee un marcado sentido de la privacidad. De la vida personal o amorosa no habla (“¿A quién le interesa?”). Sólo se sabe que ha estado casado tres veces y que es padre de Camila, de 19 años, que estudia Liberal Arts en Olympia, en el estado de Washington. Viene de una familia palestina-siria, tiene dos hermanas. “Viví en casa de mujeres. El matriarcado era feroz y me encanta”, recuerda con orgullo.

“Nos decían ‘los turcos’, con cierta burla. Tengo una formación diferente, inclusive en la comida. Recuerdo que invitaba a mis compañeros de colegio a comer a mi casa y no sabían lo que estaban comiendo porque no era filete con papas o arroz. Eran vegetales como la berenjena o la bamia. Y cuando yo iba a la casa de ellos no le encontraba sabor a sus comidas”.

Wp-tacla-450-3

De niño ingresó al Conservatorio de la Universidad de Chile. “Estudiaba de todo un poco, muy intranquilo. Mi madre me matriculó en clases de baile; luego, de guitarra. Estudiaba piano, percusión. Tuve mi primera batería a los catorce”. Luego, recuerda, sintió una fuerte atracción por las artes visuales. Ingresó a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile pero no se recibió.

A Chile viaja tres o cuatro veces al año. Cerró el 2013 en Santiago: la rutina incluye trabajar a diario en su taller, un espacioso loft, lleno de luz, ubicado en la Ciudad Empresarial. Y, naturalmente, estar con sus padres, que viven a pasos de su departamento en Vitacura, reunirse con “un millón de amigos”, disfrutar de una buena copa de vino. Además, es co-fundador del Festival Internacional de Cine Santiago (Sanfic), que se celebra cada año. Como su director artístico adjunto, es uno de los curadores de las distintas secciones de este encuentro.

—¿Vienes por placer, trabajo, nostalgia?
—Todo lo anterior. El irse tiene una frecuencia diferente porque todo el tiempo te estás despidiendo, ya sea aquí o en otros lugares. Es una fórmula estructurada dentro de tu sistema, el rompecabezas que nunca se podrá armar.

—¿Te sientes cómodo en Chile?
—No. Acá me angustio más en parte porque no tengo esa flexibilidad de mirar obras de arte.

Wp-tacla-450-4

—¿Te sorprendió algo en esta vuelta?
—Nada (se ríe). Hay más edificios horribles; más tacos. Pero la gente está más abierta, aunque sigue habiendo sectores muy cerrados. La lectura acá es muy local. Cuando no tienes con qué compararte porque tu medio es autónomo y te autosatisface, no puedes crecer en ciertas áreas, ver cosas que nunca las pensaste como posible. Sigue siendo una sociedad híper machista, pero hay mejoras, una visión un poco más humana. El clasismo es muy fuerte, en ciertos sectores cada vez más. Otros se han abierto por todos los conflictos que hemos tenido. Ha habido cambio de mano, cambio de villano. Aquí hay una agresividad, una tensión impresionante, en parte porque la gente no tiene gratificaciones. Este país, per cápita, es el que menos cine ve en el mundo. Una de las razones es porque la gente trabaja hasta las nueve de la noche. En Nueva York tú terminas de trabajar y antes de irte a tu casa, pasas a un bar a tomarte algo porque te gratifica. Es una ciudad brava pero con la cuarta parte de agresividad de acá.

—Gran parte de tu obra da cuenta de la miseria humana. El trabajo de un alma tan atormentada…
—No necesariamente. Donald Kuspit, uno de los grandes críticos de mi trabajo, dice que la muerte en mi obra se ve a través de la belleza. Habla de la poesía del instinto de muerte en mi pintura. A diferencia del trabajo fotográfico de la prensa frente a hechos catastróficos, la imagen en mi obra pictórica obliga a otro tipo de reflexiones más profundas, con permanencia en el tiempo. Registra ese momento de vulnerabilidad cuando espacios que albergan acciones humanas están en el punto de quiebre máximo, a punto de perder su identidad, su historia. Caminamos entre ruinas contemporáneas, pero, irónicamente, la esperanza es que se puede construir sobre la ruina.