Al llegar a Nueva York en 1997, sin hablar bien inglés, el artista chileno Iván Navarro trabajó pintando muros en galerías de arte, vendiendo cervezas en inauguraciones y restaurando muebles antiguos. Durante los fines de semana armaba obras con desechos, cables, espejos y ampolletas que encontraba en casas de amigos. Dieciocho años después, una de esas piezas que mezclan escultura, música, luz, video, performance e instalación se exhibe en el Museo Guggenheim, en Manhattan, tras recorrer ferias y bienales de todo el mundo, cual viajero errante.

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Al final de la rampa del edificio, el espectador se topa con Homeless Lamp, The juice sucker (2004), un carro de supermercado construido con tubos fluorescentes. La obra ocupa un espacio privilegiado, el mejor de todo el Guggenheim. Está instalada justo donde el público toma una pausa para mirar hacia abajo el espiral que forma el museo y los visitantes pueden dedicarle más tiempo que al resto de la exhibición. Al lado, hay una pantalla donde se muestra un singular video. En él, Navarro recorre Nueva York con el carro que se ilumina al conectarse, como un parásito, a un poste de la luz que sale al paso. Durante el trayecto hasta llegar a la sala de exhibición se escucha una canción popular mexicana. Esa pieza fue adquirida en 2014 por el Guggenheim para su colección y sus otras dos versiones por el millonario coleccionista inglés Charles Saatchi y la fundación de la feria Arco de Madrid. La obra cautivó a los galeristas de arte contemporáneo de Nueva York al transmitir emocionalidad, carga política, ambigüedad e incluso humor usando la típica frialdad del neón minimalista estadounidense como soporte. La escultura hace referencia a las numerosas personas sin casa que viven en las calles de Nueva York y la presencia de Navarro en el video, como un homeless más, es una ironía personal a sus primeros intentos de acceder al mundo del arte neoyorquino como inmigrante. Toda su serie de muebles y objetos domésticos hechos a mano con fluorescentes y materiales cotidianos mezcla los códigos del arte estadounidense con elementos de la cultura chilena y latinoamericana. Esa quizá sea la razón de su éxito.

—¿Cómo influyó Nueva York en tu manera de trabajar? ¿Te dio la oportunidad de convertirte en un artista internacional y globalizado?

—Vivir en Nueva York te pone a la misma altura de todos los artistas que viven ahí. Todos compiten con todos, se ayudan y trabajan muy duro. Varias veces he sido invitado a exposiciones como artista de Estados Unidos. 

—¿Crees que tu obra es considerada “arte latinoamericano” o ya es vista como “arte globalizado”?

—Depende del contexto, por ejemplo, en Europa soy más conocido como artista de EE.UU., no tanto así en Latinoamérica, pero no me importa esta distinción, ni tampoco la respeto, me parece una pérdida de tiempo centrarse en estereotipos de identidades regionales, creo que eso sólo sirve como propaganda estatal.

—¿Cómo crees que ven en EE.UU. al arte latinoamericano?

—Hay mucho interés y apertura en todo sentido, pero la ignorancia es amplia.

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A los 42 años, el artista contemporáneo chileno mejor cotizado en el mundo, después de Alfredo Jaar, recuerda con orgullo su niñez y juventud en la comuna de Cerrillos, junto a su padre dibujante y su madre profesora de artes plásticas. “Aprendí todo de ellos: el rigor, la actitud y la técnica artística frente a algún proyecto. Ellos son artistas y profesores de gran talento. Mi padre, conocido como Nakor en el mundo de la historieta política, trabajaba muy duro y con mucha pasión durante las noches de mi infancia, dibujando en la mesa del living de la casa. Era bien impresionante ver desarrollar sus dibujos de principio a fin. Incluso muchas veces tuve la suerte de llevar los originales al diario La Epoca, donde los publicaba”, cuenta Navarro. 

“Mi madre me enseñó muchas técnicas manuales que aun aplico, desde arreglar un enchufe, jardinear, cocinar y pintar un mantel a mano o con timbres hechos de papas. Hoy, se dedica a la cerámica. Todo eso era parte de mi vida cotidiana en Cerrillos hasta 1997”, cuenta.

Su hermano mayor, el artista visual Mario Navarro, quien vive en Chile, fue otro modelo a seguir. “Fue el primer artista contemporáneo que conocí cuando estaba en el colegio. Yo no tenía interés en estudiar Arte, prefería el diseño teatral y escuchar música. Además, mi prueba para entrar a la universidad fue pésima y sólo me dio para estudiar Arte en la UC, donde él ya estaba en tercer año. Ya conocía a sus amigos, así que lo tomé como un experimento momentáneo para entrar a otra carrera al año siguiente”, recuerda. 

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Pero el mundo que conoció a través de su hermano lo impulsó a quedarse en la UC. “Lo importante no era estar en la UC, que es muy retrógrada, sino los colegas que conocí ahí y su alta calidad intelectual que siguen influyendo en mi vida. Se produjo algo muy interesante: en 1987 se cerró la escuela de arte de la Universidad de Chile. Por lo tanto, el único lugar para estudiar era la Católica. Para la generación del ’87 sólo había 50 cupos y era difícil ser aceptado. Fue un coladero y los 50 jóvenes que quedaron eran aquellos que en realidad querían estudiar arte. Cuando entré, la generación del ’87 estaba en tercer año. El nivel de conversación entre los alumnos era muy alto. Había gente inquieta y crítica de las generaciones anteriores”.

Los cruces entre vida y arte le dan solidez a su trabajo. Inspirado en su día a día en Cerrillos, Navarro sigue reformulando objetos de uso doméstico y muy reconocibles como sillas o carretillas, para criticar los sistemas de poder, sus estrategias y abusos. En Blue Electric Chair (2004) transformó una silla de playa en una silla eléctrica de tubos fluorescentes azules para protestar por la aplicación de la pena de muerte en Estados Unidos. 

Algunas de sus obras han abordado también la historia política chilena reciente como ¿Dónde están?, de 2007. Dentro de una sala oscura de Matucana 100 y en la que cada espectador debía entrar con una linterna, se descubrían nombres de responsables de violaciones a los Derechos Humanos. “Mucha gente me preguntaba, especialmente jóvenes: ¿por qué seguir haciendo obras que critican la dictadura si eso ya había pasado? La desmemoria en los jóvenes era más grande de lo que me imaginaba en ese minuto”, dice Navarro.

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Death Row, Resistance, Blue Electric Chair o el video de Homeless Lamp son algunas de sus obras que se verán en Una guerra silenciosa e imposible, su primera retrospectiva en Santiago, en el Centro de las Artes 660 (Rosario Norte 660). Además, se presentarán otras de sus creaciones que nunca se han mostrado en Chile, como Reja, Conducto 1: Pachamama y The Music Room. La primera es una instalación de gran formato de una reja incandescente que obstaculiza el recorrido del público. La segunda es una escultura, y la tercera, una sala para escuchar música. En esa última instalación, creada el año pasado para el PS1 MoMA de Nueva York, se mostrará un aspecto poco conocido de su trabajo: las colaboraciones con grupos musicales a través de su sello Hueso Records. 

—¿Cuál es la importancia de esta retrospectiva? 

—Esta exposición mezcla un conjunto de obras, conocidas y no conocidas en Chile. No se trata de hacer una compilación de “grandes éxitos” porque me interesa mucho más que se analice el evento como conjunto, como un hecho cultural, desde el catálogo hasta el montaje. Ojalá que inspire a generaciones jóvenes a no tirar la esponja como artistas.