Ocupó el color para remover cabezas y despertar conciencias. Por ahí, por el 2000, cuando era un joven estudiante de arquitectura, Hugo Grisanti (45) participó en la exposición El hotel de mis sueños, que en ese entonces convocaba el hotel Carrera a los más grandes exponentes de la decoración y del interiorismo nacional.

Ahí Hugo tuvo la disyuntiva de hacer lo que todo el mundo esperaría o algo más disruptivo. Obvio se fue por la segunda opción e hizo una pieza naranja, donde muros, techos, colchón, cortinas, maletas, tina eran de esa tonalidad. En el cuaderno naranja que dejó para el público, los comentarios iban desde las felicitaciones, te amo, dame tu teléfono hasta los insultos por su mal gusto. “Loco de mierda”, fue lo que más se repetía.

“Ahí me di cuenta de cómo la gente reaccionaba frente a ese espacio. Les pasó algo y vi cómo el color puede afectar, generar emociones, sensaciones, pensamientos; por último sacarte de tu lugar de confort y ponerte más receptivo. Mi intención no era hacer un proyecto bonito, sino remecer, generar una reacción, ¡y lo logré!”. De ahí en adelante, sus proyectos tuvieron ese sello disruptivo y el color, que con el tiempo ha ido pasando a un segundo lugar, respondiendo a un concepto o idea central. Los colores lo acompañan desde su infancia por su madre, Lida Sfrasani, diseñadora y artista, quien desde pequeño lo estimuló por el arte. Le enseñó que en colores no hay reglas ni prejuicios, que el diseño estaba muy lejos de la frivolidad y que de eso se podía vivir perfectamente y no morirse de hambre. Salirse del molde eso sí no fue sinónimo de un camino fácil en el interiorismo, como tampoco lo ha sido salirse del personaje que solo hace cosas locas.

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“No vivo haciendo proyectos raros, también restoranes, hoteles que funcionen. Ese engranaje de hacerle ver a la gente que con propuestas, ideas creativas, materiales y colores un poco más atrevidos también se pueden hacer espacios comerciales, vivibles, que funcionen”, señala el interiorista quien en los últimos años ha puesto su lado más confrontacional y provocativo al servicio de su oficina Grisanti&Cussen, con la cual ha hecho exitosos proyectos particulares, restaurantes, casas, hoteles, oficinas, siendo el más comentado del último tiempo el impactante hotel Bidasoa de Vitacura, que tiene una propuesta poco tradicional, que mezcla distintos estilos y épocas.

Hace un año, además, con su socia Kana Cussen, entre otras cosas, asesoran a Sur Diseño, a cargo del cambio de imagen, de las nuevas colecciones y el diseño de tiendas.

—¿Siempre fue provocador?

—No, de chico fui piola. Con mi trabajo llegó un minuto en que me rebelé a continuar con lo que se hacía hasta entonces, de seguir tradiciones y líneas que tendían a homogeneizarse con una época cultural y política del país donde todo era más gris. Nadie quería ser muy vistoso.

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—¿Y hoy seguimos grises?

—Hay más apertura y también claridad de lo que se quiere. La gente hoy tiene un concepto de lo que busca, que no es solo lo lindo. Existe, además, mayor conciencia del diseñador de interiores. Las personas hoy confían y entienden que contratar a un interiorista no pasa porque los dueños de casa tengan buen o mal gusto, sino porque el decorador será capaz de llevar a cabo y ejecutar lo que quieren. Nos llaman clientes muy refinadosque necesitan un guía, porque no saben llegar al concepto o no manejan las proporciones del tamaño de las cosas, de cómo armarlas, de cómo gestionarlo, de cómo juntar esas ideas que tienen dando vueltas y no parezca un patchwork de cosas pegoteadas.

—¿Y las nuevas generaciones de interioristas han resultado más jugados?

—Hay de todo. Algunos siguen repitiendo el molde, pero hay una nueva camada que está proponiendo, al tanto de lo que pasa afuera y de buscar la experiencia.

—¿Y ha evolucionado usted en cuanto al uso de colores?

—De joven era más pegado, tuve una época muy naranja, después azul. Hoy el color es secundario. Lo central es el concepto, el cual me llevará a la paleta de colores. Si me ha tocado trabajar más con el verde es porque nuestros proyectos actuales tienen que ver más con lo natural. Hoy los colores que usamos responden a una idea base, no porque estén de moda.

—Y así como utilizó el color para provocar, ¿en qué otros temas le gustaría remover cabezas?

—En varios, sobre todo los relacionados al cinismo. Existe la sensación de que somos un país evolucionado, abierto de mente, pero en la práctica seguimos siendo racistas, clasistas, donde te siguen preguntando en qué colegio estudiaste. Y cuando le respondes en el Verbo Divino, te miran con extrañeza, y ahí me dan ganas de lanzarles todo lo que pienso. El otro día estaba almorzando en un restorán y en la mesa de al lado alguien comentó: “Oye, mira, parece que este restorán es de colitas”, y un poco más allá se pararon dos personas y les respondieron: “Sí, ¡somos colas! ¿y?”.

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—La evolución la ve más de forma que de fondo.

—No es profunda. Y ahora la gente está contenta porque a Karadima lo echaron de la Iglesia Católica… ¡por favor! eso es un barniz. Cuánta gente avaló los abusos, permitió que hiciera lo que quiso y hoy continúan como sacerdotes. Debiésemos estar contentos cuando saquen a todos los obispos, curas y personas que tengan relación con los abusos mientras estaba Karadima en El Bosque. Hoy su salida no es motivo de celebración ¡es patético!

—¿Dejó de ser católico como se lo propuso hace un tiempo?

—No, lo tengo pendiente y me siento mal por no hacerlo. Aun así, me declaro no católico, no creyente y estoy en contra de la Iglesia. Y el otro tema sobre el cual también me gustaría remover cabezas es sobre el matrimonio igualitario, que espero llegue pronto. No podemos quedarnos contentos con la firma de un acuerdo que al final es un contrato ante notario. Debiera existir la instancia de que dos personas del mismo sexo se quieran casar, más allá de si yo quiera hacerlo o no. Y con la adopción, el cinismo continúa. Cuánta gente se llena la boca con los niños del Sename, pero se espanta con que una pareja gay pueda adoptar, que el país no está preparado. ¿Y lo estamos para tener esa cantidad de menores en los centros, que después de cierta edad, nadie adopta y crecen abandonados sin ningún destino? Cuántas parejas homoparentales quisieran tener un niño y darles amor, pero no se les da la posibilidad. Las marchas y esta misma entrevista me permite dar la pelea y provocar, tal como suelo hacerlo con mi trabajo.